Evangelio del día
Evangelio del Sábado 8 de agosto
En Bendita puedes escuchar el Evangelio y su reflexión con una voz cálida.
— Primera Lectura —
Isaías 52, 7-10
¡Qué hermosos son sobre los montes
los pies del mensajero que proclama la paz,
que anuncia la buena noticia,
que pregona la justicia,
que dice a Sión: «Tu Dios reina!».
Escucha: tus vigías gritan, cantan a coro,
porque ven cara a cara al Señor,
que vuelve a Sión.
Rompan a cantar a coro,
ruinas de Jerusalén,
porque el Señor ha consolado a su pueblo,
ha rescatado a Jerusalén.
Ha descubierto el Señor su santo brazo
a los ojos de todas las naciones,
y verán los confines de la tierra
la salvación de nuestro Dios.
Palabra de Dios.
— Salmo 95 —
R. Cuenten las maravillas del Señor a todas las naciones.
Canten al Señor un cántico nuevo,
canten al Señor, toda la tierra;
canten al Señor, bendigan su nombre.
R. Cuenten las maravillas del Señor a todas las naciones.
Proclamen día tras día su victoria.
Cuenten a los pueblos su gloria,
sus maravillas a todas las naciones.
R. Cuenten las maravillas del Señor a todas las naciones.
Familias de los pueblos, aclamen al Señor,
aclamen la gloria y el poder del Señor;
aclamen la gloria del nombre del Señor.
R. Cuenten las maravillas del Señor a todas las naciones.
Digan a los pueblos: «El Señor es rey:
él afianzó el orbe, y no se moverá;
él gobierna a los pueblos rectamente».
R. Cuenten las maravillas del Señor a todas las naciones.
— Segunda Lectura —
2 Timoteo 4, 1-8
Querido hermano:
Te conjuro delante de Dios y de Cristo Jesús, que ha de juzgar a vivos y muertos, por su manifestación y por su reino: proclama la palabra, insiste a tiempo y a destiempo, arguye, reprocha, exhorta con toda paciencia y doctrina.
Porque vendrá un tiempo en que no soportarán la sana doctrina, sino que, arrastrados por sus propios caprichos, se rodearán de maestros a la medida de sus deseos; y, apartando el oído de la verdad, se volverán a las fábulas.
Tú, en cambio, sé sobrio en todo, soporta los padecimientos, cumple tu tarea de evangelizador, desempeña tu ministerio.
Pues yo estoy a punto de ser derramado en libación, y el momento de mi partida es inminente. He combatido el noble combate, he acabado la carrera, he conservado la fe.
Por lo demás, me está reservada la corona de la justicia, que el Señor, juez justo, me entregará en aquel día; y no solo a mí, sino a todos los que aguardan con amor su manifestación.
Palabra de Dios.
— Evangelio —
Mateo 5, 13-19
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Ustedes son la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán? No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente.
Ustedes son la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte. Tampoco se enciende una lámpara para meterla debajo del celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de casa.
Brille así su luz ante los hombres, para que vean sus buenas obras y den gloria a su Padre que está en los cielos.
No crean que he venido a abolir la Ley y los Profetas: no he venido a abolir, sino a dar plenitud. En verdad les digo que antes pasarán el cielo y la tierra que deje de cumplirse una i o una tilde de la ley.
El que se salte uno solo de los preceptos menos importantes y se lo enseñe así a los hombres será el menos importante en el reino de los cielos. Pero quien los cumpla y enseñe será grande en el reino de los cielos».
Palabra del Señor.
— Reflexión —
Hoy la Orden de Predicadores y toda la Iglesia celebran a santo Domingo de Guzmán, fundador de los dominicos, con quienes nace este comentario diario del Evangelio. Y las lecturas parecen escritas a su medida. La primera exclama: "¡Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero que proclama la paz!". Esa fue la vida entera de Domingo: recorrer los caminos anunciando el Evangelio, gastando las suelas por llevar a Dios a quien no lo conocía. Su lema, "contemplar y dar a los demás lo contemplado", resume una vida entregada a hablar con Dios y a hablar de Dios.
El Evangelio nos regala dos imágenes que definen al cristiano y que Domingo encarnó como pocos: sal y luz. "Ustedes son la sal de la tierra, ustedes son la luz del mundo". La sal no existe para sí misma, sino para dar sabor a la comida y conservarla; la luz no brilla para lucirse, sino para que otros vean. Así ha de ser nuestra fe: no un tesoro escondido para nuestra tranquilidad privada, sino algo que sale, que da sabor a la vida de los demás y que ilumina. Jesús nos advierte del peligro de la sal sosa y de la lámpara escondida: una fe que no se comparte se vuelve inútil. "Brille así su luz ante los hombres, para que den gloria a su Padre".
San Pablo, en la segunda lectura, le da a Timoteo —y a cada uno de nosotros— el encargo que fue el corazón de la vida de Domingo: "Proclama la palabra, insiste a tiempo y a destiempo". Y añade una advertencia muy actual: llegará un tiempo en que la gente "no soportará la sana doctrina" y buscará maestros "a la medida de sus deseos". Frente a las modas y las medias verdades, el cristiano está llamado a anunciar la verdad con caridad, sin cansarse, con paciencia. No con imposición, sino con el testimonio luminoso de una vida coherente, que es la predicación más convincente.
Domingo fue gran devoto de la Virgen, y la tradición dominicana le atribuye la difusión del Rosario, esa oración sencilla con la que tantos han aprendido a contemplar el rostro de Cristo de la mano de María. Al final de su vida, "alzando los ojos al cielo", confió a Dios a los suyos: "Padre santo, guárdalos y consérvalos". Hoy, pidamos por medio de María y de santo Domingo ser de verdad sal y luz allí donde vivimos: en la familia, en el trabajo, entre los amigos. No escondas tu fe ni la guardes sosa: da sabor, ilumina, comparte con alegría lo que has recibido. Ese es el modo más hermoso de dar gloria al Padre.
— Oración —
Señor,
gracias por santo Domingo de Guzmán,
mensajero incansable de tu paz,
que contempló tu rostro y lo dio a los demás.
Hazme sal de la tierra y luz del mundo:
que mi fe no se esconda ni se vuelva sosa,
sino que dé sabor y luz a los que me rodean.
Dame el valor de proclamar tu verdad con caridad,
a tiempo y a destiempo, sin cansarme.
Que, de la mano de María y como Domingo,
aprenda a contemplarte para poder anunciarte,
y que mi vida entera dé gloria a tu nombre.
Amén.
Mañana, otra
Cada mañana hay una oración nueva y el Evangelio del día. Bendita te avisa a la hora que elijas.

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