Evangelio del día
Evangelio del Martes 4 de agosto
En Bendita puedes escuchar el Evangelio y su reflexión con una voz cálida.
— Primera Lectura —
Jeremías 30, 1-2. 12-15. 18-22
Palabras que recibió Jeremías de parte del Señor:
«Esto dice el Señor, Dios de Israel: “Escribe en un libro todas las palabras que te he dicho.
Porque así dice el Señor: Tu quebranto es irremediable, tu llaga incurable. No hay quien defienda tu causa; para tu herida no hay remedio ni medicina que la cierre. Todos tus amantes te han olvidado, ya no preguntan por ti, porque te herí como a un enemigo, con un castigo cruel, por tu enorme culpa y tus muchos pecados. ¿Por qué gritas por tu herida? Tu dolor es incurable. Por tu enorme culpa y tus muchos pecados te he tratado así.
Pero esto dice el Señor: Voy a cambiar la suerte de las tiendas de Jacob, me compadeceré de sus moradas; la ciudad será reconstruida sobre sus ruinas y el palacio se alzará en su sitio. Brotarán de allí himnos de acción de gracias, voces de gente alegre. Los multiplicaré y no menguarán, los honraré y no serán despreciados. Sus hijos serán como antaño, su comunidad se mantendrá firme en mi presencia, y castigaré a todos sus opresores. Su jefe será uno de ellos, de en medio de ellos saldrá su soberano; yo lo acercaré y él se llegará a mí, pues ¿quién, si no, expondría su vida por acercarse a mí? —oráculo del Señor—. Y ustedes serán mi pueblo y yo seré su Dios”».
Palabra de Dios.
— Salmo 101 —
R. El Señor reconstruyó Sión, y apareció en su gloria.
Los gentiles temerán tu nombre,
los reyes del mundo, tu gloria;
cuando el Señor reconstruya Sión,
y aparezca en su gloria,
y se vuelva a las súplicas de los indefensos,
y no desprecie sus peticiones.
R. El Señor reconstruyó Sión, y apareció en su gloria.
Quede esto escrito para la generación futura,
y el pueblo que será creado alabará al Señor.
El Señor ha mirado desde su excelso santuario,
desde el cielo se ha fijado en la tierra,
para escuchar los gemidos de los cautivos
y librar a los condenados a muerte.
R. El Señor reconstruyó Sión, y apareció en su gloria.
Los hijos de tus siervos vivirán seguros,
su linaje durará en tu presencia,
para anunciar en Sión el nombre del Señor
y su alabanza en Jerusalén,
cuando se reúnan unánimes los pueblos
y los reyes para dar culto al Señor.
R. El Señor reconstruyó Sión, y apareció en su gloria.
— Evangelio —
Mateo 15, 1-2. 13-14
En aquel tiempo, se acercaron a Jesús unos fariseos y escribas de Jerusalén y le preguntaron:
«¿Por qué tus discípulos quebrantan la tradición de nuestros mayores y no se lavan las manos antes de comer?».
Y, llamando a la gente, les dijo:
«Escuchen y entiendan: no mancha al hombre lo que entra por la boca, sino lo que sale de la boca; eso es lo que mancha al hombre».
Se acercaron los discípulos y le dijeron:
«¿Sabes que los fariseos se han escandalizado al oírte?».
Respondió él:
«La planta que no haya plantado mi Padre celestial será arrancada de raíz. Déjenlos, son ciegos, guías de ciegos. Y, si un ciego guía a otro ciego, los dos caerán en el hoyo».
Palabra del Señor.
— Reflexión —
La primera lectura es dura al principio. Dios, por boca de Jeremías, le describe a su pueblo el estado de su alma sin rodeos: "Tu llaga es incurable, no hay medicina que la cierre". Es la radiografía sincera del pecado: hay heridas que nosotros solos no podemos curar, por más que lo intentemos. Reconocerlo no es pesimismo, es el primer paso de la verdad. Pero la lectura no se queda ahí. En el mismo pasaje, Dios da la vuelta a todo: "Voy a cambiar la suerte de Jacob, reconstruiré la ciudad sobre sus ruinas". Lo que para nosotros es incurable, para Dios es material de reconstrucción. Él sana lo que nadie puede sanar.
El Evangelio nos dice dónde está la herida y dónde la cura: en el corazón. Jesús desmonta una religión reducida a lavarse las manos y cumplir ritos externos: "No mancha al hombre lo que entra por la boca, sino lo que sale". Lo que de verdad nos ensucia o nos limpia no son las apariencias, sino lo que llevamos dentro. Es fácil quedarnos tranquilos porque cumplimos ciertas prácticas y, mientras tanto, descuidar el corazón, de donde salen el rencor, la mentira o el desprecio. La conversión que Dios quiere empieza por dentro.
Jesús añade una advertencia fuerte: "Son ciegos, guías de ciegos". La peor ceguera no es la de los ojos, sino la del que cree que ve y no quiere reconocer su propia herida. Es el riesgo de sentirnos ya salvados por nuestras observancias, dentro del grupo de los "buenos", y mirar por encima del hombro a los demás. Si nos miramos por dentro con sinceridad, descubriremos que también nosotros tenemos llagas, que también hemos cedido al mal. Y esa humildad, lejos de hundirnos, es la puerta por donde entra la gracia que cura.
Hoy celebramos a san Juan María Vianney, el Cura de Ars, patrono de los párrocos. Era un sacerdote sencillo, de pocas luces para los estudios, pero con un corazón entregado. Pasaba horas y horas en el confesionario, y por allí Dios reconstruyó miles de almas que se creían "incurables". Él sabía que la salvación no está en las apariencias, sino en dejar que Cristo toque el corazón. Hoy, no te quedes en lo de fuera: pídele a Dios que mire tu herida más honda, esa que solo Él puede sanar, y déjate reconstruir por dentro. Y acércate, si puedes, al sacramento del perdón, donde el Médico divino sigue curando lo incurable.
— Oración —
Señor,
tú ves la llaga que yo escondo,
esa herida que ni yo mismo puedo curar.
No me dejes contentarme con las apariencias,
con cumplir por fuera mientras el corazón se enferma.
Límpiame por dentro, de donde sale el mal,
y reconstruye sobre mis ruinas una vida nueva.
Cúrame de la ceguera del que se cree bueno
y no reconoce su necesidad de ti.
Como al Cura de Ars, dame un corazón humilde
que se deje tocar por tu misericordia.
Tú, que sanas lo incurable, hazme de nuevo tuyo.
Amén.
Mañana, otra
Cada mañana hay una oración nueva y el Evangelio del día. Bendita te avisa a la hora que elijas.

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