Evangelio del día
Evangelio del Domingo 2 de agosto
En Bendita puedes escuchar el Evangelio y su reflexión con una voz cálida.
— Primera Lectura —
Isaías 55, 1-3
Así dice el Señor:
«Oigan, sedientos todos, acudan por agua, también los que no tienen dinero: vengan, compren trigo, coman sin pagar vino y leche de balde.
¿Por qué gastar dinero en lo que no alimenta y el salario en lo que no da hartura? Escúchenme atentos, y comerán bien, saborearán platos sustanciosos.
Inclinen el oído, vengan a mí: escúchenme y vivirán. Sellaré con ustedes alianza perpetua, la promesa que aseguré a David».
Palabra de Dios.
— Salmo 144 —
R. Abres tú la mano, Señor, y nos sacias.
El Señor es clemente y misericordioso,
lento a la cólera y rico en piedad;
el Señor es bueno con todos,
es cariñoso con todas sus criaturas.
R. Abres tú la mano, Señor, y nos sacias.
Los ojos de todos te están aguardando,
tú les das la comida a su tiempo;
abres tú la mano,
y sacias de favores a todo viviente.
R. Abres tú la mano, Señor, y nos sacias.
El Señor es justo en todos sus caminos,
es bondadoso en todas sus acciones;
cerca está el Señor de los que lo invocan,
de los que lo invocan sinceramente.
R. Abres tú la mano, Señor, y nos sacias.
— Segunda Lectura —
Romanos 8, 35. 37-39
Hermanos:
¿Quién nos apartará del amor de Cristo?, ¿la tribulación?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿el peligro?, ¿la espada?
Pero en todo esto vencemos de sobra gracias a aquel que nos ha amado.
Pues estoy convencido de que ni muerte, ni vida, ni ángeles, ni principados, ni presente, ni futuro, ni potencias, ni altura, ni profundidad, ni criatura alguna podrá apartarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, Señor nuestro.
Palabra de Dios.
— Evangelio —
Mateo 14, 13-21
En aquel tiempo, al enterarse Jesús de la muerte de Juan el Bautista, se retiró en barca a un lugar solitario y apartado. Cuando la gente se enteró, lo siguió por tierra desde los pueblos.
Al desembarcar, Jesús vio una multitud, le dio lástima de ellos y curó a los enfermos.
Como se hizo tarde, se acercaron los discípulos a decirle:
«Estamos en despoblado y es muy tarde; despide a la multitud para que vayan a las aldeas y se compren de comer».
Jesús les replicó:
«No hace falta que vayan; denles ustedes de comer».
Ellos le replicaron:
«No tenemos aquí más que cinco panes y dos peces».
Les dijo:
«Tráiganmelos».
Mandó a la gente sentarse en la hierba y, tomando los cinco panes y los dos peces, alzando la mirada al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y se los dio a los discípulos; los discípulos se los dieron a la gente.
Comieron todos hasta saciarse y recogieron las sobras: doce cestos llenos.
Los que comieron eran unos cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños.
Palabra del Señor.
— Reflexión —
La primera lectura se abre con un pregón sorprendente: "Oigan, sedientos todos, acudan por agua, también los que no tienen dinero: vengan, compren sin pagar". Dios ofrece de balde lo que de verdad alimenta. Y hace una pregunta que atraviesa nuestra vida: "¿Por qué gastar dinero en lo que no alimenta y el salario en lo que no da hartura?". Cuántas veces buscamos saciar el hambre del corazón en cosas que no llenan —el tener, el aparentar, el consumir— y seguimos vacíos. Dios nos dice hoy: ven a mí, y bebe gratis del agua que sí calma la sed.
El Evangelio pone esa promesa en escena. Jesús, que acaba de perder a su primo Juan y busca un rato de soledad, ve llegar a la multitud y, en lugar de fastidiarse, "le dio lástima de ellos". Es la mirada de Dios: compasiva incluso cuando Él mismo está cansado y dolido. Y cuando cae la tarde y el problema del hambre se hace real, los discípulos proponen la solución fácil: "despídelos, que se las arreglen solos". Pero Jesús les dice algo que sigue diciéndonos a nosotros: "Denles ustedes de comer". No los despide: los hace responsables, cuenta con ellos.
"No tenemos más que cinco panes y dos peces". Parece una miseria ante cinco mil personas. Pero ese poquito, puesto en las manos de Jesús, basta y sobra: doce cestos de sobras. Aquí está el corazón del milagro: Jesús toma lo poco que le entregan y, con su poder divino, lo multiplica hasta saciar a toda una multitud. Lo que tú tienes puede parecerte insignificante —tu tiempo, tu dinero, tus fuerzas, tu talento—, pero, puesto en sus manos, Él lo multiplica sin medida. El milagro empieza cuando dejamos de aferrarnos a nuestros cinco panes y los ponemos en sus manos.
San Pablo, en la segunda lectura, nos da la certeza que sostiene todo: "¿Quién nos apartará del amor de Cristo?". Ni la tribulación, ni el hambre, ni el peligro, ni la muerte: nada ni nadie. Ese es el pan más hondo que Dios nos da, el que de verdad sacia: sabernos amados con un amor del que nada puede separarnos. Hoy, en la Misa, acércate con hambre a ese Pan que es Cristo. Y al salir, atrévete a compartir tus cinco panes: en la familia, con el que tiene menos, con el que está solo. Verás cómo, en las manos de Dios, lo poco se vuelve abundancia.
— Oración —
Señor,
tú ofreces de balde el agua que sacia
y el pan que de verdad alimenta.
Líbrame de gastar la vida
en lo que no llena el corazón.
Mírame con la compasión con que miraste a la multitud,
y hazme responsable, como a los discípulos:
"denles ustedes de comer".
Recibe mis cinco panes y mis dos peces,
lo poco que tengo y que tantas veces retengo,
y multiplícalo al compartirlo.
Y graba en mí la certeza de Pablo:
que nada ni nadie podrá apartarme de tu amor.
Amén.
Mañana, otra
Cada mañana hay una oración nueva y el Evangelio del día. Bendita te avisa a la hora que elijas.

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