Evangelio del día
Evangelio del Sábado 1 de agosto
En Bendita puedes escuchar el Evangelio y su reflexión con una voz cálida.
— Primera Lectura —
Jeremías 26, 11-16. 24
En aquellos días, los sacerdotes y los profetas dijeron a los magistrados y a la gente:
«Este hombre es reo de muerte, pues ha profetizado contra esta ciudad, como lo han podido oír ustedes mismos».
Jeremías respondió a los magistrados y a todos los presentes:
«El Señor me ha enviado a profetizar contra este templo y esta ciudad todo lo que acaban de oír.
Ahora bien, si enmiendan su conducta y sus acciones y escuchan la voz del Señor su Dios, el Señor se arrepentirá de la amenaza que ha pronunciado contra ustedes.
Yo, por mi parte, estoy en sus manos: hagan de mí lo que mejor les parezca.
Pero sépanlo bien: si me matan, se harán responsables de sangre inocente, que caerá sobre ustedes, sobre esta ciudad y sobre sus habitantes. Porque es cierto que el Señor me ha enviado para comunicarles personalmente estas palabras».
Los magistrados del pueblo dijeron a los sacerdotes y a los profetas:
«Este hombre no es reo de muerte, pues nos ha hablado en nombre del Señor nuestro Dios».
Entonces Ajicán, hijo de Safán, se hizo cargo de Jeremías para que no lo entregaran al pueblo y le dieran muerte.
Palabra de Dios.
— Salmo 68 —
R. En el día de la gracia, escúchame, Señor.
Arráncame del cieno, que no me hunda;
líbrame de los que me aborrecen
y de las aguas sin fondo.
Que no me arrastre la corriente,
que no me trague el torbellino,
que no se cierre la poza sobre mí.
R. En el día de la gracia, escúchame, Señor.
Yo soy un pobre malherido;
Dios mío, tu salvación me levante.
Alabaré el nombre de Dios con cantos,
proclamaré su grandeza con acción de gracias.
R. En el día de la gracia, escúchame, Señor.
Mírenlo, los humildes, y alégrense;
busquen al Señor, y revivirá su corazón.
Que el Señor escucha a sus pobres,
no desprecia a sus cautivos.
R. En el día de la gracia, escúchame, Señor.
— Evangelio —
Mateo 14, 1-12
En aquel tiempo, oyó el tetrarca Herodes lo que se contaba de Jesús y dijo a sus cortesanos:
«Ese es Juan el Bautista, que ha resucitado de entre los muertos, y por eso las fuerzas milagrosas actúan en él».
Es que Herodes había mandado prender a Juan y lo había metido en la cárcel encadenado, por motivo de Herodías, mujer de su hermano Filipo; porque Juan le decía que no le era lícito vivir con ella. Quería mandarlo matar, pero tuvo miedo de la gente, que lo tenía por profeta.
El día del cumpleaños de Herodes, la hija de Herodías danzó delante de todos y le gustó tanto a Herodes, que juró darle lo que pidiera.
Ella, instigada por su madre, le dijo:
«Dame ahora mismo en una bandeja la cabeza de Juan el Bautista».
El rey lo sintió, pero, por el juramento y los invitados, ordenó que se la dieran, y mandó decapitar a Juan en la cárcel.
Trajeron la cabeza en una bandeja, se la entregaron a la joven y ella se la llevó a su madre.
Sus discípulos recogieron el cadáver, lo enterraron, y fueron a contárselo a Jesús.
Palabra del Señor.
— Reflexión —
Continúa hoy la historia de Jeremías, ahora ante el tribunal. Los sacerdotes piden su muerte, pero él no se retracta ni se defiende con astucia: dice la verdad con serenidad y se pone en manos de Dios y de sus jueces. "Yo estoy en sus manos: hagan de mí lo que mejor les parezca". Es la paz de quien tiene la conciencia limpia porque solo ha buscado ser fiel. Y entonces ocurre algo hermoso: en medio de tantos que lo quieren muerto, aparecen unos magistrados justos y un hombre, Ajicán, que lo protege. Siempre, incluso en los ambientes más hostiles, Dios pone personas buenas que salvan. Nunca estamos del todo solos cuando somos fieles.
El Evangelio nos presenta la otra cara: el martirio de Juan el Bautista. Juan también dijo la verdad, le recordó a Herodes que su vida no era recta, y esa fidelidad le costó la cabeza. Herodes es la imagen del hombre débil: sabe que Juan es un profeta, lo respeta, incluso lo escucha con gusto, pero es esclavo de su vanidad, de su juramento, del "qué dirán" de los invitados. Por no quedar mal delante de otros, comete la mayor injusticia. Cuántas veces callamos la verdad o hacemos el mal por miedo al qué dirán, por no romper una imagen, por cobardía disfrazada de compromiso.
Frente a Herodes está Juan, y detrás de él Jeremías: hombres que prefirieron perder la vida antes que perder la fidelidad. El mundo parece darles la razón a los poderosos que cortan cabezas, pero es al revés: la vida entregada por amor a la verdad no se pierde, se multiplica. La cabeza de Juan cae en una bandeja, pero su testimonio sigue resonando veinte siglos después. La entrega fiel es como la semilla que muere y da fruto.
Hoy celebramos a san Alfonso María de Ligorio, obispo y doctor de la Iglesia, patrono de los confesores y los moralistas. Dedicó su vida a enseñar el camino del bien con misericordia, ayudando a las conciencias a distinguir la verdad sin aplastar a nadie. Como es sábado, día de la Virgen, pidámosle a María, de quien san Alfonso fue tan devoto —suyas son "Las glorias de María"—, que nos alcance un corazón fiel y valiente. Ella estuvo al pie de la cruz sin ceder al miedo. Hoy, en algo pequeño, atrévete a ser fiel a la verdad aunque cueste, sabiendo que Dios siempre pone a tu lado personas buenas, y que Él nunca abandona a quien se pone en sus manos.
— Oración —
Señor,
dame la serenidad de Jeremías
para ponerme en tus manos sin miedo,
y la fidelidad de Juan el Bautista
para decir la verdad aunque cueste.
Líbrame de la cobardía de Herodes,
que hizo el mal por no quedar mal.
Gracias porque, aun entre los que se oponen,
siempre pones a mi lado personas buenas.
Que, como san Alfonso, ame la verdad con misericordia.
Y que María, la Virgen fiel al pie de la cruz,
me alcance un corazón valiente y humilde.
En tus manos me pongo: hágase tu voluntad.
Amén.
Mañana, otra
Cada mañana hay una oración nueva y el Evangelio del día. Bendita te avisa a la hora que elijas.

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