Evangelio del día

Evangelio del Miércoles 22 de julio

7 minLeer es gratisAudio con Bendita Pro

En Bendita puedes escuchar el Evangelio y su reflexión con una voz cálida.

— Primera Lectura —

Cantar de los Cantares 3, 1-4b

Esto dice la esposa:

«En mi lecho, por la noche, buscaba al amor de mi alma: lo buscaba y no lo encontraba.

"Me levantaré y rondaré por la ciudad, por las calles y las plazas, buscaré al amor de mi alma".

Lo busqué y no lo encontré.

Me encontraron los centinelas que hacen la ronda por la ciudad: "¿Han visto al amor de mi alma?".

En cuanto los pasé, encontré al amor de mi alma».

Palabra de Dios.

— Salmo 62 —

R. Mi alma está sedienta de ti, Dios mío.

Oh Dios, tú eres mi Dios, por ti madrugo,
mi alma está sedienta de ti;
mi carne tiene ansia de ti,
como tierra reseca, agostada, sin agua.

R. Mi alma está sedienta de ti, Dios mío.

¡Cómo te contemplaba en el santuario
viendo tu fuerza y tu gloria!
Tu gracia vale más que la vida,
te alabarán mis labios.

R. Mi alma está sedienta de ti, Dios mío.

Toda mi vida te bendeciré
y alzaré las manos invocándote.
Porque fuiste mi auxilio,
y a la sombra de tus alas canto con júbilo.

R. Mi alma está sedienta de ti, Dios mío.

— Evangelio —
Juan 20, 1-2. 11-18

El primer día de la semana, María la Magdalena fue al sepulcro al amanecer, cuando aún estaba oscuro, y vio la losa quitada del sepulcro.

Echó a correr y fue donde estaban Simón Pedro y el otro discípulo, a quien Jesús amaba, y les dijo:
«Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto».

Estaba María fuera, junto al sepulcro, llorando. Mientras lloraba, se asomó al sepulcro y vio dos ángeles vestidos de blanco, sentados, uno a la cabecera y otro a los pies, donde había estado el cuerpo de Jesús.

Ellos le preguntan:
«Mujer, ¿por qué lloras?».

Ella les contesta:
«Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto».

Dicho esto, se vuelve y ve a Jesús, de pie, pero no sabía que era Jesús.

Jesús le dice:
«Mujer, ¿por qué lloras?, ¿a quién buscas?».

Ella, tomándolo por el hortelano, le contesta:
«Señor, si tú te lo has llevado, dime dónde lo has puesto y yo lo recogeré».

Jesús le dice:
«¡María!».

Ella se vuelve y le dice:
«¡Rabbuni!», que significa: «¡Maestro!».

Jesús le dice:
«No me retengas, que todavía no he subido al Padre. Pero anda, ve a mis hermanos y diles: "Subo al Padre mío y Padre de ustedes, al Dios mío y Dios de ustedes"».

María la Magdalena fue y anunció a los discípulos:
«He visto al Señor y ha dicho esto».

Palabra del Señor.

— Reflexión —

Hoy celebramos a santa María Magdalena, y la Iglesia le ha dado un título precioso: "apóstol de los apóstoles", porque fue la primera en anunciar la resurrección. Para la Orden de Predicadores ella es especialmente querida, pues es su patrona: la mujer que primero predicó la noticia más grande de la historia. Y, sin embargo, todo empezó con algo muy humano y muy nuestro: el llanto de quien ha perdido a quien ama. María llora junto al sepulcro, buscando un cuerpo, y termina encontrando al Señor vivo.

La primera lectura, tomada del Cantar de los Cantares, parece escrita para ella: "Por la noche buscaba al amor de mi alma; lo buscaba y no lo encontraba". Es la experiencia de tantas almas que buscan a Dios en la oscuridad, que lo sienten ausente, que lo buscan "por las calles y las plazas" sin encontrarlo. Pero el Cantar termina bien: "encontré al amor de mi alma". Quien busca a Dios con amor, tarde o temprano lo encuentra; o, mejor dicho, descubre que era Dios quien lo buscaba a él.

El momento más hermoso del Evangelio es de una ternura que estremece. María no reconoce a Jesús resucitado; lo confunde con el hortelano. Hasta que Él pronuncia una sola palabra: "¡María!". Le dice su nombre. Y entonces todo cambia: "¡Rabbuni, Maestro!". A veces andamos buscando a Dios sin reconocerlo, llorando, confundidos. Y un día Él nos llama por nuestro nombre —en la oración, en un sacramento, en un momento inesperado— y el corazón despierta. Dios te conoce por tu nombre y sabe pronunciarlo con amor.

Pero el encuentro no termina en el abrazo: "No me retengas; ve y anuncia a mis hermanos". El amor que encuentra a Cristo no se puede guardar para uno mismo; tiene que ser anunciado. María corre a contarlo, y se convierte en la primera predicadora. Hoy, haz como ella: busca al Señor aunque sea en medio de lágrimas, deja que te llame por tu nombre en un rato de oración, y luego anúncialo a alguien —con una palabra de fe, de consuelo, de esperanza—. Como María Magdalena, sé tú también, hoy, mensajero de que el Señor vive.

— Oración —

Señor Jesús,
como María Magdalena,
muchas veces te busco en la oscuridad,
entre lágrimas, sin reconocerte.
Pronuncia hoy mi nombre, como pronunciaste el suyo,
y haz que mi corazón despierte y te reconozca.
Sacia la sed de mi alma, que solo tú llenas.
Y no dejes que guarde para mí tu alegría:
hazme mensajero de tu resurrección,
para anunciar a los que sufren que tú vives.
Que pueda decir, como ella:
"He visto al Señor".

Amén.

Mañana, otra

Cada mañana hay una oración nueva y el Evangelio del día. Bendita te avisa a la hora que elijas.

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