Evangelio del día

Evangelio del Lunes 13 de julio

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En Bendita puedes escuchar el Evangelio y su reflexión con una voz cálida.

— Primera Lectura —

Isaías 1, 10-17

Oigan la palabra del Señor, príncipes de Sodoma; escucha la enseñanza de nuestro Dios, pueblo de Gomorra:

«¿Qué me importa la abundancia de sus sacrificios? —dice el Señor—. Estoy harto de holocaustos de carneros y de grasa de cebones; la sangre de toros, corderos y chivos no me agrada.

Cuando vienen a presentarse ante mí, ¿quién les pide que vengan a pisotear mis atrios?

No me traigan más ofrendas vacías; el incienso me resulta detestable.

Novilunios, sábados y reuniones sagradas: no soporto la iniquidad junto a la fiesta solemne. Sus novilunios y solemnidades los detesto: se me han vuelto una carga que ya no aguanto.

Cuando extienden las manos, me tapo los ojos; aunque multipliquen las plegarias, no los escucho: sus manos están llenas de sangre.

Lávense, purifíquense, aparten de mi vista sus malas acciones.

Dejen de hacer el mal, aprendan a hacer el bien, busquen la justicia, socorran al oprimido, defiendan el derecho del huérfano, protejan a la viuda».

Palabra de Dios.

— Salmo 49 —

R. Al que sigue buen camino le haré ver la salvación de Dios.

No te reprocho tus sacrificios,
pues siempre están tus holocaustos ante mí.
Pero no aceptaré un becerro de tu casa,
ni un cabrito de tus rebaños.

R. Al que sigue buen camino le haré ver la salvación de Dios.

¿Por qué recitas mis preceptos
y tienes siempre en la boca mi alianza,
tú que detestas mi enseñanza
y te echas a la espalda mis mandatos?

R. Al que sigue buen camino le haré ver la salvación de Dios.

Esto haces, ¿y me voy a callar?
El que me ofrece acción de gracias, ese me honra;
al que sigue buen camino
le haré ver la salvación de Dios.

R. Al que sigue buen camino le haré ver la salvación de Dios.

— Evangelio —
Mateo 10, 34 – 11, 1

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus apóstoles:

«No piensen que he venido a la tierra a sembrar paz: no he venido a sembrar paz, sino espada. He venido a enemistar al hombre con su padre, a la hija con su madre, a la nuera con su suegra; los enemigos de cada uno serán los de su propia casa.

El que quiere a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí; y el que no carga con su cruz y me sigue, no es digno de mí. El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí, la encontrará.

El que los recibe a ustedes, me recibe a mí, y el que me recibe, recibe al que me ha enviado; el que recibe a un profeta porque es profeta, tendrá recompensa de profeta; y el que recibe a un justo porque es justo, tendrá recompensa de justo.

El que dé a beber, aunque no sea más que un vaso de agua fresca, a uno de estos pequeños, solo porque es mi discípulo, en verdad les digo que no perderá su recompensa».

Cuando Jesús acabó de dar instrucciones a sus doce discípulos, partió de allí para enseñar y predicar en sus ciudades.

Palabra del Señor.

— Reflexión —

El profeta Isaías es hoy de una valentía sorprendente. En nombre de Dios desmonta una religiosidad que se había quedado vacía: tantos sacrificios, tantas fiestas, tanto incienso… y al mismo tiempo "las manos llenas de sangre", es decir, injusticia con los más débiles. Y Dios dice algo fortísimo: "Estoy harto de sus holocaustos". No porque desprecie el culto, sino porque un culto que no cambia la vida es una mentira. La oración que sube al cielo mientras pisoteamos al pobre suena a hueco.

Y entonces viene la receta de Dios, clara y concreta, una de las más bellas del Antiguo Testamento: "Dejen de hacer el mal, aprendan a hacer el bien, busquen la justicia, socorran al oprimido, defiendan al huérfano, protejan a la viuda". Esa es la verdadera adoración. Dios no se contenta con palabras bonitas en el templo; quiere ver el amor traducido en gestos hacia los que nadie defiende. La fe verdadera siempre tiene manos: manos limpias y manos abiertas.

El Evangelio parece, a primera vista, lo contrario de la paz: "No he venido a traer paz, sino espada". Pero Jesús no busca el conflicto por el conflicto. Lo que dice es que seguirlo de verdad a veces nos pone a contracorriente, incluso de los nuestros. Habrá momentos en que ser fiel al Evangelio cueste una incomprensión en casa, una decisión impopular, ir contra la opinión de todos. Jesús nos pide que, llegado ese momento, no lo pongamos a Él en segundo lugar. No porque no amemos a nuestra familia, sino porque solo amando primero a Dios sabemos amar bien a los demás.

Y, después de esa exigencia, Jesús baja la voz y nos enternece: hasta "un vaso de agua fresca" dado a un pequeño tendrá recompensa. Tras la radicalidad, la ternura de lo cotidiano. Hoy la Orden de Predicadores recuerda al beato Santiago de la Vorágine, dominico que escribió la "Leyenda Áurea", recopilando las vidas de los santos para que la gente sencilla aprendiera a hacer el bien imitándolos. Hoy, une las dos lecturas en un solo gesto: ofrece tu "vaso de agua fresca" a alguien olvidado —una llamada, una limosna, una visita— y que tu fe del domingo se note en la justicia del lunes.

— Oración —

Señor,
no permitas que mi fe se quede en palabras
mientras olvido al que sufre a mi lado.
Enséñame tu receta:
dejar de hacer el mal, aprender a hacer el bien,
buscar la justicia, defender al pequeño.
Dame el valor de ponerte siempre a ti primero,
aunque a veces eso me cueste ir a contracorriente.
Y hazme capaz de los gestos pequeños:
un vaso de agua fresca, una palabra buena,
una mano abierta para el necesitado.
Que mi culto en el templo
se vuelva amor en la calle.

Amén.

Mañana, otra

Cada mañana hay una oración nueva y el Evangelio del día. Bendita te avisa a la hora que elijas.

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