Evangelio del día
Evangelio del Domingo 12 de julio
En Bendita puedes escuchar el Evangelio y su reflexión con una voz cálida.
— Primera Lectura —
Isaías 55, 10-11
Esto dice el Señor:
«Como bajan la lluvia y la nieve desde el cielo,
y no vuelven allá sino después de empapar la tierra,
de fecundarla y hacerla germinar,
para que dé semilla al sembrador
y pan al que come,
así será mi palabra que sale de mi boca:
no volverá a mí vacía,
sino que cumplirá mi deseo
y llevará a cabo mi encargo».
Palabra de Dios.
— Salmo 64 —
R. La semilla cayó en tierra buena y dio fruto.
Tú cuidas de la tierra, la riegas
y la enriqueces sin medida;
la acequia de Dios va llena de agua,
preparas los trigales.
R. La semilla cayó en tierra buena y dio fruto.
Así preparas la tierra: riegas los surcos,
igualas los terrones,
tu llovizna los deja mullidos,
bendices sus brotes.
R. La semilla cayó en tierra buena y dio fruto.
Coronas el año con tus bienes,
tus carriles rezuman abundancia;
las praderas se cubren de rebaños,
y los valles se visten de mieses.
R. La semilla cayó en tierra buena y dio fruto.
— Segunda Lectura —
Romanos 8, 18-23
Hermanos:
Considero que los sufrimientos de ahora no se pueden comparar con la gloria que un día se nos manifestará. Porque la creación, expectante, está aguardando la manifestación de los hijos de Dios; en efecto, la creación fue sometida a la frustración, no por su voluntad, sino por aquel que la sometió, con la esperanza de que la creación misma sería liberada de la esclavitud de la corrupción, para entrar en la gloriosa libertad de los hijos de Dios.
Porque sabemos que hasta hoy toda la creación está gimiendo y sufre dolores de parto.
Y no solo eso, sino que también nosotros, que poseemos las primicias del Espíritu, gemimos en nuestro interior, aguardando la adopción filial, la redención de nuestro cuerpo.
Palabra de Dios.
— Evangelio —
Mateo 13, 1-23
Aquel día, salió Jesús de casa y se sentó junto al mar. Y acudió a él tanta gente que tuvo que subirse a una barca; se sentó, y toda la gente se quedó de pie en la orilla. Les habló muchas cosas en parábolas:
«Salió el sembrador a sembrar. Al sembrar, una parte cayó al borde del camino; vinieron los pájaros y se la comieron. Otra parte cayó en terreno pedregoso, donde apenas tenía tierra, y como la tierra no era profunda, brotó enseguida; pero, en cuanto salió el sol, se abrasó y, por falta de raíz, se secó. Otra cayó entre abrojos, que crecieron y la ahogaron. Otra cayó en tierra buena y dio fruto: una, ciento; otra, sesenta; otra, treinta. El que tenga oídos, que oiga».
Se le acercaron los discípulos y le preguntaron:
«¿Por qué les hablas en parábolas?».
Él les contestó:
«A ustedes se les ha dado a conocer los secretos del reino de los cielos, y a ellos no. Porque al que tiene se le dará y tendrá de sobra, y al que no tiene se le quitará hasta lo que tiene. Por eso les hablo en parábolas, porque miran sin ver y escuchan sin oír ni entender.
Pero ¡dichosos sus ojos, porque ven, y sus oídos, porque oyen! En verdad les digo que muchos profetas y justos desearon ver lo que ustedes ven y no lo vieron, y oír lo que ustedes oyen y no lo oyeron.
Escuchen, pues, ustedes lo que significa la parábola del sembrador: si uno escucha la palabra del reino sin entenderla, viene el Maligno y roba lo sembrado en su corazón. Esto significa lo sembrado al borde del camino. Lo sembrado en terreno pedregoso significa el que escucha la palabra y la acepta enseguida con alegría; pero no tiene raíces, es inconstante, y, en cuanto viene una dificultad o persecución por la palabra, enseguida sucumbe. Lo sembrado entre abrojos significa el que escucha la palabra; pero los afanes de la vida y la seducción de las riquezas ahogan la palabra, y se queda estéril. Lo sembrado en tierra buena significa el que escucha la palabra y la entiende; ese da fruto y produce ciento o sesenta o treinta por uno».
Palabra del Señor.
— Reflexión —
El profeta Isaías nos regala hoy una imagen hermosísima: la palabra de Dios es como la lluvia que baja del cielo y no vuelve sin antes empapar la tierra y hacerla germinar. "Mi palabra no volverá a mí vacía", dice el Señor. Qué consuelo: cuando Dios habla, algo sucede; su Palabra siempre trabaja, aunque a veces no veamos el fruto de inmediato. Como la lluvia hace su labor en silencio, bajo tierra, así la Palabra va germinando despacio en nuestro corazón cuando la acogemos.
El Evangelio recoge esa misma imagen en la parábola más famosa de Jesús: el sembrador. Y lo primero que conmueve es la generosidad de ese sembrador: siembra en todas partes, en el camino, en las piedras, entre los abrojos y en la tierra buena. Dios no escatima su Palabra; la derrama sobre todos, también sobre los terrenos más difíciles. No nos mira para descartarnos, sino que confía en que demos fruto. Su esperanza en nosotros es más grande que nuestras durezas.
Pero la parábola es también un examen sincero. ¿Qué tierra soy yo hoy? A veces soy camino: oigo la Palabra y se me olvida enseguida, distraído. A veces soy pedregal: me emociono un domingo, pero a la primera dificultad me seco, porque la fe no echó raíces. A veces soy zarzal: las preocupaciones, las prisas y el afán por tener ahogan lo que Dios sembró. Y, gracias a Dios, también a veces soy tierra buena que escucha, entiende y da fruto. Lo bonito es que la tierra de un corazón se puede trabajar: podemos quitar piedras, arrancar abrojos, ararnos por dentro.
San Pablo, en la segunda lectura, nos recuerda que ese fruto a veces nace entre dolores: "toda la creación gime con dolores de parto", y nosotros con ella, esperando la gloria. Pero los sufrimientos de ahora "no se pueden comparar con la gloria que se nos manifestará". La semilla que parece muerta bajo tierra está, en realidad, a punto de florecer. Hoy, en la Misa, escucha la Palabra como tierra buena, sin prisa. Y haz un gesto concreto en familia: comenten en casa una frase del Evangelio de hoy, y elijan juntos una "piedra" o un "abrojo" que quitar esta semana para que la Palabra dé fruto.
— Oración —
Señor,
tu Palabra es lluvia que no vuelve vacía:
cae también sobre mí, empápame por dentro.
Tú eres el sembrador generoso
que no se cansa de sembrar en mi corazón.
Haz de mí tierra buena:
quita las piedras de mi inconstancia,
arranca los abrojos de mis afanes,
protege la semilla del Maligno que la roba.
Que escuche tu Palabra, la entienda
y la deje dar fruto abundante.
Y cuando el fruto nazca entre dolores,
sostén mi esperanza en la gloria que prometes.
Amén.
Mañana, otra
Cada mañana hay una oración nueva y el Evangelio del día. Bendita te avisa a la hora que elijas.

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