Evangelio del día

Evangelio del Martes 7 de julio

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En Bendita puedes escuchar el Evangelio y su reflexión con una voz cálida.

— Primera Lectura —

Oseas 8, 4-7. 11. 13

Esto dice el Señor:

«Han constituido reyes en Israel, sin contar conmigo; autoridades, y yo no sabía nada.

Con su plata y con su oro se hicieron ídolos para su propia ruina.

¡Tu becerro te ha rechazado, Samaria! Mi ira se inflamó contra ellos. ¿Hasta cuándo serán incapaces de purificarse?

¡Un artesano lo ha hecho, pero no es un Dios! Sí, terminará hecho pedazos el becerro de Samaria.

Puesto que siembran viento, cosecharán tempestades; espiga sin grano no produce harina; y si la produjera, la devorarían extranjeros.

Efraín multiplicó los altares para pecar, y fueron para él ocasión de pecado.

Ofrecen sacrificios y se comen la carne, pero el Señor no los acepta. Ahora tiene presente su culpa y castiga sus pecados».

Palabra de Dios.

— Salmo 113B —

R. Israel confía en el Señor.

Nuestro Dios está en el cielo,
lo que quiere lo hace.
Sus ídolos, en cambio, son plata y oro,
hechura de manos humanas.

R. Israel confía en el Señor.

Tienen boca, y no hablan;
tienen ojos, y no ven;
tienen orejas, y no oyen;
tienen nariz, y no huelen.

R. Israel confía en el Señor.

Israel confía en el Señor:
él es su auxilio y su escudo.
La casa de Aarón confía en el Señor:
él es su auxilio y su escudo.

R. Israel confía en el Señor.

— Evangelio —
Mateo 9, 32-38

En aquel tiempo, le llevaron a Jesús un endemoniado mudo. Y después de echar al demonio, el mudo habló. La gente decía admirada:
«Nunca se ha visto en Israel cosa igual».

En cambio, los fariseos decían:
«Este echa los demonios con el poder del jefe de los demonios».

Jesús recorría todas las ciudades y aldeas, enseñando en sus sinagogas, proclamando el evangelio del reino y curando toda enfermedad y toda dolencia.

Al ver a las muchedumbres, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas, «como ovejas que no tienen pastor».

Entonces dice a sus discípulos:
«La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos; rueguen, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies».

Palabra del Señor.

— Reflexión —

El profeta Oseas pone hoy el dedo en la llaga de siempre: la idolatría. Israel se fabricó un becerro de oro y de plata, y Dios se lo reprocha con una frase demoledora: "Un artesano lo ha hecho, pero no es un Dios". Qué tristeza adorar lo que hemos hecho con nuestras propias manos, poner el corazón en cosas que no pueden salvarnos. Y la advertencia es muy gráfica: "Siembran viento, cosecharán tempestades". Cuando construimos la vida sobre ídolos —el dinero, la imagen, el poder, el placer—, al final solo recogemos vacío y desilusión.

¿Y cuáles son nuestros becerros de oro? Quizá no de metal, pero sí esos a los que sin darnos cuenta les entregamos lo mejor de nuestro tiempo y nuestro corazón. El Salmo nos lo describe con ironía: los ídolos "tienen boca y no hablan, ojos y no ven, oídos y no oyen". Lo más serio es lo que añade: "que sean igual los que los hacen". Nos volvemos como aquello que adoramos: si adoramos cosas vacías, nos vaciamos; si adoramos al Dios vivo, nos llenamos de vida.

Y entonces el Evangelio nos muestra el rostro del Dios verdadero, tan distinto de los ídolos mudos. Jesús recorre los pueblos curando, enseñando, liberando. Y hay un detalle que lo retrata entero: "al ver a las muchedumbres, se compadeció de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas como ovejas sin pastor". El Dios verdadero no es indiferente: se le conmueven las entrañas ante el cansancio de su gente. Así te mira a ti cuando estás extenuado: con compasión, no con reproche.

Y de esa compasión brota una petición que sigue urgente: "La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos; rueguen al Señor de la mies". Hay mucho bien por hacer, mucha gente cansada que espera una mano, y faltan obreros. Hoy la Orden de Predicadores recuerda al beato Benedicto XI, fraile dominico que llegó a Papa y, siendo humilde hijo de una lavandera, fue un trabajador incansable de la paz y del servicio a los hermanos. Hoy, haz dos cosas: derriba un ídolo —quítale a algo el lugar que solo Dios merece— y reza por las vocaciones, por los sacerdotes y religiosos, y pregúntate si el Señor te pide a ti ser uno de esos trabajadores en su mies, allí donde vives.

— Oración —

Señor, Dios vivo y verdadero,
líbrame de los ídolos mudos
que me prometen vida y me dejan vacío.
Que no adore el dinero, ni la imagen, ni el poder,
sino solo a ti, que me llenas el corazón.
Gracias porque, al verme cansado,
no me reprochas, sino que te compadeces de mí
como un pastor con su oveja.
Hazme trabajador de tu mies:
que no me quede mirando el bien que falta,
sino que ponga mis manos a la obra.
Manda, Señor, obreros a tu mies,
y, si me llamas, aquí estoy.

Amén.

Mañana, otra

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