Evangelio del día
Evangelio del Jueves 2 de julio
En Bendita puedes escuchar el Evangelio y su reflexión con una voz cálida.
— Primera Lectura —
Amós 7, 10-17
En aquellos días, Amasías, sacerdote de Betel, envió un mensaje a Jeroboán, rey de Israel:
«Amós está conspirando contra ti en medio de Israel. El país no puede ya soportar sus palabras. Esto es lo que dice Amós: "Jeroboán morirá a espada, e Israel será deportado de su tierra"».
Y Amasías dijo a Amós:
«Vidente: vete, huye al territorio de Judá. Allí podrás ganarte el pan, y allí profetizarás. Pero en Betel no vuelvas a profetizar, porque es el santuario del rey y la casa del reino».
Pero Amós respondió a Amasías:
«Yo no soy profeta ni hijo de profeta. Yo era un pastor y un cultivador de sicomoros. Pero el Señor me arrancó de mi rebaño y me dijo: "Ve, profetiza a mi pueblo Israel".
Pues bien, escucha la palabra del Señor: Tú me dices: "No profetices sobre Israel y no vaticines contra la casa de Isaac".
Por eso, esto dice el Señor: "Tu mujer deberá prostituirse en la ciudad, tus hijos y tus hijas caerán por la espada, tu tierra será repartida a cordel, tú morirás en un país impuro e Israel será deportado de su tierra"».
Palabra de Dios.
— Salmo 18 —
R. Los mandamientos del Señor son verdaderos y enteramente justos.
La ley del Señor es perfecta
y es descanso del alma;
el precepto del Señor es fiel
e instruye a los ignorantes.
R. Los mandamientos del Señor son verdaderos y enteramente justos.
Los mandatos del Señor son rectos
y alegran el corazón;
la norma del Señor es límpida
y da luz a los ojos.
R. Los mandamientos del Señor son verdaderos y enteramente justos.
El temor del Señor es puro
y eternamente estable;
los mandamientos del Señor son verdaderos
y enteramente justos.
R. Los mandamientos del Señor son verdaderos y enteramente justos.
— Evangelio —
Mateo 9, 1-8
En aquel tiempo, subió Jesús a una barca, cruzó a la otra orilla y fue a su ciudad.
En eso le presentaron un paralítico, acostado en una camilla. Viendo la fe que tenían, dijo al paralítico:
«¡Ánimo, hijo!, tus pecados están perdonados».
Algunos de los escribas se dijeron:
«Este blasfema».
Jesús, sabiendo lo que pensaban, les dijo:
«¿Por qué piensan mal en sus corazones? ¿Qué es más fácil decir: "Tus pecados te son perdonados", o decir: "Levántate y echa a andar"? Pues, para que vean que el Hijo del hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados —entonces dice al paralítico—: "Ponte en pie, coge tu camilla y vete a tu casa"».
Se puso en pie y se fue a su casa.
Al ver esto, la gente quedó sobrecogida y alababa a Dios, que da a los hombres tal potestad.
Palabra del Señor.
— Reflexión —
La primera lectura nos presenta un choque que se repite en todas las épocas. Amós, un hombre sencillo —"yo era un pastor y un cultivador de sicomoros"—, es enviado por Dios a decir verdades incómodas. Y enseguida aparece Amasías, el sacerdote oficial, que lo quiere callar: "Vete, no profetices aquí". A los poderosos siempre les molesta la voz que denuncia la injusticia. Pero Amós no habla en nombre propio; responde con humildad y firmeza: "El Señor me arrancó de mi rebaño y me dijo: ve". Cuando es Dios quien envía, ni el miedo ni las amenazas pueden tapar la boca.
Esto nos interpela. También a nosotros, en lo pequeño, Dios nos pide a veces ser voz: defender al ausente del que se murmura, decir la verdad con caridad, no callar ante un atropello por miedo al qué dirán. No hace falta ser un gran profeta; basta dejar que Dios nos "arranque" de nuestra comodidad para hacer un poco de bien donde estamos. ¿Hay alguna verdad buena que el Señor te pide decir, y que vienes callando por temor?
El Evangelio nos regala una escena llena de ternura y de hondura. Traen a un paralítico, y Jesús, antes de curarle las piernas, le sana algo más profundo: "¡Ánimo, hijo!, tus pecados están perdonados". A veces nuestra peor parálisis no es la del cuerpo, sino la del alma: la culpa que nos aplasta, el rencor que no soltamos, la tristeza que nos deja tirados sin fuerzas para levantarnos. Y Jesús va primero a esa raíz. Quiere sanarnos por dentro, devolvernos la libertad del corazón.
Fíjate además en un detalle hermoso: a aquel hombre lo trajeron otros. Fue la fe de unos amigos la que lo puso delante de Jesús. Qué importante es llevar a los demás al Señor: rezar por un hijo que se alejó, acompañar a un enfermo, cargar la camilla del que ya no puede solo. Hoy, haz las dos cosas: deja que Jesús te diga a ti "ánimo, hijo, estás perdonado" —quizá acercándote a la confesión—, y carga tú la camilla de alguien, llevándolo en tu oración ante Dios. Levántate, que el Señor te devuelve las fuerzas.
— Oración —
Señor Jesús,
tú ves mis parálisis más hondas:
la culpa que me pesa,
el rencor que no suelto,
el desánimo que me deja sin fuerzas.
Hoy me pongo delante de ti
y escucho tu voz: "Ánimo, hijo, estás perdonado".
Sáname por dentro, levántame,
devuélveme la libertad del corazón.
Hazme también, como Amós, voz valiente
para decir la verdad con amor.
Y dame amigos que me lleven a ti,
y un corazón que sepa llevar a otros.
Amén.
Mañana, otra
Cada mañana hay una oración nueva y el Evangelio del día. Bendita te avisa a la hora que elijas.

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