Evangelio del día
Evangelio del Martes 30 de junio
En Bendita puedes escuchar el Evangelio y su reflexión con una voz cálida.
— Primera Lectura —
Amós 3, 1-8; 4, 11-12
Escuchen la palabra que el Señor ha pronunciado contra ustedes, hijos de Israel, contra toda la tribu que saqué de Egipto:
«Solo a ustedes he escogido de entre todas las tribus de la tierra. Por eso les pediré cuentas de todas sus transgresiones».
¿Acaso dos caminan juntos sin haberse puesto de acuerdo?
¿Acaso ruge el león en la foresta si no tiene una presa?
¿Deja el cachorro oír su voz desde la guarida si no ha apresado nada?
¿Acaso cae el pájaro en la red, a tierra, si no hay un lazo?
¿Salta la trampa del suelo si no tiene una presa?
¿Se toca el cuerno en una ciudad sin que se estremezca la gente?
¿Sucede una desgracia en una ciudad sin que el Señor la haya causado?
Ciertamente, nada hace el Señor Dios sin haber revelado su designio a sus servidores los profetas. Ha rugido el león, ¿quién no temerá? El Señor Dios ha hablado, ¿quién no profetizará?
«Los trastorné como Dios trastornó a Sodoma y Gomorra, y quedaron como tizón sacado del incendio. Pero no se convirtieron a mí —oráculo del Señor—.
Por eso, así voy a tratarte, Israel. Sí, así voy a tratarte: prepárate al encuentro con tu Dios».
Palabra de Dios.
— Salmo 5 —
R. Señor, guíame con tu justicia.
Tú no eres un Dios que ame la maldad,
ni el malvado es tu huésped,
ni el arrogante se mantiene en tu presencia.
R. Señor, guíame con tu justicia.
Detestas a los malhechores,
destruyes a los mentirosos;
al hombre sanguinario y traicionero
lo aborrece el Señor.
R. Señor, guíame con tu justicia.
Pero yo, por tu gran bondad,
entraré en tu casa,
me postraré ante tu templo santo
con todo temor.
R. Señor, guíame con tu justicia.
— Evangelio —
Mateo 8, 23-27
En aquel tiempo, subió Jesús a la barca, y sus discípulos lo siguieron.
En esto se produjo una tempestad tan fuerte, que la barca desaparecía entre las olas; él dormía. Se acercaron y lo despertaron gritándole:
«¡Señor, sálvanos, que perecemos!».
Él les dice:
«¿Por qué tienen miedo, hombres de poca fe?».
Se puso en pie, increpó a los vientos y al mar, y vino una gran calma. Los hombres se decían asombrados:
«¿Quién es este, que hasta el viento y el mar lo obedecen?».
Palabra del Señor.
— Reflexión —
El profeta Amós usa hoy imágenes que parecen rugidos: el león que brama, el cuerno que alarma a la ciudad, la trampa que salta. Son imágenes fuertes, sí, pero no son palabras de abandono, sino de un Dios que ama tanto a su pueblo que no se queda callado cuando lo ve perderse. "Solo a ustedes he escogido", dice. Y precisamente porque nos ha elegido y nos quiere de cerca, nos habla claro. Hay un cariño escondido en cada advertencia de Dios: no busca asustarnos, busca despertarnos antes de que sea tarde.
Y al final, Amós lanza una frase que vale la pena guardar: "Prepárate al encuentro con tu Dios". Toda la vida es, en el fondo, una preparación para ese encuentro. No como quien espera a un juez temible, sino como quien espera a Aquel que más lo ama. Cada día, cada Misa, cada oración es un ensayo de ese abrazo definitivo. La pregunta que nos deja es sencilla: ¿estoy viviendo de manera que ese encuentro sea una alegría y no un susto?
El Evangelio nos lleva a la barca sacudida por la tormenta. Las olas la cubren, los discípulos gritan aterrados, y Jesús… duerme. Cuántas veces sentimos lo mismo: que la vida se nos hunde y Dios parece dormido, ausente, callado. Pero fíjate en el detalle clave: Jesús está en la barca. Aunque parezca dormido, está. No se bajó cuando vino la tormenta. Y su pregunta no es un reproche frío, sino casi un lamento de cariño: "¿Por qué tienen miedo, hombres de poca fe?".
La fe no nos promete una vida sin tempestades, sino la certeza de que no navegamos solos. ¿Cuáles son hoy las olas que más te asustan: la salud, el dinero, un hijo que sufre, la soledad? No las enfrentes desde el pánico, sino despierta a Jesús con confianza: "Señor, sálvame". Él se levanta, manda callar al viento, y viene la calma. Hoy, ante eso que más te inquieta, haz un acto sencillo de confianza: respira, reza despacio y dile al Señor que sabes que va en tu misma barca. Verás cómo, aun antes de que escampe afuera, la paz empieza por dentro.
— Oración —
Señor Jesús,
tú vas en mi misma barca,
aunque a veces parezca que duermes.
Cuando las olas me cubren
y el miedo me quita la paz,
enséñame a despertarte con confianza:
"Señor, sálvame, que sin ti me hundo".
Quita de mí el miedo que paraliza
y dame la fe que se aferra a ti.
Calma las tormentas de mi corazón
y las de mi familia.
Y prepárame cada día
para el encuentro contigo,
que eres mi puerto y mi descanso.
Amén.
Mañana, otra
Cada mañana hay una oración nueva y el Evangelio del día. Bendita te avisa a la hora que elijas.

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