Evangelio del día
Evangelio del Viernes 19 de junio
En Bendita puedes escuchar el Evangelio y su reflexión con una voz cálida.
— Primera Lectura —
2 Reyes 11, 1-4. 9-18. 20
En aquellos días, cuando la madre del rey Ocozías, Atalía, vio que su hijo había muerto, se dispuso a eliminar a toda la estirpe real. Pero Josebá, hija del rey Jorán y hermana de Ocozías, tomó a Joás, hijo de Ocozías, de entre los hijos del rey que estaban siendo asesinados, lo escondió y lo instaló, a él y a su nodriza, en su dormitorio, manteniéndolo oculto a la vista de Atalía y así no lo mataron. Estuvo seis años con ella, escondido en el templo del Señor, mientras Atalía reinaba en el país.
El séptimo año, el sacerdote Yehoyadá mandó buscar a los centuriones de los guardias y los condujo junto a sí al templo del Señor para establecer un pacto con ellos y hacerles prestar juramento. Luego les presentó al hijo del rey.
El sacerdote hizo salir al hijo del monarca y le impuso la diadema y las insignias reales. Luego lo proclamaron rey y lo ungieron. Aplaudieron y gritaron: "¡Viva el rey!".
Cuando Atalía oyó el griterío de los guardias y del pueblo, se fue hacia la muchedumbre que se hallaba en el templo del Señor. Miró y vio al rey de pie junto a la columna, según la costumbre: los jefes con sus trompetas con él, y a todo el pueblo de la tierra en júbilo, tocando sus instrumentos.
Atalía rasgó entonces sus vestiduras y gritó: "¡Traición!, ¡traición!".
Entonces el sacerdote Yehoyadá dio orden a los jefes de las tropas: "Háganla salir de entre las filas. Quien la siga será pasado a espada". Le abrieron paso y, cuando entró en el palacio real por la puerta de los Caballos, fue ejecutada.
Luego Yehoyadá hizo una alianza entre el Señor, el rey y el pueblo, por la que el pueblo se convertía en pueblo del Señor; hizo también una alianza entre el rey y el pueblo.
Y todo el pueblo de la tierra acudió al templo de Baal para derribarlo. Hicieron pedazos sus altares e imágenes, y ejecutaron a Matán, sacerdote de Baal, frente a los altares.
Todo el pueblo de la tierra exultaba de júbilo y la ciudad quedó tranquila.
Palabra de Dios.
— Salmo 131 —
R. El Señor ha elegido Sión, para vivir en ella.
El Señor ha jurado a David
una promesa que no retractará:
"A uno de tu linaje
pondré sobre tu trono".
R. El Señor ha elegido Sión, para vivir en ella.
"Si tus hijos guardan mi alianza
y los mandatos que les enseño,
también sus hijos, por siempre,
se sentarán sobre tu trono".
R. El Señor ha elegido Sión, para vivir en ella.
"Haré germinar el vigor de David,
enciendo una lámpara para mi Ungido.
A sus enemigos los vestiré de ignominia,
sobre él brillará mi diadema".
R. El Señor ha elegido Sión, para vivir en ella.
— Evangelio —
Mateo 6, 19-23
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
"No atesoren para ustedes tesoros en la tierra, donde la polilla y la carcoma los roen y donde los ladrones abren boquetes y los roban. Háganse tesoros en el cielo, donde no hay polilla ni carcoma que los roen, ni ladrones que abren boquetes y roban. Porque donde está tu tesoro, allí estará tu corazón.
"La lámpara del cuerpo es el ojo. Si tu ojo está sano, tu cuerpo entero tendrá luz; pero si tu ojo está enfermo, tu cuerpo entero estará a oscuras. Si, pues, la luz que hay en ti está oscura, ¡cuánta será la oscuridad!".
Palabra del Señor.
— Reflexión —
El Evangelio de hoy es brevísimo, pero contiene una de las frases más penetrantes de Jesús: "Donde está tu tesoro, allí estará tu corazón". Detente un momento en ella. Es como una linterna que ilumina los rincones más escondidos de nosotros. No te pregunta directamente: ¿amas a Dios?, ni te pregunta: ¿crees en Dios?. Te pregunta otra cosa más difícil de esquivar: ¿dónde está tu tesoro? Porque ahí, allí donde esté tu tesoro, ahí está realmente tu corazón. Aunque tú digas otra cosa.
Cada uno de nosotros tiene un tesoro. Algo a lo que le dedicamos lo mejor. Algo en lo que pensamos al despertar y al acostarnos. Algo por lo que trabajamos sin que nadie nos lo pida. Si ese tesoro es Dios, todo lo demás cae en su lugar. Si es el dinero, allí estará el corazón, encadenado, calculando, midiendo. Si es la imagen propia, el corazón estará pendiente del espejo de las opiniones ajenas. Si es un afecto desordenado, el corazón vivirá enredado y triste. La pregunta es radical, pero hermosa: ¿qué pongo yo en el centro de mi vida?
Y Jesús añade algo curioso: "La lámpara del cuerpo es el ojo". El ojo, en la cultura bíblica, no es solo lo que ve; es lo que mira. Y mirar es elegir. Cuando miras una cosa, le entregas tu atención. Si miras a Dios, tu vida se llena de luz, porque él es Luz. Si miras solo lo terreno, todo se vuelve confuso. "Si la luz que hay en ti está oscura, ¡cuánta será la oscuridad!". Esta frase asusta, pero también ilumina. Hay gente que cree que ve y no ve. Hay gente que confunde el éxito con la felicidad, el dinero con la seguridad, la fama con el amor. Y vive en una oscuridad disfrazada de claridad. Solo cuando el ojo se sana, mirando a Cristo, todo el cuerpo se llena de luz.
La primera lectura nos da, con crudeza, un ejemplo de tesoro mal puesto. Atalía, la reina madre, se vuelve loca por el poder. Cuando muere su hijo, en lugar de llorar, se dispone a matar a toda la familia real para quedarse con el trono. Es un horror. Pero detrás de ese horror hay algo muy humano: cuando algo se convierte en nuestro tesoro absoluto, no hay límites a lo que somos capaces de hacer por conservarlo. Por eso Jesús insiste tanto en limpiar nuestros tesoros antes de que sea tarde. Una niña pequeña, llamada Josebá, salva al niño Joás escondiéndolo en el templo. Mira la imagen: el verdadero tesoro de Dios, su Ungido, se conserva en el templo, mientras afuera reina la locura. Eso somos nosotros, hermano. Tu corazón es templo, y dentro de ti debe haber un Joás escondido: Cristo, custodiado, protegido, esperando el día en que sea proclamado rey de toda tu vida.
— Oración —
Señor Jesús,
hoy me pones delante una pregunta
que me cuesta responder con sinceridad:
"¿Dónde está tu tesoro?"
Sé qué respuesta debería dar.
Sé que tendría que decir: "Tú, Señor, eres mi tesoro".
Pero si miro mi día a día,
veo que muchas veces
mi corazón anda detrás
de cosas mucho más pequeñas.
A veces mi tesoro es la aprobación de los demás.
Cuánto me importa lo que opinen.
Cuántas veces me callo lo que pienso
por miedo a perder afectos.
A veces mi tesoro es el dinero.
No por avaricia,
sino por miedo,
por no saber confiar
en que tú me darás el pan de cada día.
A veces mi tesoro es mi propio comfort.
Mi descanso,
mi tranquilidad,
mi vida sin sobresaltos.
Y dejo de hacer cosas buenas
porque exigen un poco de incomodidad.
Perdóname, Señor.
Y reorganiza el cuarto de mi corazón.
Pon en el centro
lo que de verdad merece estar ahí.
Y manda a los rincones
lo que solo es secundario.
Sana mi ojo, Señor.
Que vea las cosas como tú las ves.
Que distinga lo que dura
de lo que solo brilla un rato.
Que no me dejes engañar
por las apariencias del mundo,
que parecen oro
y al final son polilla.
Guarda dentro de mí,
como Josebá guardó a Joás,
al verdadero Rey.
Que aunque por fuera me toque vivir
en medio del ruido y de la confusión,
dentro
haya un templo
donde Cristo está siempre escondido,
esperando reinar
sobre cada parte de mi vida.
Y dame, Señor,
el coraje
de un día,
quizás pronto,
sacarte de ese escondite interior
y proclamarte rey
abiertamente,
sin miedo.
Que mi corazón te elija a ti
como el único tesoro verdadero.
Porque sé bien
que donde estás tú,
ahí está la vida.
Y donde no estás,
todo lo demás
se vuelve polvo.
Amén.
Mañana, otra
Cada mañana hay una oración nueva y el Evangelio del día. Bendita te avisa a la hora que elijas.

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