Evangelio del día
Evangelio del Jueves 18 de junio
En Bendita puedes escuchar el Evangelio y su reflexión con una voz cálida.
— Primera Lectura —
Eclesiástico 48, 1-14
Surgió el profeta Elías como un fuego,
su palabra quemaba como antorcha.
Él hizo venir sobre ellos el hambre,
y con su celo los diezmó.
Por la palabra del Señor cerró los cielos
y también hizo caer fuego tres veces.
¡Qué glorioso fuiste, Elías, con tus portentos!
¿Quién puede gloriarse de ser como tú?
Tú despertaste a un cadáver de la muerte
y del abismo, por la palabra del Altísimo;
tú precipitaste reyes a la ruina
y arrebataste del lecho a hombres insignes;
en el Sinaí escuchaste palabras de reproche
y en el Horeb sentencias de castigo;
tú ungiste reyes vengadores
y profetas para que te sucedieran;
fuiste arrebatado en un torbellino ardiente,
en un carro de caballos de fuego;
tú fuiste designado para reprochar los tiempos futuros,
para aplacar la ira antes de que estallara,
para reconciliar a los padres con los hijos
y restablecer las tribus de Jacob.
Dichosos los que te vieron
y se durmieron en el amor,
porque también nosotros viviremos.
Cuando Elías fue arrebatado en el torbellino,
Eliseo se llenó de su espíritu.
Durante su vida ningún príncipe lo hizo temblar,
nadie pudo dominarlo.
Nada era imposible para él,
incluso muerto, su cuerpo profetizó.
Durante su vida realizó prodigios,
y después de muerto fueron admirables sus obras.
Palabra de Dios.
— Salmo 96 —
R. Alégrense, justos, con el Señor.
El Señor reina, la tierra goza,
se alegran las islas innumerables.
Tiniebla y nube lo rodean,
justicia y derecho sostienen su trono.
R. Alégrense, justos, con el Señor.
Delante de él avanza el fuego,
abrasando en torno a los enemigos;
sus relámpagos deslumbran el orbe,
y, viéndolos, la tierra se estremece.
R. Alégrense, justos, con el Señor.
Los montes se derriten como cera ante el Señor,
ante el Señor de toda la tierra;
los cielos pregonan su justicia,
y todos los pueblos contemplan su gloria.
R. Alégrense, justos, con el Señor.
Los que adoran estatuas se sonrojan,
los que ponen su orgullo en los ídolos.
Adórenlo todos sus ángeles.
R. Alégrense, justos, con el Señor.
— Evangelio —
Mateo 6, 7-15
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
"Cuando recen, no usen muchas palabras, como los gentiles, que se imaginan que por hablar mucho les harán caso. No sean como ellos, pues su Padre sabe lo que les hace falta antes de que lo pidan.
"Ustedes oren así:
'Padre nuestro que estás en el cielo,
santificado sea tu nombre,
venga a nosotros tu reino,
hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo,
danos hoy nuestro pan de cada día,
perdona nuestras ofensas,
como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden,
no nos dejes caer en la tentación,
y líbranos del mal'.
"Porque si perdonan a los hombres sus ofensas, también les perdonará su Padre celestial, pero si no perdonan a los hombres, tampoco su Padre perdonará sus ofensas".
Palabra del Señor.
— Reflexión —
Hoy Jesús nos regala el Padrenuestro. La oración más importante de toda la historia. La que él mismo nos enseñó. La que rezamos cada Misa, cada Rosario, cada noche antes de dormir. Pero a veces la decimos tan rápido que se nos olvida lo enorme que es. Vale la pena hoy detenernos un momento en cada palabra, como quien examina una joya con calma.
Lo primero que dice Jesús es algo que cambia la perspectiva: "No usen muchas palabras, como los gentiles". La oración no es informarle a Dios de cosas que él no sabe. Él ya sabe todo. La oración es entrar en relación con un Padre. Por eso lo primero que Jesús nos pide decir es: "Padre nuestro". Dos palabras enormes. "Padre", para que sepas a quién hablas: no a un juez lejano, no a una fuerza cósmica, sino a alguien que te conoce desde antes de que nacieras. "Nuestro", para que sepas que no rezas solo: rezas con tus hermanos, vivos y difuntos, conocidos y desconocidos. El cristiano nunca reza en singular.
Y luego siete peticiones, como siete puertas que se abren en el corazón. "Santificado sea tu nombre": que tu nombre sea reverenciado en mi vida. "Venga a nosotros tu reino": que tu manera de gobernar entre en mi casa, en mi país, en mi corazón. "Hágase tu voluntad": la oración más difícil, pero también la que más libera. "Danos hoy nuestro pan": una sola palabra, pan, que contiene todo lo que necesitamos hoy, ni más ni menos. "Perdona nuestras ofensas como nosotros perdonamos": aquí Jesús nos pone una condición; no es que Dios no quiera perdonarnos, es que si nosotros no perdonamos, no podremos recibir su perdón. "No nos dejes caer en la tentación": cuídanos. "Líbranos del mal": sálvanos del Malo. Cada petición es un universo.
Y luego, al terminar, Jesús insiste sobre una de las peticiones: el perdón. "Si perdonan a los hombres sus ofensas, también les perdonará su Padre". Hoy la Orden de Predicadores celebra a la Beata Hosanna de Mantua, laica dominica del siglo quince, que vivía profundamente unida a la Pasión de Cristo y a la oración. Ella decía que el Padrenuestro la sostenía cada día. Como tantos santos, comprendía que esta oración no es para repetirla sin pensar, sino para vivirla. Hoy te invito a hacer una cosa concreta: reza el Padrenuestro despacio, una sola vez, deteniéndote en cada petición. Mira cuál te toca más. Mira cuál te cuesta más. Quizás Dios te esté hablando precisamente por ahí. La oración perfecta ya te la dio Jesús. Solo te falta vivirla.
— Oración —
Padre nuestro,
que estás en el cielo
y al mismo tiempo dentro de mí,
santificado sea tu nombre.
Que en mi vida
tu nombre no sea una palabra más,
sino el nombre más amado.
Que cuando lo pronuncie,
sea siempre con respeto,
con cariño,
con esperanza.
Venga a nosotros tu Reino.
No el reino que yo imagino,
no el reino que se acomoda a mis planes,
sino el tuyo:
el reino del amor que perdona,
de la justicia que cuida al pequeño,
de la paz que no es ausencia de cruces
sino presencia tuya
en medio de ellas.
Hágase tu voluntad, Padre.
Esta es la frase que más me cuesta.
Porque a veces quiero
imponerte mis planes,
suplicarte que cambies de idea,
convencerte de que mi camino
es mejor que el tuyo.
Pero hoy quiero rezarla en serio.
Hágase tu voluntad,
no la mía.
Porque tú me amas
más de lo que yo me amo,
y sabes lo que me conviene
mejor que yo mismo.
Danos hoy nuestro pan de cada día.
El pan material que necesito.
El pan espiritual de tu Eucaristía.
El pan de cariño de los míos.
El pan de paz interior
que solo tú me das.
Perdona mis ofensas.
Sabes cuáles son.
Las grandes y las pequeñas.
Las que confieso y las que escondo
incluso de mí mismo.
Y dame, Padre, el corazón abierto
para perdonar como tú perdonas.
Porque sé que esa es la condición.
Si yo no perdono,
me cierro a tu perdón.
No me dejes caer en la tentación.
Sostén mi mano en los momentos débiles.
Cuando sienta venir aquello que me hace daño,
mándame fuerza,
mándame un amigo,
mándame un recuerdo de ti
que me devuelva al camino.
Y líbranos del mal.
Del mal grande, del Maligno;
y también del mal pequeño
que envenena los días:
los chismes, la envidia, el resentimiento,
la pereza para amar.
Porque tuyo es el Reino,
y el poder,
y la gloria,
por siempre, Señor.
Amén.
Mañana, otra
Cada mañana hay una oración nueva y el Evangelio del día. Bendita te avisa a la hora que elijas.

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