Evangelio del día

Evangelio del Sábado 13 de junio

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En Bendita puedes escuchar el Evangelio y su reflexión con una voz cálida.

— Primera Lectura —

1 Reyes 19, 16b. 19-21

En aquellos días, el Señor dijo a Elías: "Unge profeta sucesor tuyo a Eliseo, hijo de Safat, de Prado Bailén".

Elías se marchó y encontró a Eliseo, hijo de Safat, arando con doce yuntas en fila, él con la última. Elías pasó a su lado y le echó encima el manto.

Entonces Eliseo, dejando los bueyes, corrió tras Elías y le pidió: "Déjame decir adiós a mis padres; luego vuelvo y te sigo".

Elías le dijo: "Ve y vuelve; ¿quién te lo impide?".

Eliseo dio la vuelta, tomó la yunta de bueyes y los ofreció en sacrificio; hizo fuego con los aperos, asó la carne y ofreció de comer a su gente; luego se levantó, marchó tras Elías y se puso a su servicio.

Palabra de Dios.

— Salmo 15 —

R. Tú, Señor, eres el lote de mi heredad.

Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti;
yo digo al Señor: "Tú eres mi bien".
El Señor es el lote de mi heredad y mi copa;
mi suerte está en tu mano.

R. Tú, Señor, eres el lote de mi heredad.

Bendeciré al Señor, que me aconseja,
hasta de noche me instruye internamente.
Tengo siempre presente al Señor,
con él a mi derecha no vacilaré.

R. Tú, Señor, eres el lote de mi heredad.

Por eso se me alegra el corazón,
se gozan mis entrañas,
y mi carne descansa serena.
Porque no me entregarás a la muerte,
ni dejarás a tu fiel conocer la corrupción.

R. Tú, Señor, eres el lote de mi heredad.

Me enseñarás el sendero de la vida,
me saciarás de gozo en tu presencia,
de alegría perpetua a tu derecha.

R. Tú, Señor, eres el lote de mi heredad.

— Evangelio —
Lucas 2, 41-51

Los padres de Jesús solían ir cada año a Jerusalén por las fiestas de Pascua.

Cuando Jesús cumplió doce años, subieron a la fiesta según la costumbre y, cuando terminó, se volvieron; pero el niño Jesús se quedó en Jerusalén, sin que lo supieran sus padres.

Estos, creyendo que estaba en la caravana, anduvieron el camino de un día y se pusieron a buscarlo entre los parientes y conocidos; al no encontrarlo, se volvieron a Jerusalén buscándolo.

Y sucedió que, a los tres días, lo encontraron en el templo, sentado en medio de los maestros, escuchándolos y haciéndoles preguntas. Todos los que le oían quedaban asombrados de su talento y de las respuestas que daba.

Al verlo, se quedaron atónitos, y le dijo su madre: "Hijo, ¿por qué nos has tratado así? Tu padre y yo te buscábamos angustiados".

Él les contestó: "¿Por qué me buscaban? ¿No sabían que yo debía estar en las cosas de mi Padre?".

Pero ellos no comprendieron lo que les dijo. Él bajó con ellos y fue a Nazaret y estaba sujeto a ellos. Su madre conservaba todo esto en su corazón.

Palabra del Señor.

— Reflexión —

Hoy, al día siguiente del Sagrado Corazón de Jesús, la Iglesia celebra el Inmaculado Corazón de María. Es una fiesta entrañable y muy bien colocada: justo después de mirar el corazón del Hijo, miramos el corazón de la Madre. Porque María no es una espectadora más en la historia de la salvación. Su corazón también latió por nosotros. Su corazón también sufrió por nosotros. Su corazón también se ofreció por nosotros, en silencio, sin ruido, pero con una fidelidad que no se rompió jamás.

El Evangelio nos lleva a una escena muy humana. María y José pierden a Jesús en Jerusalén. Tres días lo buscan, angustiados, hechos un nudo de preocupación. Y al final lo encuentran en el templo, conversando con los doctores. María le dice algo muy de madre: "Hijo, ¿por qué nos has tratado así? Tu padre y yo te buscábamos angustiados". Y Jesús, con doce años, le responde con una frase que María no entendió del todo: "¿No sabían que yo debía estar en las cosas de mi Padre?". El Evangelio dice: "Ellos no comprendieron lo que les dijo". Pero acto seguido añade algo que es la clave de toda la espiritualidad mariana: "Su madre conservaba todo esto en su corazón".

Aquí está el secreto del Inmaculado Corazón. No es un corazón que entendió todo desde el principio. Es un corazón que guardó. Que conservó. Que rumió las cosas en silencio, aunque no las comprendiera. María no tuvo respuestas para todo. Hubo cosas de su vida que no entendió hasta el final. Pero las guardó. Y al guardarlas, dejó que Dios fuera revelando poco a poco su sentido. Esa es la sabiduría mariana, hermano: no necesitar entender todo, sino guardar todo. Confiar en que Dios irá explicando lo que ahora no se ve.

La primera lectura nos cuenta el llamado de Eliseo. Estaba arando, una persona común haciendo su trabajo común, cuando aparece Elías y le echa el manto encima. Eliseo no entendió, no pidió explicaciones largas, no dudó. Solo pidió un permiso pequeño: "Déjame despedirme de mis padres". Y se fue. Y nunca volvió atrás. Esa libertad para decir sí sin condiciones es lo que conecta a Eliseo con María. Porque el sí de María en la Anunciación, "Hágase en mí según tu palabra", fue exactamente lo mismo. Confianza sin medida. Y hoy, en este sábado mariano, conviene pedirle a la Virgen una sola cosa: corazón como el suyo. Un corazón que guarda lo que no entiende. Un corazón que dice sí cuando todo le pide razones. Un corazón que ama en silencio, que reza en lo oculto, que sirve sin hacer ruido. Eso es el Inmaculado Corazón de María. Y eso es lo que ella quiere regalarle a cada uno de sus hijos hoy.

— Oración —

Virgen María,
Madre del Sagrado Corazón,
hoy celebramos tu propio corazón,
ese Corazón Inmaculado
que no se manchó nunca
por los golpes de la vida.

¡Cuántas cosas sufrió tu corazón!
La pobreza del pesebre,
la huida a Egipto con un niño en brazos,
los tres días sin saber dónde estaba tu Hijo,
la cruz al pie de la cual te quedaste de pie,
la espada que te atravesó el alma
como Simeón te había anunciado.

Y, en medio de todo,
no había en ti reproche,
no había rebeldía,
no había escándalo contra Dios.
Solo había confianza.
Solo había sí.
Solo había un corazón que guardaba
todo lo que no entendía
y se lo entregaba al Padre
para que Él fuera explicando.

Madre,
hazme también a mí
un corazón así.

Hay tantas cosas en mi vida
que no comprendo.
Heridas que no sé por qué Dios permitió.
Pérdidas que aún duelen.
Personas que se fueron antes de tiempo.
Caminos que se cerraron
justo cuando yo creía que se abrían.

A veces, Madre, me canso de preguntar.
Y me da rabia no entender.
Y me sale el reclamo
en lugar de la confianza.

Enséñame a guardar.
Como tú guardabas.
A no exigirle a Dios respuestas inmediatas.
A esperar.
A confiar
de que mañana, o pasado, o algún día,
veré claro lo que hoy es niebla.

Y, mientras tanto, Madre,
ven a este sábado tuyo
con tu corazón puesto sobre el mío.
Sosténmelo cuando se canse.
Repáralo cuando se rompa.
Y mantenlo limpio,
inmaculado como el tuyo,
para que sea casa donde tu Hijo
quiera vivir.

María,
Madre del Inmaculado Corazón,
escóndeme dentro de ti
hasta que sea capaz
de amar como tú amaste,
de servir como tú serviste,
de guardar
hasta el día
en que Dios me explique todo
en el rostro de su Hijo.

Amén.

Mañana, otra

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