Evangelio del día

Evangelio del Viernes 12 de junio

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En Bendita puedes escuchar el Evangelio y su reflexión con una voz cálida.

— Primera Lectura —

Deuteronomio 7, 6-11

Moisés habló al pueblo, diciendo:

"Tú eres un pueblo santo para el Señor, tu Dios; el Señor, tu Dios, te eligió para que seas, entre todos los pueblos de la tierra, el pueblo de su propiedad.

"Si el Señor se enamoró de ustedes y los eligió, no fue por ser ustedes más numerosos que los demás, pues son el pueblo más pequeño, sino que, por puro amor a ustedes y por mantener el juramento que había hecho a sus padres, los sacó el Señor de Egipto con mano fuerte y los rescató de la casa de esclavitud, del poder del faraón, rey de Egipto.

"Reconoce, pues, que el Señor, tu Dios, es Dios; él es el Dios fiel que mantiene su alianza y su favor con los que lo aman y observan sus preceptos, por mil generaciones.

"Observa, pues, el precepto, los mandatos y decretos que te mando hoy que cumplas".

Palabra de Dios.

— Salmo 102 —

R. La misericordia del Señor dura siempre, para aquellos que lo temen.

Bendice, alma mía, al Señor,
y todo mi ser a su santo nombre.
Bendice, alma mía, al Señor,
y no olvides sus beneficios.

R. La misericordia del Señor dura siempre, para aquellos que lo temen.

Él perdona todas tus culpas
y cura todas tus enfermedades;
él rescata tu vida de la fosa
y te colma de gracia y de ternura.

R. La misericordia del Señor dura siempre, para aquellos que lo temen.

El Señor hace justicia
y defiende a todos los oprimidos;
enseñó sus caminos a Moisés
y sus hazañas a los hijos de Israel.

R. La misericordia del Señor dura siempre, para aquellos que lo temen.

El Señor es compasivo y misericordioso,
lento a la ira y rico en clemencia.
No nos trata como merecen nuestros pecados
ni nos paga según nuestras culpas.

R. La misericordia del Señor dura siempre, para aquellos que lo temen.

— Segunda Lectura —
1 Juan 4, 7-16

Queridos hermanos:

Amémonos unos a otros, ya que el amor es de Dios, y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios. Quien no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es amor.

En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene: en que Dios envió al mundo a su Unigénito, para que vivamos por medio de él. En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y nos envió a su Hijo como víctima de propiciación por nuestros pecados.

Queridos hermanos, si Dios nos amó de esta manera, también nosotros debemos amarnos unos a otros. A Dios nadie lo ha visto nunca. Si nos amamos unos a otros, Dios permanece en nosotros y su amor ha llegado en nosotros a su plenitud.

En esto conocemos que permanecemos en él, y él en nosotros: en que nos ha dado de su Espíritu. Y nosotros hemos visto y damos testimonio de que el Padre envió a su Hijo para ser Salvador del mundo.

Quien confiese que Jesús es el Hijo de Dios, Dios permanece en él, y él en Dios. Y nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él. Dios es amor, y quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él.

Palabra de Dios.

— Evangelio —
Mateo 11, 25-30

En aquel tiempo, tomó la palabra Jesús y dijo:

"Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y se las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, así te ha parecido bien.

"Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar.

"Vengan a mí todos los que están cansados y agobiados, y yo los aliviaré. Tomen mi yugo sobre ustedes y aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontrarán descanso para sus almas. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera".

Palabra del Señor.

— Reflexión —

Hoy la Iglesia celebra una solemnidad enorme: el Sagrado Corazón de Jesús. Es una de las fiestas más entrañables del año, una de esas que tocan algo muy profundo de la fe popular latinoamericana. El Corazón de Jesús, abierto, traspasado, ardiente, ofrecido al mundo. Es la imagen que cuelga en tantos hogares, que preside tantas salas de tantas casas. Pero más allá de la imagen, hoy estamos celebrando algo central: que Dios no nos amó desde lejos, sino con corazón humano, con un corazón que latió, que sintió, que se conmovió, que sufrió y que finalmente fue traspasado por nosotros.

La primera lectura del Deuteronomio nos da una clave para entrar en esta fiesta. Moisés le recuerda al pueblo por qué Dios los eligió: "no fue por ser ustedes más numerosos, son el pueblo más pequeño, sino por puro amor". Esa palabra es clave: "puro amor". Dios no nos eligió porque éramos buenos, ni porque éramos muchos, ni porque éramos importantes. Nos eligió porque sí. Porque le dio la gana de amarnos. Y esa es la lógica del Corazón de Cristo: ama sin razón, ama gratis, ama antes que nada. Cuando entiendes esto, dejas de pensar que tienes que ganarte el amor de Dios. Solo lo recibes.

En la segunda lectura, san Juan nos lo dice con una claridad que aturde: "Dios es amor". No dice que Dios tiene amor, ni que Dios da amor. Dice que Dios es amor. Es su naturaleza. Si pudieras tocar a Dios, tocarías amor. Y luego añade algo que cambia la vida: "En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó primero". Eso es Sagrado Corazón. No hemos sido nosotros los que hemos llegado a Dios; ha sido Él el que ha venido a nosotros. Su Corazón se adelantó. Por eso, todo lo que tú puedas amar a Dios hoy, no es mérito tuyo: es respuesta a un amor que ya estaba ahí esperándote.

Y luego el Evangelio nos da la invitación más bella que ha hecho Jesús: "Vengan a mí todos los que están cansados y agobiados, y yo los aliviaré". Detente en esa frase si estás cansado hoy. Si has tenido una semana dura. Si llevas un peso que pocos conocen. Si la vida te ha pedido más de lo que crees poder dar. "Vengan a mí". No vengan cuando hayan resuelto sus problemas; vengan cansados. No vengan cuando estén perfectos; vengan agobiados. Y aprendan de mí, dice Jesús, que soy manso y humilde de corazón. La grandeza del Sagrado Corazón no está en su poder. Está en su mansedumbre. En que un Dios omnipotente decidiera ser humilde por ti. Hoy, al ir a Misa, llévale ese cansancio que cargas. Lo tomará. Y comparte después esa mansedumbre con tu familia. Que el Corazón de Cristo se haga visible en tu casa, en un trato más amable, en una palabra menos cortante, en un perdón que aún no se ha dado. Eso es vivir la fiesta del Sagrado Corazón.

— Oración —

Jesús, manso y humilde de corazón,
hoy te miro
y veo un corazón abierto.
No cerrado, no protegido.
Abierto.
Traspasado por una lanza
para que yo pudiera entrar.

Gracias, Señor.
Por amarme primero.
Por elegirme sin que yo lo mereciera.
Por seguir queriéndome
incluso después de las veces
en que yo me he olvidado de ti.

Hoy te oigo decirme:
"Vengan a mí
los que están cansados y agobiados".
Y voy, Señor.
Voy con este cansancio
que a veces no sé explicar bien
ni a mí misma.

Las preocupaciones por los míos.
Las cuentas que no terminan de cuadrar.
Las relaciones que duelen.
Los miedos que vienen de madrugada
y no me dejan dormir.
Las heridas viejas
que creía cicatrizadas
y de pronto vuelven a abrirse.

Todo te lo dejo en tu Corazón abierto.

Y tú, que prometiste alivio,
dame ese alivio que solo tú puedes dar.
No me prometiste quitar todas las cruces.
Me prometiste que tu yugo sería llevadero,
que tu carga sería ligera,
porque la llevarías conmigo.

Hazme también a mí,
Señor,
manso y humilde de corazón.

Que en mi casa,
con los míos,
se note que tu Corazón vive en el mío.
Que mis palabras sean más mansas.
Que mis enfados sean más breves.
Que mis silencios sean acogedores,
no acusadores.

Y en esta Misa de hoy, Señor,
te ofrezco a mi familia entera.
A los que viven cerca y a los que viven lejos.
A los que me quieren y a los que me cuesta querer.
A los que aún creen y a los que se alejaron.
Tu Corazón es lo suficientemente grande
para todos.

Sagrado Corazón de Jesús,
en ti confío.
Sagrado Corazón de Jesús,
ten compasión de mí.
Sagrado Corazón de Jesús,
quédate en mi hogar.

Amén.

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