Evangelio del día
Evangelio del Domingo 7 de junio
En Bendita puedes escuchar el Evangelio y su reflexión con una voz cálida.
— Primera Lectura —
Deuteronomio 8, 2-3. 14b-16a
Moisés habló al pueblo, diciendo:
"Recuerda el camino que el Señor, tu Dios, te ha hecho recorrer estos cuarenta años por el desierto. Él te afligió, haciéndote pasar hambre y alimentándote con el maná —un alimento que ni tú ni tus padres conocían— para enseñarte que no solo de pan vive el hombre, sino de todo lo que sale de la boca del Señor.
"No olvides al Señor, tu Dios, que te sacó de Egipto, de la esclavitud; que te hizo recorrer aquel desierto inmenso y terrible, lleno de serpientes venenosas y de escorpiones, un sequedal sin una gota de agua; que sacó agua para ti de una roca de pedernal; que te alimentó en el desierto con un maná que no conocían tus padres".
Palabra de Dios.
— Salmo 147 —
R. Glorifica al Señor, Jerusalén.
Glorifica al Señor, Jerusalén;
alaba a tu Dios, Sión.
Que ha reforzado los cerrojos de tus puertas,
y ha bendecido a tus hijos dentro de ti.
R. Glorifica al Señor, Jerusalén.
Ha puesto paz en tus fronteras,
te sacia con flor de harina.
Él envía su mensaje a la tierra,
y su palabra corre veloz.
R. Glorifica al Señor, Jerusalén.
Anuncia su palabra a Jacob,
sus decretos y mandatos a Israel;
con ninguna nación obró así,
ni les dio a conocer sus mandatos.
R. Glorifica al Señor, Jerusalén.
— Segunda Lectura —
1 Corintios 10, 16-17
Hermanos:
El cáliz de la bendición que bendecimos ¿no es comunión con la sangre de Cristo? Y el pan que partimos ¿no es comunión con el cuerpo de Cristo?
El pan es uno, y así nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo, porque todos comemos del mismo pan.
Palabra de Dios.
— Evangelio —
Juan 6, 51-58
En aquel tiempo, dijo Jesús a los judíos:
"Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo".
Disputaban entonces los judíos entre sí: "¿Cómo puede este darnos a comer su carne?".
Entonces Jesús les dijo: "En verdad, en verdad les digo: si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tienen vida en ustedes. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día.
"Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él.
"Como el Padre que vive me ha enviado, y yo vivo por el Padre, así, del mismo modo, el que me come vivirá por mí.
"Este es el pan que ha bajado del cielo: no como el de los padres, que lo comieron y murieron; el que come este pan vivirá para siempre".
Palabra del Señor.
— Reflexión —
Hoy, hermanos, la Iglesia celebra una de sus fiestas más bellas: la Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo, el Corpus Christi. Es la fiesta de la Eucaristía. La fiesta de aquello que Jesús nos dejó la víspera de morir, cuando tomó el pan, lo partió y dijo: "Esto es mi cuerpo". Cuando tomó el cáliz y dijo: "Esta es mi sangre". Y añadió: "Hagan esto en memoria mía". Desde aquella noche, en cada Misa del mundo, en cada parroquia de cada continente, ese gesto se repite. Y Cristo se hace verdaderamente presente bajo las especies del pan y del vino. No es un símbolo bonito. Es Él. Es Cristo entero, cuerpo, sangre, alma y divinidad, en la pequeña hostia blanca que recibimos.
La primera lectura nos lleva al desierto. Israel camina cuarenta años, y Dios lo alimenta con el maná, un pan misterioso que cae del cielo cada mañana. Moisés les dice algo importantísimo: "No solo de pan vive el hombre, sino de todo lo que sale de la boca de Dios". Aquel maná era una prefiguración. Era el anuncio de que un día Dios mismo bajaría como pan del cielo. Y eso, exactamente eso, es la Eucaristía. El maná calmaba el hambre del cuerpo unas horas. La Eucaristía alimenta el alma para la vida eterna. El maná lo comieron los padres y murieron. El Pan que es Cristo, dice Jesús, da vida sin fin.
La segunda lectura, de san Pablo, nos da otra luz preciosa: "El pan es uno, y así nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo, porque todos comemos del mismo pan". Mira qué consecuencia. Cuando recibimos la comunión, no solo nos unimos con Cristo: nos unimos también unos con otros. Tu vecino que comulgó esta mañana en otra parroquia y tú, son un solo cuerpo. Y eso debe transformar cómo te tratas con la gente. Si comulgas con tu hermano, ¿cómo puedes seguir peleado con él? La Eucaristía nos hace familia. Por eso es tan importante hoy ir a Misa con la familia, abrazar a quienes están a tu lado en la banca, llevar a la sagrada comunión también la intención por las personas con las que cuesta llevarse bien.
Y el Evangelio es el discurso del Pan de Vida. Jesús habla con una claridad asombrosa: "Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida". No habla con metáforas suaves; habla con palabras tan duras que muchos de sus discípulos se fueron tras escucharlo, como veremos en el próximo capítulo de Juan. Cristo nunca suavizó este misterio. Si quieres tener vida, decía, come de este pan. Hoy es un buen día para examinar tu relación con la Eucaristía. ¿Comulgas con frecuencia? ¿Comulgas en gracia, después de confesarte cuando es necesario? ¿Le agradeces al Señor después de recibirlo, o sales corriendo del templo? Si Jesús se queda contigo entero en ese momento, mereces darle al menos diez minutos de tu corazón en silencio. Y hoy, si puedes, asiste a la procesión del Corpus en tu parroquia. Es uno de los gestos más bellos del año: Cristo paseando por las calles de tu ciudad, bendiciendo casa por casa.
— Oración —
Señor Jesús sacramentado,
hoy es tu fiesta.
La fiesta del Pan de Vida,
la fiesta del Corpus,
la fiesta de la Eucaristía
que nos dejaste la víspera de morir.
Te confieso, Señor,
que muchas veces no he sabido valorarte
en la pequeña hostia que recibo.
La he tomado con prisa,
sin recogimiento,
pensando ya en lo que iba a hacer después.
Y eso es triste,
porque tú eres tú,
no un símbolo,
no un recordatorio:
eres tú vivo, real,
entregándote a mí cada vez.
Hoy, en este Corpus Christi,
quiero pedirte tres cosas concretas.
Primero,
devuélveme el asombro.
Que no me acostumbre a ti, Señor.
Que cada vez que comulgue
sienta de nuevo
que es Dios el que está bajando a mi pecho.
Segundo,
hazme misionero de Eucaristía.
Llevo al Señor dentro
cuando salgo del templo.
Que esa presencia me cambie el día,
me haga más paciente con los míos,
más servicial con los desconocidos,
más amable con todo el que cruce mi camino.
Que el mundo se note distinto
después de que yo haya pasado por él,
porque tú estabas en mí.
Tercero,
hazme comunión con los hermanos.
Si comemos del mismo pan,
no podemos seguir divididos.
Reconcíliame, Señor,
con quienes me cuesta.
Que recibirte
me empuje a perdonar,
no a quedarme rencoroso.
Bendice hoy las procesiones del Corpus en todo el mundo.
A los obispos que llevan la custodia,
a los niños de Primera Comunión que la siguen,
a las familias que asisten a la Misa,
a los enfermos a quienes les llevan la Eucaristía a casa.
Y al final del día,
cuando vuelva a mi cuarto y se haga noche,
quédate conmigo, Señor.
Que tu presencia en mi alma
no se gaste con las horas,
sino que crezca
hasta el momento en que yo,
también yo,
pase de comerte aquí en signo
a verte allá cara a cara.
¡Oh sagrado banquete
en que Cristo es nuestra comida!
Amén.
Mañana, otra
Cada mañana hay una oración nueva y el Evangelio del día. Bendita te avisa a la hora que elijas.

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