Evangelio del día
Evangelio del Sábado 6 de junio
En Bendita puedes escuchar el Evangelio y su reflexión con una voz cálida.
— Primera Lectura —
2 Timoteo 4, 1-8
Querido hermano:
Te conjuro delante de Dios y de Cristo Jesús, que ha de juzgar a vivos y a muertos, por su manifestación y por su reino: proclama la palabra, insiste a tiempo y a destiempo, arguye, reprocha, exhorta con toda magnanimidad y doctrina.
Porque vendrá un tiempo en que no soportarán la sana doctrina, sino que se rodearán de maestros a la medida de sus propios deseos y de lo que les gusta oír; y, apartando el oído de la verdad, se volverán a las fábulas.
Pero tú sé sobrio en todo, soporta los padecimientos, cumple tu tarea de evangelizador, desempeña tu ministerio. Pues yo estoy a punto de ser derramado en libación y el momento de mi partida es inminente.
He combatido el noble combate, he acabado la carrera, he conservado la fe. Por lo demás, me está reservada la corona de la justicia, que el Señor, juez justo, me dará en aquel día; y no solo a mí, sino también a todos los que hayan aguardado con amor su manifestación.
Palabra de Dios.
— Salmo 70 —
R. Mi boca contará tu salvación, Señor.
Llena estaba mi boca de tu alabanza
y de tu gloria, todo el día.
No me rechaces ahora en la vejez,
me van faltando las fuerzas, no me abandones.
R. Mi boca contará tu salvación, Señor.
Yo, en cambio, seguiré esperando,
redoblaré tus alabanzas;
mi boca contará tu justicia,
y todo el día tu salvación.
R. Mi boca contará tu salvación, Señor.
Contaré tus proezas, Señor mío;
narraré tu justicia, tuya entera.
Dios mío, me instruiste desde mi juventud,
y hasta hoy relato tus maravillas.
R. Mi boca contará tu salvación, Señor.
Yo te daré gracias, Dios mío,
con el arpa, por tu lealtad;
tocaré para ti la cítara,
Santo de Israel.
R. Mi boca contará tu salvación, Señor.
— Evangelio —
Marcos 12, 38-44
En aquel tiempo, Jesús, instruyendo al gentío, les decía: "¡Cuidado con los escribas! Les encanta pasearse con amplio ropaje y que les hagan reverencias en las plazas, buscan los asientos de honor en las sinagogas y los primeros puestos en los banquetes, y devoran los bienes de las viudas y aparentan hacer largas oraciones. Esos recibirán una condenación más rigurosa".
Estando Jesús sentado enfrente del tesoro del templo, observaba a la gente que iba echando dinero: muchos ricos echaban mucho; se acercó una viuda pobre y echó dos monedillas, es decir, un cuadrante.
Llamando a sus discípulos, les dijo: "En verdad les digo que esta viuda pobre ha echado en el arca de las ofrendas más que nadie. Porque los demás han echado de lo que les sobra, pero esta, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir".
Palabra del Señor.
— Reflexión —
Hoy termina la lectura de la segunda carta a Timoteo, y termina con una de las páginas más conmovedoras del Nuevo Testamento. San Pablo, viejo, prisionero en Roma, sabiendo que su martirio se acerca, escribe lo que serán prácticamente sus últimas palabras escritas. Mira lo que dice: "He combatido el noble combate, he acabado la carrera, he conservado la fe". Tres frases que resumen una vida entera. Combate. Carrera. Fe. Eso fue ser Pablo. Y al final, la promesa: "Me está reservada la corona de la justicia". Pablo no ve la muerte como un fracaso, la ve como la meta. La línea de llegada, no el abismo. Ojalá tú y yo podamos un día decir lo mismo. Para eso, hay que combatir cada día. Hay que correr cada día. Hay que conservar la fe cada día.
Pero antes, Pablo le pide a Timoteo una cosa: "Proclama la Palabra, a tiempo y a destiempo". Qué frase enorme. No proclamarla solo cuando es fácil. Proclamarla también cuando incomoda, cuando no quieren oírla, cuando "no soporten la sana doctrina y se rodeen de maestros a la medida de sus propios deseos". Mira qué actual suena eso. Hoy hay mucho maestro a la carta, mucho discurso para que la gente "oiga lo que le gusta oír". Y los cristianos a veces tenemos miedo de decir verdades que incomoden. Pablo nos recuerda: di la Palabra. Con caridad, sí. Con prudencia, sí. Pero dila.
El Evangelio nos pone la escena de la viuda del óbolo. Mientras los ricos echan grandes ofrendas que les sobran, una viuda pobre, casi invisible, echa dos monedillas. Y Jesús, que ve lo que nadie ve, llama a sus discípulos y les dice: "Esta viuda ha echado más que nadie. Porque ellos dieron de lo que les sobra, ella dio todo lo que tenía para vivir". Esa frase nos golpea. Dios no mira la cantidad, mira la proporción. Mira lo que te queda después de dar. Mira si has dado de lo que sobra o de lo que duele. Dos monedillas en manos de una viuda vale más, ante Dios, que un millón en manos de un rico que no pierde nada.
Hoy es sábado, día consagrado a la Virgen María. Y la Virgen es, en cierto sentido, la viuda del óbolo llevada a su perfección. María no era rica, no tenía cosas que dar al templo, no tenía influencia. Y, sin embargo, le dio a Dios algo que ningún ángel ni profeta había podido darle: se dio a sí misma. "Hágase en mí según tu palabra". Eso fue su óbolo. Eso fue su "todo lo que tenía para vivir". María lo entregó todo, su cuerpo, su tiempo, su historia, su corazón. Y por eso pudo nacer el Salvador. Hoy, en este sábado mariano, mírate las manos. ¿Qué le has dado al Señor de lo que te sobra? ¿Y qué le has dado de lo que te duele? Pídele a María que te enseñe a dar como ella dio: sin reservas, con el corazón entero.
— Oración —
Señor Jesús,
hoy, en este sábado de María,
me detengo ante dos figuras
que tu Palabra me pone delante:
san Pablo en la cárcel,
y una viuda pobre en el templo.
Pablo se está despidiendo de la vida:
"He combatido el noble combate.
He acabado la carrera.
He conservado la fe".
Tres frases que valen una vida entera.
Quiero, Señor, poder decir lo mismo al final.
Que cuando llegue mi hora,
no llegue derrotado,
sino con la conciencia tranquila
de haber peleado por amor a ti,
de haber corrido sin abandonar,
de haber conservado la fe
aunque el mundo me empujara a soltarla.
Y la viuda del óbolo, Señor.
Esa mujer que nadie miró,
que echó dos monedillas insignificantes,
y que tú elevaste al evangelio eterno
porque dio todo lo que tenía para vivir.
Hazme generoso como ella.
No me dejes ofrecerte solo lo que me sobra,
las migajas de mi tiempo,
los minutos que me quedan después de todo,
las atenciones que ya nadie quiere.
Dame el coraje de darte
también lo que me duele perder.
Mi tiempo bueno.
Mi descanso.
Mi reputación.
Mi planes.
Todo lo que es realmente mío.
Virgen María,
en este sábado tuyo
te miro y veo
a la viuda perfecta del óbolo.
Tú, mujer sencilla,
sin riqueza, sin influencia,
le diste a Dios algo
que ningún ángel pudo darle:
te diste tú entera.
"Hágase en mí según tu palabra".
Madre, enséñame a decir ese sí
con la misma libertad con que lo dijiste tú.
Sin medir,
sin calcular,
sin pedir garantías de qué pasará después.
Que mi vida, como la tuya,
sea un sí continuado a Dios,
hasta el día en que también yo pueda decir:
he combatido,
he acabado la carrera,
he conservado la fe.
Amén.
Mañana, otra
Cada mañana hay una oración nueva y el Evangelio del día. Bendita te avisa a la hora que elijas.

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