Evangelio del día
Evangelio del Jueves 4 de junio
En Bendita puedes escuchar el Evangelio y su reflexión con una voz cálida.
— Primera Lectura —
2 Timoteo 2, 8-15
Querido hermano:
Acuérdate de Jesucristo, resucitado de entre los muertos, nacido del linaje de David, según mi evangelio, por el que padezco hasta llevar cadenas, como un malhechor; pero la palabra de Dios no está encadenada.
Por eso lo aguanto todo por los elegidos, para que ellos también alcancen la salvación y la gloria eterna en Cristo Jesús.
Es palabra digna de crédito:
Pues si morimos con él, también viviremos con él;
si perseveramos, también reinaremos con él;
si lo negamos, también él nos negará.
Si somos infieles, él permanece fiel,
porque no puede negarse a sí mismo.
Esto es lo que has de recordar, advirtiéndoles seriamente delante de Dios que no discutan sobre palabras; no sirve para nada y es funesto para los oyentes.
Procura con toda diligencia presentarte ante Dios como digno de aprobación, como un obrero que no tiene de qué avergonzarse, que imparte con rectitud la palabra de la verdad.
Palabra de Dios.
— Salmo 24 —
R. Señor, enséñame tus caminos.
Señor, enséñame tus caminos,
instrúyeme en tus sendas:
haz que camine con lealtad;
enséñame, porque tú eres mi Dios y Salvador.
R. Señor, enséñame tus caminos.
El Señor es bueno y es recto,
y enseña el camino a los pecadores;
hace caminar a los humildes con rectitud,
enseña su camino a los humildes.
R. Señor, enséñame tus caminos.
Las sendas del Señor son misericordia
y lealtad para los que guardan su alianza y sus mandatos.
El Señor se confía a los que lo temen,
y les da a conocer su alianza.
R. Señor, enséñame tus caminos.
— Evangelio —
Marcos 12, 28b-34
En aquel tiempo, un escriba se acercó a Jesús y le preguntó: "¿Qué mandamiento es el primero de todos?".
Respondió Jesús: "El primero es: 'Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor: amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser'. El segundo es este: 'Amarás a tu prójimo como a ti mismo'. No hay mandamiento mayor que estos".
El escriba replicó: "Muy bien, Maestro, sin duda tienes razón cuando dices que el Señor es uno solo y no hay otro fuera de él; y que amarlo con todo el corazón, con todo el entendimiento y con todo el ser, y amar al prójimo como a uno mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios".
Jesús, viendo que había respondido sensatamente, le dijo: "No estás lejos del reino de Dios".
Y nadie se atrevió a hacerle más preguntas.
Palabra del Señor.
— Reflexión —
Hoy el Evangelio nos pone delante una de las páginas más bellas de toda la Biblia. Un escriba —no un fariseo hostil, sino un hombre sincero— se acerca a Jesús con una pregunta enorme: "¿Cuál es el primer mandamiento de todos?". En la tradición judía había seiscientos trece mandamientos, y los rabinos discutían sin fin cuál era el más importante. Jesús no duda. Une dos pasajes del Antiguo Testamento que nunca antes habían sido unidos así: "Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón" y "Amarás a tu prójimo como a ti mismo". Y dice algo definitivo: "No hay mandamiento mayor que estos".
Mira el genio de Jesús. Reduce toda la Ley a dos verbos: amar a Dios, amar al prójimo. No separa estos dos amores; los presenta como inseparables. No puedes amar de verdad a Dios si desprecias al prójimo, porque el prójimo lleva la imagen de Dios. Y no puedes amar de verdad al prójimo sin amar a Dios, porque solo en Dios el amor humano se sostiene, se purifica y se hace eterno. Hoy, si quieres saber dónde estás espiritualmente, pregúntate por estas dos cosas: ¿Cómo está mi amor a Dios? ¿Y cómo está mi trato con las personas que tengo más cerca? Si una de las dos falla, la otra tampoco va bien.
La respuesta del escriba es preciosa: lo que importa "vale más que todos los holocaustos y sacrificios". Es decir, vale más que toda práctica religiosa exterior. Cuidado con eso. Podemos asistir a Misa, rezar el Rosario, hacer novenas, dar limosna; todo eso es bueno. Pero si no nace del amor, se queda en cáscara. Dios mira el corazón. Y Jesús le dice al escriba algo emocionante: "No estás lejos del reino de Dios". Qué frase tan tierna. No le dice "ya entraste", le dice "no estás lejos". Le indica el último paso. Hay personas a tu alrededor que también están así: no están lejos del Reino, solo les falta un empujoncito de amor concreto. Tu testimonio puede ser ese empujoncito.
Hoy la Orden de Predicadores celebra a San Pedro de Verona, el protomártir de la Orden. Era hijo de familia cátara, herejes que negaban la encarnación de Cristo. Pedro descubrió la verdad de la fe católica, ingresó como dominico, y dedicó su vida a predicar contra la herejía con cariño. Sus mismos enemigos cátaros le tendieron una trampa y lo asesinaron en el camino. Cuenta la tradición que, al caer herido, con su propia sangre escribió en el suelo una sola palabra: "Credo". Es decir: creo. Murió escribiendo lo que había vivido. Ese es el cierre perfecto del Evangelio de hoy: amar a Dios y al prójimo con todo, incluso con la sangre. Pídele hoy a san Pedro Mártir que tu fe también sepa escribirse no solo con palabras, sino con vida.
— Oración —
Señor Jesús,
hoy me dejas claro
todo el sentido de mi fe
en una sola frase:
ama a Dios con todo,
ama al prójimo como a ti.
Y a veces, Señor,
me complico tanto la vida.
Busco oraciones complicadas,
prácticas religiosas que me hagan sentir importante,
medallas, devociones, listados…
Y tú, en cambio, me dices:
"Es más simple, hijo.
Ama. Eso es todo.
Y eso es todo lo que pido".
Hazme cristiano de las dos manos:
una hacia ti,
otra hacia los hermanos.
Que no me venga a rezar Misa
y me vaya peleando con mi vecino.
Que no diga que te quiero
mientras maltrato a quien convive conmigo.
Que mi amor por ti
no sea palabra,
sino vida.
Y cuando descubra
a personas como aquel escriba,
que no están lejos del Reino,
que casi entienden,
que casi creen,
que casi se animan,
dame, Señor,
el empujoncito amoroso
que necesitan para entrar.
Por intercesión de san Pedro de Verona,
protomártir de la Orden de Predicadores,
que escribió con su sangre la palabra "Credo",
hazme también capaz
de escribir mi fe con la vida.
No me pidas, Señor,
una sangre que probablemente no me toque.
Pero pídeme la sangre pequeña
de los renunciamientos diarios:
ceder en una discusión por amor,
callar una palabra hiriente por amor,
dar tiempo cuando no me apetece por amor.
Que cada uno de esos gestos diminutos
sea mi "credo" escrito
en el suelo de la vida cotidiana.
Y que al final,
cuando tú me preguntes
si he amado lo suficiente,
pueda responderte:
"Lo intenté, Señor,
con todo lo que tenía".
Amén.
Mañana, otra
Cada mañana hay una oración nueva y el Evangelio del día. Bendita te avisa a la hora que elijas.

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