Evangelio del día

Evangelio del Viernes 29 de mayo

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En Bendita puedes escuchar el Evangelio y su reflexión con una voz cálida.

— Primera Lectura —

1 Pedro 4, 7-13

Queridos hermanos:

El fin de todas las cosas está cercano. Así pues, sean sensatos y sobrios para la oración. Ante todo, mantengan un amor intenso entre ustedes, porque el amor tapa multitud de pecados. Sean hospitalarios unos con otros sin protestar.

Como buenos administradores de la multiforme gracia de Dios, pongan al servicio de los demás el carisma que cada uno ha recibido. Si uno habla, que sean sus palabras como palabras de Dios; si uno presta servicio, que lo haga con la fuerza que Dios le concede, para que Dios sea glorificado en todo, por medio de Jesucristo, a quien corresponden la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén.

Queridos míos, no se extrañen del fuego que ha prendido en ustedes y sirve para probarlos, como si ocurriera algo extraño. Al contrario, estén alegres en la medida en que comparten los sufrimientos de Cristo, de modo que, cuando se revele su gloria, gocen de alegría desbordante.

Palabra de Dios.

— Salmo 95 —

R. Llega el Señor a regir la tierra. Aleluya.

Digan a los pueblos: "El Señor es rey,
él afianzó el orbe, y no se moverá;
él gobierna a los pueblos con rectitud".

R. Llega el Señor a regir la tierra. Aleluya.

Alégrese el cielo, goce la tierra,
retumbe el mar y cuanto lo llena;
vitoreen los campos y cuanto hay en ellos,
aclamen los árboles del bosque.

R. Llega el Señor a regir la tierra. Aleluya.

Delante del Señor, que ya llega,
ya llega a regir la tierra:
regirá el orbe con justicia
y los pueblos con fidelidad.

R. Llega el Señor a regir la tierra. Aleluya.

— Evangelio —
Marcos 11, 11-26

Cuando el gentío hubo aclamado a Jesús, entró en Jerusalén, en el templo, lo estuvo observando todo y, como era ya tarde, salió hacia Betania con los Doce.

Al día siguiente, cuando salió de Betania, sintió hambre. Vio de lejos una higuera con hojas, y se acercó para ver si encontraba algo; al llegar no encontró más que hojas, porque no era tiempo de higos. Entonces le dijo: "Nunca jamás coma nadie frutos de ti". Los discípulos lo oyeron.

Llegaron a Jerusalén, entró en el templo, se puso a echar a los que vendían y compraban en el templo, volcando las mesas de los cambistas y los puestos de los que vendían palomas. Y no consentía que nadie transportara objetos por el templo. Y los instruía, diciendo: "¿No está escrito: 'Mi casa será casa de oración para todos los pueblos'? Ustedes, en cambio, la han convertido en cueva de bandidos".

Se enteraron los sumos sacerdotes y los escribas y, como le tenían miedo, porque todo el mundo admiraba su enseñanza, buscaban una manera de acabar con él.

Cuando atardeció, salieron de la ciudad.

A la mañana siguiente, al pasar, vieron la higuera seca de raíz. Pedro cayó en la cuenta y dijo a Jesús: "Maestro, mira, la higuera que maldijiste se ha secado".

Jesús contestó: "Tengan fe en Dios. En verdad les digo que si uno dice a este monte: 'Quítate y arrójate al mar', y no duda en su corazón, sino que cree en que sucederá lo que dice, lo obtendrá.

"Por eso les digo: todo cuanto pidan en la oración, crean que ya se les ha concedido, y lo obtendrán. Y cuando se pongan a orar, perdonen lo que tengan contra otros, para que también su Padre del cielo les perdone sus culpas".

Palabra del Señor.

— Reflexión —

El Evangelio de hoy tiene tres escenas en una sola página. La higuera estéril, la limpieza del templo, y la enseñanza sobre la fe que mueve montañas. Si las leemos juntas, se nos abren con sentido. Jesús está dándonos una lección sobre cómo debe ser una vida cristiana auténtica: una vida que da fruto, una vida que mantiene el templo limpio, una vida que confía en Dios al pedir.

La primera escena, la higuera, parece severa. Jesús se acerca con hambre, ve hojas pero no encuentra higos, y la maldice. ¿Por qué? Porque es una imagen. La higuera con hojas pero sin frutos es la imagen de la vida espiritual que parece bonita por fuera, pero por dentro está vacía. Hojas, mucho follaje, mucha apariencia. Pero a la hora de la verdad, cuando Cristo viene a buscar fruto, no encuentra nada. Es una advertencia para nosotros. Cuidado con la fe de hojas: la que se nota mucho pero no da fruto. Cuidado con la práctica religiosa que se ve, pero que no transforma. Cristo viene a buscar frutos: gestos de amor, palabras de paz, decisiones de justicia.

La segunda escena es famosa: Jesús entra al templo y echa fuera a los mercaderes. Es la escena más enérgica del Evangelio. Y nos pregunta a cada uno: ¿cómo está tu templo? Porque tu corazón también es templo. ¿Qué cosas has dejado entrar ahí que no deberían estar? ¿Negocios, cálculos, resentimientos viejos, distracciones que han venido a comerciar con tu paz? Jesús quiere venir a tu templo, pero no quiere encontrar mercaderes. Quiere encontrar oración. Por eso dice: "Mi casa será casa de oración". Tu corazón también lo será, si se lo permites.

Y la tercera escena es la enseñanza sobre la fe. "Si dices a este monte: 'Quítate y arrójate al mar', y no dudas, lo obtendrás". Aquí Jesús nos da una clave fundamental: la oración cristiana se basa en la confianza, no en la repetición de palabras correctas. Pero notar lo que añade enseguida: "Cuando se pongan a orar, perdonen lo que tengan contra otros". Hay una conexión profunda entre fe que mueve montañas y perdón que mueve corazones. No se puede pedir bien si no se perdona primero. Hoy es un buen día para hacer dos cosas concretas: revisar si tu vida está dando frutos o solo está echando hojas; y revisar si hay alguien a quien te falta perdonar para que tu oración pueda volar libremente.

— Oración —

Señor Jesús,
me sobrecoge el Evangelio de hoy.
Vienes con hambre,
y buscas frutos en mi higuera.
Y a veces solo encuentras hojas:
buenas intenciones,
prácticas religiosas,
oraciones repetidas,
pero pocos frutos reales
de amor, de paciencia, de perdón.

Sálvame de la fe de hojas, Señor.
No quiero parecer cristiano;
quiero serlo.
Hazme dar fruto,
aunque sea pequeño,
aunque nadie lo vea,
con tal de que sea real.

Entra hoy a mi templo
con la misma energía con la que entraste al de Jerusalén.
Voltea las mesas que no deberían estar:
los rencores que guardo,
las distracciones que me secuestran,
los negocios pequeños y grandes
que he metido donde solo debería haber silencio y oración.

Limpia mi corazón, Señor.
Que vuelva a ser
casa de oración,
no cueva de bandidos.

Y enséñame a tener fe.
Esa fe que tú prometiste,
la que mueve montañas,
la que pide con la certeza
de que tú escuchas.

Pero no me dejes olvidar lo que tú mismo añadiste:
"Cuando se pongan a orar, perdonen".
Hay personas a las que aún no perdono del todo.
Hay heridas viejas que vuelven sin avisar.
Hoy las suelto, Señor.
No quiero que nada me impida pedirte con libertad.

Hazme cristiano de frutos,
templo limpio,
corazón perdonador.
Y que esos tres regalos
sean el pequeño Pentecostés
que me dejas para esta semana.

Amén.

Mañana, otra

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