Evangelio del día

Evangelio del Jueves 28 de mayo

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En Bendita puedes escuchar el Evangelio y su reflexión con una voz cálida.

— Primera Lectura —

Génesis 22, 9-18

En aquellos días, llegaron al sitio que le había dicho Dios; Abrahán levantó allí el altar y apiló la leña; luego ató a su hijo Isaac y lo puso sobre el altar, encima de la leña. Entonces Abrahán alargó la mano y tomó el cuchillo para degollar a su hijo.

Pero el ángel del Señor le gritó desde el cielo: "¡Abrahán, Abrahán!".

Él contestó: "Aquí estoy".

El ángel le ordenó: "No alargues la mano contra el muchacho, ni le hagas nada. Ahora he comprobado que temes a Dios, porque no te has reservado a tu hijo, a tu único hijo".

Abrahán levantó los ojos y vio un carnero enredado por los cuernos en la maleza. Se acercó, tomó el carnero y lo ofreció en holocausto en lugar de su hijo. Abrahán llamó aquel sitio "El Señor ve", por lo que se dice aún hoy: "En el monte el Señor es visto".

El ángel del Señor llamó a Abrahán por segunda vez desde el cielo y le dijo: "Juro por mí mismo, oráculo del Señor: por haber hecho esto, por no haberte reservado tu hijo único, te colmaré de bendiciones y multiplicaré a tus descendientes como las estrellas del cielo y como la arena de la playa. Tus descendientes conquistarán las puertas de sus enemigos. Todas las naciones de la tierra se bendecirán con tu descendencia, porque has escuchado mi voz".

Palabra de Dios.

— Salmo 39 —

R. Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad.

Tú no quieres sacrificios ni ofrendas,
y, en cambio, me abriste el oído;
no pides sacrificio expiatorio;
entonces yo digo: "Aquí estoy".

R. Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad.

"Como está escrito en mi libro,
para hacer tu voluntad.
Dios mío, lo quiero,
y llevo tu ley en las entrañas".

R. Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad.

He proclamado tu justicia
ante la gran asamblea;
no he cerrado los labios, Señor, tú lo sabes.

R. Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad.

Alégrense y gocen contigo
todos los que te buscan;
digan siempre: "Grande es el Señor",
los que desean tu salvación.

R. Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad.

— Evangelio —
Mateo 26, 36-42

En aquel tiempo, Jesús fue con ellos a un huerto llamado Getsemaní, y dijo a los discípulos: "Siéntense aquí, mientras voy allá a orar".

Y llevándose a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo, empezó a sentir tristeza y angustia. Entonces les dijo: "Mi alma está triste hasta la muerte; quédense aquí y velen conmigo".

Y, adelantándose un poco, cayó rostro en tierra y oraba diciendo: "Padre mío, si es posible, que pase de mí este cáliz. Pero no se haga como yo quiero, sino como quieres tú".

Y volvió a los discípulos y los encontró dormidos. Dijo a Pedro: "¿No han podido velar una hora conmigo? Velen y oren, para no caer en la tentación, pues el espíritu está pronto, pero la carne es débil".

De nuevo se apartó por segunda vez y oraba diciendo: "Padre mío, si este cáliz no puede pasar sin que yo lo beba, hágase tu voluntad".

Palabra del Señor.

— Reflexión —

Hoy, en este jueves después de Pentecostés, la Iglesia celebra la Fiesta de Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote. Es una de esas fiestas que pasan a veces inadvertidas, pero que tocan algo profundísimo de nuestra fe: Cristo no solo es nuestro Salvador, no solo es nuestro Hermano y nuestro Maestro; es también nuestro Sacerdote. El Sacerdote eterno que sigue intercediendo por nosotros delante del Padre. Y su sacerdocio tiene una particularidad asombrosa: el sacerdote y la víctima son la misma persona. Cristo no ofrece toros ni corderos: se ofrece a sí mismo.

El Evangelio nos lleva a Getsemaní, al lugar más íntimo del sacerdocio de Cristo. Allí, en la noche, el Hijo de Dios cae rostro en tierra y suplica al Padre. "Si es posible, que pase de mí este cáliz. Pero no se haga como yo quiero, sino como quieres tú". Mira la grandeza y la fragilidad juntas: Jesús siente miedo, suda sangre, tiembla ante lo que viene. No nos vino a salvar fingiendo ser fuerte cuando no lo sentía. Asumió de verdad nuestra condición. Y desde ahí, desde esa fragilidad humana, dice un sí sacerdotal que cambia para siempre la historia. La obediencia de Cristo en Getsemaní es el acto sacerdotal por excelencia. Es el momento en que dice por nosotros lo que nosotros no logramos decir bien: "Hágase tu voluntad".

La primera lectura nos da la imagen que anticipa lo que pasa con Jesús: el sacrificio de Abrahán. Aquel padre que sube al monte con su hijo único, dispuesto a entregárselo a Dios. Y al final, un ángel detiene la mano de Abrahán y aparece un carnero en la maleza, que será ofrecido en lugar del niño. Pero hay algo que en aquella escena no pasó: que el Padre se reservara al Hijo. Y aquí está la diferencia: en el Calvario, el Padre celestial no detuvo la mano del Hijo. Cristo, el verdadero Cordero, se entregó hasta el final. Donde Abrahán fue librado, Cristo no quiso ser librado. Para que tú y yo seamos librados de la muerte para siempre.

Hoy, en esta fiesta del Sumo Sacerdote, conviene pedir tres cosas. Primera: por los sacerdotes que conocemos. Por el párroco que nos confiesa, por el sacerdote que celebra nuestra Misa, por el capellán del hospital, por los obispos de nuestra Iglesia. Necesitan oración. Segunda: por nosotros mismos, para que aprendamos a decir como Jesús en Getsemaní: "No mi voluntad, sino la tuya". Es la oración más difícil del cristiano, pero también la que más libera. Y tercera: pongamos en las manos del Sumo Sacerdote a las personas más difíciles que tenemos, las que más nos cuestan, las que aún no creen. Cristo está intercediendo por todas ellas en este mismo momento. Solo nos hace falta unirnos a su oración.

— Oración —

Jesús, Sumo y Eterno Sacerdote,
hoy te miro en Getsemaní,
de rodillas, con el rostro en tierra,
sudando sangre,
y descubro que tu sacerdocio
no se construyó con poder,
sino con obediencia.

Te ofreciste tú mismo,
porque solo así
podías llevarnos al Padre.
Ni oro ni plata,
ni toros ni corderos:
tu propio cuerpo,
tu propia sangre,
tu propio sí en la noche oscura.

Enséñame a rezar como tú rezaste:
"Padre, si es posible, que pase este cáliz.
Pero no se haga como yo quiero,
sino como quieres tú".

Esa oración me cuesta tanto, Señor.
Yo quiero que tú obedezcas a mis planes.
Quiero que me quites el cáliz,
no que me ayudes a beberlo.
Quiero soluciones, no compañía.
Y tú me enseñas otra cosa:
que la libertad cristiana es decir sí
cuando lo más fácil sería decir no.

Hoy te pido, Sumo Sacerdote,
por los sacerdotes que nos acompañan.
Bendícelos.
Sostén su vocación.
Que no se cansen,
que no se sequen,
que no se desanimen.
Y dales pueblos que les recen,
porque ellos rezan por nosotros cada día.

Y, sobre todo,
únete tú a mi oración,
porque por mí sola no llega.
Pero por ti, llega siempre.
Tú eres el Sumo Sacerdote
que vive eternamente
intercediendo por mí ante el Padre.
Y eso, hoy, me basta.

Amén.

Mañana, otra

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