Evangelio del día

Evangelio del Miércoles 27 de mayo

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En Bendita puedes escuchar el Evangelio y su reflexión con una voz cálida.

— Primera Lectura —

1 Pedro 1, 18-25

Queridos hermanos:

Ya saben que fueron liberados de su conducta inútil, heredada de sus padres, pero no con algo corruptible, con oro o plata, sino con una sangre preciosa, como la de un cordero sin defecto y sin mancha, Cristo, previsto ya antes de la creación del mundo y manifestado en los últimos tiempos por ustedes, que, por medio de él, creen en Dios, que lo resucitó de entre los muertos y le dio gloria, de manera que su fe y su esperanza estén puestas en Dios.

Ya que han purificado sus almas por la obediencia a la verdad hasta amarse unos a otros como hermanos, ámense de corazón unos a otros con una entrega total, pues han sido regenerados, no a partir de una semilla corruptible, sino de algo incorruptible, mediante la palabra de Dios viva y permanente, porque:

"Toda carne es como hierba
y todo su esplendor como flor de hierba:
se agosta la hierba y la flor se cae,
pero la palabra del Señor permanece para siempre".

Pues esa es la palabra del Evangelio que se les anunció.

Palabra de Dios.

— Salmo 147 —

R. Glorifica al Señor, Jerusalén. Aleluya.

Glorifica al Señor, Jerusalén;
alaba a tu Dios, Sión.
Que ha reforzado los cerrojos de tus puertas,
y ha bendecido a tus hijos dentro de ti.

R. Glorifica al Señor, Jerusalén. Aleluya.

Ha puesto paz en tus fronteras,
te sacia con flor de harina.
Él envía su mensaje a la tierra,
y su palabra corre veloz.

R. Glorifica al Señor, Jerusalén. Aleluya.

Anuncia su palabra a Jacob,
sus decretos y mandatos a Israel;
con ninguna nación obró así,
ni les dio a conocer sus mandatos.

R. Glorifica al Señor, Jerusalén. Aleluya.

— Evangelio —
Marcos 10, 32-45

En aquel tiempo, los discípulos estaban subiendo por el camino hacia Jerusalén, y Jesús iba delante de ellos; ellos estaban sorprendidos y los que lo seguían tenían miedo. Él tomó aparte otra vez a los Doce y empezó a decirles lo que le iba a suceder:

"Miren, estamos subiendo a Jerusalén, y el Hijo del hombre va a ser entregado a los sumos sacerdotes y a los escribas; lo condenarán a muerte y lo entregarán a los gentiles, se burlarán de él, le escupirán, lo azotarán y lo matarán; y a los tres días resucitará".

Se le acercaron los hijos de Zebedeo, Santiago y Juan, y le dijeron: "Maestro, queremos que nos hagas lo que te vamos a pedir".

Les preguntó: "¿Qué quieren que haga por ustedes?".

Contestaron: "Concédenos sentarnos en tu gloria, uno a tu derecha y otro a tu izquierda".

Jesús replicó: "No saben lo que piden. ¿Pueden beber el cáliz que yo he de beber, o bautizarse con el bautismo con que yo me voy a bautizar?".

Contestaron: "Podemos".

Jesús les dijo: "El cáliz que yo voy a beber lo beberán, y serán bautizados con el bautismo con que yo me voy a bautizar; pero el sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mí concederlo, sino que es para quienes está reservado".

Los otros diez, al oír aquello, se indignaron contra Santiago y Juan.

Jesús, llamándolos, les dijo: "Saben que los que son reconocidos como jefes de los pueblos los tiranizan, y que los grandes los oprimen. No será así entre ustedes: el que quiera ser grande entre ustedes, que sea su servidor; y el que quiera ser primero, sea esclavo de todos. Porque el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y dar su vida en rescate por muchos".

Palabra del Señor.

— Reflexión —

El Evangelio de hoy nos pone delante una escena muy humana y muy reveladora. Jesús acaba de anunciar por tercera vez su pasión, y los discípulos, en lugar de quedarse en silencio meditando esa palabra, se ocupan de algo distinto. Santiago y Juan se acercan a pedir los primeros puestos en la gloria. Y los demás se enfadan, no porque la petición sea fea, sino porque les hubiera gustado pedirla ellos primero. Mientras Jesús habla de cruz, los discípulos hablan de tronos. Es un cuadro tan real que duele.

Pero mira lo que hace el Maestro. No los regaña con dureza. No los humilla. Los sienta y les enseña pacientemente algo que es la clave de toda su doctrina: "El que quiera ser grande entre ustedes, que sea su servidor". En la lógica del mundo, grande es el que manda, el que tiene más, el que se hace notar. En la lógica del Reino, grande es el que sirve. Y para que no quede ninguna duda, Jesús lo aplica a sí mismo: "El Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y dar su vida en rescate por muchos". Cristo es Dios, y Dios escogió ser servidor. Si quieres parecerte a él, ya sabes el camino.

Hoy la Orden de Predicadores celebra al Beato Andrés Franchi, dominico toscano del siglo catorce, obispo de Pistoya. Fue famoso por sus obras de caridad concretas: acogía a los necesitados, organizaba ayuda para los pobres, no se quedaba en discursos. Encarnó esa frase del Evangelio que hoy escuchamos: fue grande porque sirvió. Sus contemporáneos lo recordaron así, no por sus sermones brillantes, sino por sus manos abiertas. Y eso es Reino, esa es santidad.

La primera lectura de san Pedro nos habla del precio con que fuimos liberados: la sangre preciosa de Cristo. No fuimos rescatados con oro ni con plata, sino con un Dios que se entregó hasta la muerte. Y luego añade algo precioso: que esa entrega nos hace nacer de nuevo a una vida nueva, donde tenemos que amarnos los unos a los otros como hermanos. Mira la conexión con el Evangelio: la sangre de Cristo, derramada por servir, nos crea como familia que se sirve. La fe cristiana no es un asunto personal entre yo y Dios; es siempre comunitaria. Yo y Dios, sí; pero Dios me lleva inmediatamente al hermano. Hoy, por intercesión del Beato Andrés Franchi, pídele a Jesús no un puesto en la gloria, sino una oportunidad concreta de servir hoy a alguien.

— Oración —

Señor Jesús,
el Evangelio de hoy me pone frente a un espejo.
Veo a Santiago y a Juan pidiendo los primeros puestos,
y reconozco que más veces de las que quiero admitir,
yo también busco mis pequeños primeros puestos:
la opinión que se imponga,
el reconocimiento que se note,
el espacio donde yo brille.

Perdóname, Señor.
Y enséñame la otra lógica,
la del Reino,
la que tú viviste y enseñaste:
"El que quiera ser grande, que sea servidor".

No te pido un trono.
Te pido un servicio.
Una manera concreta de ayudar a alguien hoy,
sin que nadie me lo agradezca,
sin que ese gesto me genere ninguna ventaja.
Solo por amor.
Solo porque tú lo hiciste primero por mí.

Recuérdame el precio con que fui rescatado:
no oro, no plata,
sino tu sangre.
Que la valore.
Que no me venda por monedas pequeñas
—la vanidad, el aplauso, el orgullo barato—,
sino que viva a la altura de lo que me costaste.

Por intercesión del Beato Andrés Franchi,
obispo y servidor de los pobres,
hazme también a mí
manos abiertas en mi entorno.
Que sea grande
por el bien que hago sin ruido,
no por el ruido que hago haciendo el bien.

Y dame, Señor,
ojos para ver al hermano que tengo cerca,
oídos para escuchar al que nadie escucha,
tiempo para los que solo necesitan
que alguien les regale unos minutos.
Que mi grandeza
sea servir hasta que duela un poco,
como tú serviste hasta la cruz.

Amén.

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