Evangelio del día

Evangelio del Lunes 25 de mayo

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En Bendita puedes escuchar el Evangelio y su reflexión con una voz cálida.

— Primera Lectura —

Génesis 3, 9-15. 20

Después de que el hombre comió del árbol, el Señor Dios llamó a Adán y le dijo: "¿Dónde estás?".

Él contestó: "Oí tus pasos en el jardín, me dio miedo porque estaba desnudo, y me escondí".

El Señor Dios le replicó: "¿Quién te informó de que estabas desnudo? ¿Es que has comido del árbol del que te prohibí comer?".

Adán respondió: "La mujer que me diste como compañera me ofreció del fruto y comí".

El Señor Dios dijo a la mujer: "¿Qué has hecho?".

La mujer respondió: "La serpiente me sedujo, y comí".

El Señor Dios dijo a la serpiente: "Por haber hecho eso, maldita tú entre todo el ganado y todas las fieras del campo: te arrastrarás sobre el vientre y comerás polvo toda tu vida. Pongo hostilidad entre ti y la mujer, entre tu descendencia y la suya; ella te aplastará la cabeza cuando tú la hieras en el talón".

Adán llamó a su mujer Eva, por ser la madre de todos los que viven.

Palabra de Dios.

— Salmo 86 —

R. ¡Qué pregón tan glorioso para ti, ciudad de Dios! Aleluya.

Él la ha cimentado sobre el monte santo;
el Señor prefiere las puertas de Sión
a todas las moradas de Jacob.
¡Qué pregón tan glorioso para ti,
ciudad de Dios!

R. ¡Qué pregón tan glorioso para ti, ciudad de Dios! Aleluya.

Se dirá de Sión: "Uno por uno,
todos han nacido en ella;
el Altísimo en persona la ha fundado".

R. ¡Qué pregón tan glorioso para ti, ciudad de Dios! Aleluya.

El Señor escribirá en el registro de los pueblos:
"Este ha nacido allí".
Y cantarán mientras danzan:
"Todas mis fuentes están en ti".

R. ¡Qué pregón tan glorioso para ti, ciudad de Dios! Aleluya.

— Evangelio —
Juan 19, 25-34

Junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su madre, María, la de Cleofás, y María, la Magdalena.

Jesús, al ver a su madre y junto a ella al discípulo a quien tanto quería, dijo a su madre: "Mujer, ahí tienes a tu hijo".

Luego dijo al discípulo: "Ahí tienes a tu madre".

Y desde aquella hora, el discípulo la recibió en su casa.

Después de esto, sabiendo Jesús que ya todo estaba cumplido, para que se cumpliera la Escritura, dijo: "Tengo sed".

Había allí un jarro lleno de vinagre. Y, sujetando una esponja empapada en vinagre a una caña de hisopo, se la acercaron a la boca.

Jesús, cuando tomó el vinagre, dijo: "Está cumplido". E, inclinando la cabeza, entregó el espíritu.

Los judíos entonces, como era el día de la Preparación, para que no se quedaran los cuerpos en la cruz el sábado, porque aquel sábado era un día solemne, pidieron a Pilato que les quebraran las piernas y los retiraran. Fueron los soldados, le quebraron las piernas al primero y luego al otro que habían crucificado con él; pero al llegar a Jesús, viendo que ya había muerto, no le quebraron las piernas; sino que uno de los soldados, con la lanza, le traspasó el costado, y al punto salió sangre y agua.

Palabra del Señor.

— Reflexión —

Hoy es lunes después de Pentecostés, y la Iglesia, recién nacida ayer del soplo del Espíritu, levanta los ojos a su Madre. Por eso celebramos la memoria de la Bienaventurada Virgen María, Madre de la Iglesia. Esta fiesta fue establecida por el Papa Francisco en 2018 precisamente para que cayera el lunes después de Pentecostés. ¿Por qué? Porque si la Iglesia nace ayer con el Espíritu, hoy, su primer día de camino en el mundo, descubre a la mujer que la acompañará siempre: María. Después del nacimiento, viene la presencia constante de la Madre. Es de pura lógica espiritual.

El Evangelio nos lleva al pie de la cruz. Allí, en su última voluntad, Jesús nos regala a María. Mira las palabras exactas: "Mujer, ahí tienes a tu hijo". Y al discípulo amado: "Ahí tienes a tu madre". Esa palabra "mujer" no es despectiva; es la misma con que se dirige a su Madre en las bodas de Caná. Y en este momento es revelación: Jesús está diciéndole a María que su maternidad ya no se reduce a un hijo concreto. Ahora, desde la cruz, es Madre de todos los hijos que él va a engendrar con su sangre y su agua. Y al discípulo amado, que somos todos los discípulos a lo largo de la historia, se le dice: "Es tu madre". Termina el texto: "Y desde aquella hora, el discípulo la recibió en su casa". Esa es la fe verdadera: no solo creer en María, sino recibirla en casa.

La primera lectura del Génesis nos da la otra cara de la moneda. Allí estaba Eva, la "madre de todos los que viven". Pero por su desobediencia, la maternidad humana entró en el dolor. Hoy, María es la nueva Eva: la que con su obediencia perfecta repara lo que Eva rompió con su desobediencia. Por eso el texto del Génesis termina con esa profecía bellísima: "Ella te aplastará la cabeza" a la serpiente. La Iglesia ha visto siempre en esa "mujer" anunciada en el paraíso a María. Donde Eva fracasó, María triunfa. Donde Eva se escondió, María permanece firme al pie de la cruz. Y donde la maternidad de Eva nos trajo el pecado, la maternidad de María nos trae a Cristo.

Hoy, en este primer lunes del tiempo ordinario, es buen día para hacer dos cosas. Primera: revisa tu relación con María. ¿La tienes "en casa", como el discípulo amado? ¿Le rezas el Rosario, le confías tus angustias, le pides consejo en silencio? Si hace tiempo no lo haces, hoy es un buen día para empezar de nuevo. Segunda: pídele que sea Madre de tu Iglesia local. De tu parroquia, de tu comunidad, de los enfermos que conoces, de los sacerdotes que te acompañan. Donde hay madre, hay calor. Donde hay calor, hay vida. Y la Iglesia siempre necesita madres que la cuiden con ternura.

— Oración —

María, Madre de la Iglesia,
en este primer lunes después de Pentecostés
te miro con la conciencia
de cuánto te necesito.

Jesús, desde la cruz, me dijo:
"Ahí tienes a tu madre".
Y desde esa hora,
tú eres la mujer que ningún testamento podría darme,
porque ya me la dio Cristo
con su última voluntad.

Hoy quiero recibirte en mi casa,
como Juan te recibió en la suya.
No quiero que seas para mí
una imagen colgada en la pared,
una devoción de domingos,
una palabra en la oración apurada.
Quiero que vivas en mi casa,
en mi mesa, en mi cocina,
en mi cuarto cuando me acuesto,
en mi corazón cuando me levanto.

Donde fallé como Eva,
levántame como nueva Eva.
Donde escondí mi pecado entre los árboles del miedo,
sácame a la luz con tu paz.
Donde aplasté con mi orgullo a otros,
enséñame a aplastar con humildad
la cabeza de la serpiente
que tantas veces me tienta.

Madre de la Iglesia,
cuida de mi parroquia,
cuida de los sacerdotes
que con tantos esfuerzos nos acompañan,
cuida de los catequistas, de los enfermos,
de las familias que se rompen,
de los jóvenes que dudan,
de los ancianos solos.
Sé Madre de todos, como Cristo lo quiso.

Y enséñame a recibir,
como el discípulo amado,
en mi casa, en mi vida,
en mi alma,
a la mujer que tu Hijo me regaló.
Para que yo no esté nunca solo,
nunca huérfano,
nunca sin un regazo donde apoyar la cabeza
cuando la vida pesa.

Amén.

Mañana, otra

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