Evangelio del día

Evangelio del Viernes 22 de mayo

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En Bendita puedes escuchar el Evangelio y su reflexión con una voz cálida.

— Primera Lectura —

Hechos 25, 13b-21

En aquellos días, el rey Agripa y Berenice llegaron a Cesarea para saludar a Festo. Como se quedaron allí bastantes días, Festo expuso al rey el caso de Pablo, diciéndole:

"Tengo aquí un hombre a quien Félix dejó preso. Cuando fui a Jerusalén, los sumos sacerdotes y los ancianos judíos me presentaron una acusación contra él, pidiendo su condena. Les respondí que no es costumbre romana entregar a un hombre arbitrariamente; primero, el acusado tiene que carearse con sus acusadores, para que tenga ocasión de defenderse de la acusación.

"Ellos vinieron conmigo, y yo, sin dar largas al asunto, al día siguiente me senté en el tribunal y mandé traer a este hombre. Cuando los acusadores comparecieron, no presentaron ninguna acusación de las maldades que yo suponía; se trataba solo de ciertas discusiones acerca de su propia religión y de un tal Jesús, ya muerto, que Pablo sostiene que está vivo.

"Yo, perdido en semejante discusión, le pregunté si quería ir a Jerusalén a que lo juzgaran allí de estas cosas. Pero, como Pablo apeló, pidiendo que lo dejaran en la cárcel para que decidiera el Augusto, he dado orden de que lo custodien hasta que pueda remitirlo al César".

Palabra de Dios.

— Salmo 102 —

R. El Señor puso en el cielo su trono. Aleluya.

Bendice, alma mía, al Señor,
y todo mi ser a su santo nombre.
Bendice, alma mía, al Señor,
y no olvides sus beneficios.

R. El Señor puso en el cielo su trono. Aleluya.

Como se levanta el cielo sobre la tierra,
se levanta su bondad sobre los que lo temen;
como dista el oriente del ocaso,
así aleja de nosotros nuestros delitos.

R. El Señor puso en el cielo su trono. Aleluya.

El Señor puso en el cielo su trono,
su soberanía gobierna el universo.
Bendigan al Señor, ángeles suyos,
poderosos ejecutores de sus órdenes.

R. El Señor puso en el cielo su trono. Aleluya.

— Evangelio —
Juan 21, 15-19

Después de aparecerse Jesús a sus discípulos y comer con ellos, dijo a Simón Pedro:

"Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que estos?".

Él le contestó: "Sí, Señor, tú sabes que te quiero".

Jesús le dijo: "Apacienta mis corderos".

Por segunda vez le preguntó: "Simón, hijo de Juan, ¿me amas?".

Él le contestó: "Sí, Señor, tú sabes que te quiero".

Jesús le dijo: "Pastorea mis ovejas".

Por tercera vez le preguntó: "Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?".

Se entristeció Pedro de que le preguntara por tercera vez si lo quería, y le contestó: "Señor, tú lo sabes todo, tú sabes que te quiero".

Jesús le dijo: "Apacienta mis ovejas. En verdad, en verdad te digo: cuando eras joven, tú mismo te ceñías e ibas a donde querías; pero, cuando seas viejo, extenderás las manos y otro te ceñirá y te llevará a donde no quieras".

Esto dijo aludiendo a la muerte con que iba a dar gloria a Dios. Y, dicho esto, añadió: "Sígueme".

Palabra del Señor.

— Reflexión —

El Evangelio de hoy es una de esas escenas que valdría la pena leer despacio cada día. Jesús resucitado, al borde del lago, después de comer con los suyos, se dirige a Pedro. No le pregunta por sus errores. No le recuerda las tres negaciones. Solo le hace una pregunta repetida tres veces: "Simón, ¿me amas?". Tres preguntas para tres negaciones. Tres oportunidades para tres pasos hacia atrás. Así sana Jesús nuestras heridas: con amor, no con reproches. Te pregunta tantas veces como necesites, hasta que tu corazón se acomode otra vez.

Hay un detalle conmovedor. En las dos primeras preguntas, Jesús usa una palabra fuerte para "amar", como pidiéndole a Pedro un amor total, casi sacrificial. Pedro, herido por su pasado, responde con una palabra más pequeña, más humilde: "Sí, Señor, te quiero". En la tercera pregunta, Jesús baja a la palabra de Pedro: "¿Me quieres?". Mira lo que hace el Maestro: se adapta al lugar donde está su amigo. No le exige un amor que Pedro todavía no puede dar. Le acepta el amor pequeño y le confía las ovejas. Quédate con esa imagen: Jesús puede confiarte una gran misión incluso desde el amor pequeño que hoy tienes. Lo importante es que sea real.

Y entonces le anuncia: "Cuando seas viejo, otro te ceñirá y te llevará a donde no quieras". Está hablando del martirio de Pedro en Roma. Pero también nos está hablando a nosotros, a nuestra ancianidad, a esos años en que ya no podremos ir donde queramos, en que dependeremos de otros, en que nos llevarán a donde no quisiéramos. Jesús ya conocía ese momento de Pedro y conoce el nuestro. Y no es un momento perdido; es un momento glorioso. "Esto dijo aludiendo a la muerte con que iba a dar gloria a Dios". Hasta nuestra vejez le da gloria a Dios. Hasta nuestros límites tienen sentido.

En la primera lectura, Pablo está preso, esperando ser enviado al César en Roma. Y nadie sabe entonces que ese viaje encadenado terminaría siendo el viaje más fructífero del cristianismo. Hoy, en muchos países, hoy 22 de mayo, también se recuerda a Santa Rita de Casia, la santa de las causas imposibles, la mujer que aguantó un matrimonio difícil, perdió a su esposo y a sus hijos, y al final pudo entrar en la vida religiosa que tanto había deseado. Tres personajes hoy: Pedro perdonado, Pablo encadenado, Rita esperante. Tres maneras distintas de seguir a Cristo. Y la única frase final que basta para todos, y para nosotros: "Sígueme". Eso es lo que hoy se nos pide. Síguelo desde donde estés, como puedas, con el amor que tengas.

— Oración —

Señor Jesús,
hoy me has hecho esa pregunta tres veces
sin reprocharme nada,
sin enrostrarme nada,
solo con la insistencia tierna
del que sabe que mi corazón
necesita escucharlo tres veces
para creerlo:
"¿Me amas?"

Y tu pregunta me sorprende.
Yo esperaba un sermón,
una lista de mis fallos,
una llamada de atención merecida.
Y tú solo me preguntas si te amo.
Como si lo demás
no importara tanto.

Sí, Señor.
Te quiero.
No con un amor heroico,
no con un amor sin sombras,
no con el amor que tú merecerías.
Pero con el amor pequeño,
real, mío,
que tengo hoy.

Recíbelo así,
como recibiste el de Pedro,
con su palabra humilde,
con su cariño bajado de tono.
Y, como a él,
confíame también algún rebaño:
una familia, una amistad,
unos compañeros de trabajo,
unas personas a las que pueda
cuidar con ternura.

Y cuando llegue mi hora,
cuando otro me ciña
y me lleve donde yo no quiero,
recuérdame que también ese momento
es un modo de darte gloria.
Que en mi vejez,
en mi fragilidad,
en mi última obediencia,
todavía pueda decirte:
"Sí, Señor, te quiero".

Por intercesión de Santa Rita,
mujer de causas imposibles,
sostén mis causas pequeñas
con la paciencia y la fe
que ella supo guardar tanto tiempo
en silencio.

Amén.

Mañana, otra

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