Evangelio del día

Evangelio del Jueves 21 de mayo

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En Bendita puedes escuchar el Evangelio y su reflexión con una voz cálida.

— Primera Lectura —

Hechos 22, 30; 23, 6-11

En aquellos días, queriendo el tribuno conocer con certeza los motivos por los que los judíos acusaban a Pablo, mandó desatarlo, ordenó que se reunieran los sumos sacerdotes y el Sanedrín en pleno y, bajando a Pablo, lo presentó ante ellos.

Pablo sabía que una parte de la asamblea eran fariseos y otra parte saduceos, y gritó en el Sanedrín:

"Hermanos, yo soy fariseo, hijo de fariseos; se me está juzgando por la esperanza en la resurrección de los muertos".

Apenas dijo esto, se produjo un altercado entre fariseos y saduceos, y la asamblea quedó dividida. Porque los saduceos sostienen que no hay resurrección, ni ángeles ni espíritus, mientras que los fariseos admiten ambas cosas.

Se armó un gran griterío, y algunos escribas del partido fariseo se pusieron en pie, porfiando: "No encontramos nada malo en este hombre. ¿Y si le ha hablado un espíritu o un ángel?".

El altercado arreciaba, y el tribuno, temiendo que hicieran pedazos a Pablo, mandó bajar a la guarnición para sacarlo de allí y llevárselo al cuartel.

La noche siguiente, el Señor se le presentó y le dijo: "¡Ánimo! Así como has dado testimonio en Jerusalén de lo que a mí se refiere, así tienes que darlo también en Roma".

Palabra de Dios.

— Salmo 15 —

R. Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti. Aleluya.

Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti.
Yo digo al Señor: "Tú eres mi Dios".
El Señor es el lote de mi heredad y mi copa,
mi suerte está en tu mano.

R. Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti. Aleluya.

Bendeciré al Señor, que me aconseja,
hasta de noche me instruye internamente.
Tengo siempre presente al Señor,
con él a mi derecha no vacilaré.

R. Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti. Aleluya.

Por eso se me alegra el corazón,
se gozan mis entrañas,
y mi carne descansa esperanzada.
Porque no me abandonarás en la región de los muertos,
ni dejarás a tu fiel ver la corrupción.

R. Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti. Aleluya.

— Evangelio —
Juan 17, 20-26

En aquel tiempo, Jesús levantó los ojos al cielo y oró diciendo:

"Padre, no solo por ellos te ruego, sino también por los que crean en mí por la palabra de ellos, para que todos sean uno, como tú, Padre, en mí, y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado.

"Yo les he dado la gloria que tú me diste, para que sean uno, como nosotros somos uno; yo en ellos, y tú en mí, para que sean completamente uno, de modo que el mundo sepa que tú me has enviado y que los has amado a ellos como me has amado a mí.

"Padre, este es mi deseo: que los que me has dado estén conmigo donde yo estoy y contemplen mi gloria, la que tú me diste, porque me amabas antes de la fundación del mundo.

"Padre justo, si el mundo no te ha conocido, yo te he conocido, y estos han conocido que tú me enviaste. Les he dado a conocer y les daré a conocer tu nombre, para que el amor que me tenías esté en ellos, y yo en ellos".

Palabra del Señor.

— Reflexión —

Hoy la Orden de Predicadores celebra al Beato Jacinto María Cormier, Maestro de la Orden a comienzos del siglo veinte y fundador del célebre Colegio Angelicum de Roma, el centro de estudios donde tantos sacerdotes y religiosos se han formado en la teología de santo Tomás de Aquino. Pero más allá de cargos y méritos académicos, lo que define a este beato fue su humildad profunda y su pasión por la unidad de la Iglesia. Es un santo perfectamente sintonizado con el Evangelio que la liturgia nos ofrece hoy: la última súplica de Jesús en la oración sacerdotal, su deseo más íntimo, su pedido más urgente al Padre. "Que todos sean uno".

Fíjate qué pequeñas son las cosas que dividen a los cristianos cuando las comparas con lo grande que nos une. Nos une el Bautismo. Nos une la Eucaristía. Nos une el Espíritu Santo. Nos une, sobre todo, este deseo de Jesús que sigue resonando en el cielo: que sean uno. Y sin embargo, en los hogares cristianos a veces hay distancias enormes por orgullos pequeños, en las comunidades hay tensiones por celos invisibles, en la sociedad nos cuesta tender la mano al que piensa distinto. Hoy, escuchando esta oración de Jesús, se nos invita a algo concreto: reconciliarnos con alguien con quien estamos distantes. No esperes a que el otro dé el primer paso. La unidad cristiana empieza siempre por alguien que decide bajar la guardia primero.

En la primera lectura vemos a Pablo en una situación difícil: lo llevan al Sanedrín, lo acusan, lo amenazan. Y él, con la sagacidad de quien conoce a su público, divide a los acusadores hablando de la resurrección de los muertos. Pero lo más bonito viene en la noche siguiente: el Señor mismo se le aparece y le dice esas dos palabras que valen oro: "¡Ánimo, Pablo!". Y le promete algo concreto: tu testimonio llegará hasta Roma. Cuando el Señor te dice "ánimo", es porque sabe lo que viene, pero también sabe que tú no caminas solo. Si hoy estás cansado, si te pesa una situación que no entiendes, escucha estas dos palabras dichas para Pablo y para ti: "¡Ánimo!".

Y mira lo más conmovedor del Evangelio: Jesús dice que su deseo es "que los que me has dado estén conmigo donde yo estoy y contemplen mi gloria". Es decir, Jesús quiere llevarte con él. No te quiere lejos. Te quiere a su lado. La vida eterna no es un premio que ganas si te portas bien; es el deseo del corazón de Cristo cumplido en ti. Hoy, por intercesión del Beato Jacinto María Cormier, gran amante de la unidad, pídele a Jesús dos cosas: la primera, que te haga instrumento de unidad donde estés; y la segunda, que cumpla en ti su deseo de tenerte siempre cerca de él.

— Oración —

Señor Jesús,
hoy te he oído hablar con tu Padre
y me he asomado a la intimidad
de tu corazón.
Y lo que pides me sorprende:
no pides cosas para ti.
Pides por mí.
Pides que sea uno contigo,
uno con el Padre,
uno con todos los hermanos que llevan tu nombre.

Hazme instrumento de esa unidad, Señor.
Que en mi casa
yo no sea quien encienda las disputas,
sino quien apague las llamas
con una palabra suave.
Que en mi parroquia
no compita con nadie,
no cargue rencores escondidos,
no juzgue al hermano por sus diferencias.

Cuando piense en alguien con quien tengo distancia,
recuérdame que tú estás pidiendo, en este momento,
que seamos uno.
Y dame el coraje de dar yo el primer paso,
sin esperar al otro,
sin pedir disculpas que no me corresponden,
con la sola libertad
de querer cumplir tu deseo.

Como a Pablo en la noche del Sanedrín,
acércate a mí cuando me toque sentir miedo
y dime tú también:
"¡Ánimo!".
Y dame la certeza
de que mi pequeño testimonio,
en mi pequeño rincón del mundo,
tiene un valor que tú ves y nadie más.

Por intercesión del Beato Jacinto María Cormier,
predicador de la unidad, maestro humilde,
hazme también a mí
amante de tu Iglesia,
no de mis opiniones sobre ella.
Y cumple en mí tu deseo más profundo:
que esté contigo donde tú estás,
contemplando para siempre tu gloria.

Amén.

Mañana, otra

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