Evangelio del día

Evangelio del Miércoles 20 de mayo

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En Bendita puedes escuchar el Evangelio y su reflexión con una voz cálida.

— Primera Lectura —

Hechos 20, 28-38

En aquellos días, Pablo dijo a los presbíteros de la Iglesia de Éfeso:

"Tengan cuidado de ustedes mismos y de todo el rebaño sobre el cual el Espíritu Santo los ha puesto como guardianes para pastorear la Iglesia de Dios, que él se adquirió con la sangre de su propio Hijo.

"Yo sé que, cuando los deje, se meterán entre ustedes lobos feroces, que no tendrán piedad del rebaño. Incluso de entre ustedes mismos surgirán algunos que hablarán cosas perversas para arrastrar a los discípulos detrás de sí. Por eso, estén alerta. Recuerden que durante tres años, día y noche, no he cesado de aconsejar con lágrimas a cada uno en particular.

"Ahora los encomiendo a Dios y a la palabra de su gracia, que tiene poder para edificarlos y darles parte en la herencia con todos los santificados. De ninguno he codiciado dinero, ni oro, ni ropa. Bien saben que estas manos han bastado para cubrir mis necesidades y las de los que están conmigo. Siempre les he enseñado que es trabajando como se debe socorrer a los necesitados, recordando las palabras del Señor Jesús, que dijo: 'Hay más dicha en dar que en recibir'".

Cuando terminó de hablar, se puso de rodillas y oró con todos ellos. Entonces todos comenzaron a llorar y, echándose al cuello de Pablo, lo besaban; lo que más pena les daba era que, según les había dicho, no volverían a verlo. Y lo acompañaron hasta el barco.

Palabra de Dios.

— Salmo 67 —

R. Reyes de la tierra, canten a Dios. Aleluya.

Oh Dios, despliega tu poder,
tu poder, oh Dios, que actúa en favor nuestro.
A tu templo de Jerusalén
traigan los reyes su tributo.

R. Reyes de la tierra, canten a Dios. Aleluya.

Reyes de la tierra, canten a Dios,
toquen para el Señor, toquen para Dios,
que avanza por los cielos, los cielos antiquísimos;
que lanza su voz, su voz poderosa.
Reconozcan el poder de Dios.

R. Reyes de la tierra, canten a Dios. Aleluya.

Sobre Israel resplandece su majestad,
y su poder sobre las nubes.
¡Bendito sea Dios!

R. Reyes de la tierra, canten a Dios. Aleluya.

— Evangelio —
Juan 17, 11b-19

En aquel tiempo, Jesús levantó los ojos al cielo y oró diciendo:

"Padre santo, guarda en tu nombre a los que me has dado, para que sean uno, como nosotros.

"Cuando estaba con ellos, yo guardaba en tu nombre a los que me diste, y los custodiaba; y ninguno se perdió, sino el hijo de la perdición, para que se cumpliera la Escritura. Ahora voy a ti, y digo estas cosas en el mundo para que ellos tengan dentro de sí mismos mi alegría cumplida.

"Yo les he dado tu palabra, y el mundo los ha odiado, porque no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. No te pido que los retires del mundo, sino que los protejas del maligno. Ellos no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo.

"Santifícalos en la verdad. Tu palabra es verdad. Como tú me enviaste al mundo, así también yo los envío al mundo. Y por ellos yo me santifico a mí mismo, para que también ellos sean santificados en la verdad".

Palabra del Señor.

— Reflexión —

Hoy entramos en la última semana de la Pascua. Faltan solo cuatro días para Pentecostés. Y la liturgia nos pone delante una de las oraciones más íntimas que Jesús pronunció: su súplica al Padre por nosotros. Conocida como "oración sacerdotal", esta plegaria es como abrir una puerta y asomarse al corazón mismo de Cristo. Y lo primero que escuchamos es: "Padre santo, guarda en tu nombre a los que me has dado". Jesús, en lugar de pedir por sí mismo en el momento más difícil, pide por nosotros. Pide que el Padre nos guarde. Que nos cuide. Que no nos suelte de su mano.

Mira con qué precisión Jesús describe nuestra situación: "No te pido que los retires del mundo, sino que los protejas del maligno". Es importantísimo entender esto. La fe cristiana no nos saca del mundo; nos manda a vivir en él, pero protegidos. No somos turistas religiosos esperando el avión al cielo; somos enviados que tenemos que vivir, trabajar, sufrir, alegrarnos, amar y dar testimonio dentro de este mundo. Y el Padre nos guarda mientras lo hacemos. Esa es nuestra confianza diaria.

En la primera lectura tenemos a Pablo despidiéndose de los presbíteros de Éfeso. Es una escena conmovedora: él se va, sabe que no los volverá a ver, y ellos se echan a llorar abrazándolo. ¿Te imaginas? La fe que une a esa pequeña comunidad es tan honda que su separación parte el alma. Pablo les deja una herencia preciosa: "Tengan cuidado de ustedes mismos y del rebaño". Antes que cuidar a otros, cuidarse uno mismo. Antes que pastorear, mantenerse pastoreado por Dios. Y les recuerda una frase del Señor que casi no aparece en los Evangelios pero que Pablo conservó como una joya: "Hay más dicha en dar que en recibir".

Estamos en cuenta atrás hacia Pentecostés. Cuatro días para que el Espíritu Santo descienda sobre la Iglesia. Si has empezado la novena del Espíritu Santo, sigue firme. Si no, todavía estás a tiempo de unirte. Y mientras esperamos, escucha lo que Jesús le pide al Padre por ti: "Santifícalos en la verdad. Tu palabra es verdad". Hoy abre la Biblia, aunque sea unos versículos. Deja que la Palabra te santifique. Cristo está intercediendo por ti en este momento. No estás solo. El Padre te está guardando.

— Oración —

Padre santo,
me sobrecoge escuchar a tu Hijo
rezando por mí.
Mientras yo me distraigo,
mientras yo me canso,
mientras yo dudo,
él levanta los ojos al cielo
y te pide que me guardes.

Guárdame, Señor.
No me retires del mundo
—sé que aquí me toca vivir—
pero protégeme del mal.
Guárdame de las trampas que no veo,
de las palabras que se meten sin pedir permiso,
de las decisiones rápidas
que después pesan despacio.

Quiero ser uno con tu Hijo,
como él es uno contigo.
Y quiero ser uno
con todos los que llevan tu nombre,
sin envidias, sin distancias,
sin esos pequeños rencores
que enfrían las comunidades cristianas.

Santifícame en la verdad.
Tu Palabra es verdad.
Hoy quiero abrir la Biblia,
aunque sea unos versículos,
y dejar que esa palabra
me limpie por dentro
como agua que corre.

Espíritu Santo,
estoy a cuatro días de Pentecostés.
Sigue preparándome.
No me dejes llegar al domingo
con el corazón distraído.
Hazme uno de los del cenáculo,
con María en el centro,
en oración constante,
con expectativa serena.

Como Pablo se despidió de los suyos,
también un día yo me despediré de este mundo.
Mientras tanto, Señor,
ayúdame a vivir
de modo que cuando llegue ese momento
los míos puedan llorar como lloraron los de Éfeso,
no por el dolor de la pérdida,
sino por el amor compartido
que hicimos vida juntos.

Amén.

Mañana, otra

Cada mañana hay una oración nueva y el Evangelio del día. Bendita te avisa a la hora que elijas.

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