Evangelio del día
Evangelio del Martes 19 de mayo
En Bendita puedes escuchar el Evangelio y su reflexión con una voz cálida.
— Primera Lectura —
Hechos 20, 17-27
En aquellos días, Pablo, desde Mileto, mandó llamar a Éfeso a los presbíteros de la Iglesia. Cuando llegaron a su presencia, les dijo:
"Ustedes saben cómo me he comportado entre ustedes desde el primer día en que pisé Asia: sirviendo al Señor con toda humildad, con lágrimas y entre las pruebas que me sobrevinieron por las maquinaciones de los judíos. No me callé nada de lo que pudiera ser provechoso, predicando y enseñando en público y por las casas, dando solemne testimonio, tanto a judíos como a griegos, de la conversión a Dios y de la fe en nuestro Señor Jesús.
"Y ahora, miren, voy a Jerusalén encadenado por el Espíritu, sin saber lo que me sucederá allí. Solamente sé que el Espíritu Santo, en cada ciudad, me asegura que me esperan cadenas y tribulaciones. Pero a mí no me importa la vida; lo único que quiero es completar mi carrera y cumplir el ministerio que recibí del Señor Jesús: dar testimonio del Evangelio de la gracia de Dios.
"Y ahora, miren, sé que ninguno de ustedes, entre quienes he predicado el Reino, volverá a ver mi rostro. Por eso les declaro hoy que no soy responsable de la pérdida de nadie, pues no me he callado nada del designio de Dios sobre ustedes".
Palabra de Dios.
— Salmo 67 —
R. Reyes de la tierra, canten a Dios. Aleluya.
Derramaste, oh Dios, una lluvia copiosa
sobre tu heredad,
aliviaste la tierra extenuada;
y tu rebaño habitó en la tierra
que tu bondad, oh Dios,
preparó para los pobres.
R. Reyes de la tierra, canten a Dios. Aleluya.
Bendito el Señor cada día,
Dios lleva nuestras cargas,
él es nuestra salvación.
Nuestro Dios es un Dios que salva,
el Señor nos hace escapar de la muerte.
R. Reyes de la tierra, canten a Dios. Aleluya.
— Evangelio —
Juan 17, 1-11a
En aquel tiempo, Jesús levantó los ojos al cielo y dijo:
"Padre, ha llegado la hora. Glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique a ti, y para que, con el poder que le has dado sobre toda carne, dé la vida eterna a todos los que tú le has confiado.
"Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo.
"Yo te he glorificado en la tierra, llevando a cabo la obra que me encomendaste realizar. Y ahora, Padre, glorifícame junto a ti, con la gloria que tenía contigo antes de que el mundo existiera.
"He manifestado tu nombre a los hombres que tú me diste de en medio del mundo. Eran tuyos y tú me los diste, y han guardado tu palabra. Ahora saben que todo lo que me has dado viene de ti, porque les he comunicado las palabras que tú me comunicaste, y ellos las han recibido y han creído verdaderamente que yo salí de ti, y han creído que tú me has enviado.
"Yo ruego por ellos. No ruego por el mundo, sino por estos que tú me has dado, porque son tuyos. Todo lo mío es tuyo, y todo lo tuyo es mío, y en ellos he sido glorificado.
"Yo ya no estoy en el mundo, pero ellos están en el mundo, mientras yo voy a ti".
Palabra del Señor.
— Reflexión —
Hoy la Orden de Predicadores celebra a san Francisco Coll, dominico catalán que recorrió a pie los pueblos del norte de España en el siglo XIX, predicando con un fervor inmenso, fundando la Congregación de Dominicas de la Anunciata para enseñar a las niñas más pobres. Era un hombre sencillo, de oración profunda, que entregó su vida hasta el último día. Murió en 1875 y san Benedicto XVI lo canonizó en 2009. Su lema podría haber sido el de Pablo en la primera lectura: "A mí no me importa la vida; lo único que quiero es completar mi carrera y cumplir el ministerio que recibí del Señor Jesús".
¡Qué frase tan inmensa! Pablo está despidiéndose de los presbíteros de Éfeso. Sabe que no los volverá a ver. Va camino de Jerusalén, donde lo esperan cadenas. Y lo único que le preocupa no es su propia comodidad, ni siquiera su vida; le preocupa terminar bien su carrera. Esa es la libertad de los santos: no temen morir, temen no haber cumplido. San Francisco Coll murió igual: con la conciencia tranquila de un sembrador que entregó todas sus semillas.
En el Evangelio entramos a uno de los textos más sagrados del Nuevo Testamento: la oración sacerdotal de Jesús. Jesús levanta los ojos al cielo y reza al Padre. Y nos regala una definición de la vida eterna que cabe en una línea: "Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo". La vida eterna no es solo un lugar; es un conocimiento. Conocer a Dios. Conocer al Hijo. Tener trato real con ellos, no de oídas. Por eso san Francisco Coll dedicó su vida a enseñar el catecismo a niñas pobres: porque la mayor obra de misericordia es ayudar a alguien a conocer a Cristo.
Estamos a cinco días de Pentecostés. Y mira lo que dice Jesús al final del Evangelio: "Yo ya no estoy en el mundo, pero ellos están en el mundo, mientras yo voy a ti". Cristo está en el cielo intercediendo por ti. Por su nombre. Por tu carrera de fe. Para que la completes. Hoy, por intercesión de san Francisco Coll, pídele al Señor dos gracias: la primera, conocerlo de verdad, no solo saber cosas sobre él; y la segunda, terminar bien tu carrera, sea como sea, sea cuando sea. Que lo único que importe sea esto: haber cumplido lo que él te encomendó.
— Oración —
Padre Bueno,
hoy te repito como tu Hijo:
"Esta es la vida eterna:
que te conozcan a ti, único Dios verdadero,
y a tu enviado, Jesucristo".
No quiero conocerte de oídas.
No quiero saber cosas sobre ti
y quedarme afuera de ti.
Quiero conocerte como un hijo
conoce a su padre,
con confianza,
con cercanía,
con esa familiaridad
que solo se cultiva en la oración.
Como Pablo,
como san Francisco Coll,
quiero terminar bien mi carrera.
No me importa cuánto dure.
No me importa qué reconocimientos consiga.
Lo único que pido
es completar lo que tú me has encomendado,
sin dejar nada a medias,
sin callarme nada de lo que me toca decir,
sin reservarme nada
de lo que tengo para entregar.
Espíritu Santo,
estoy en cuenta atrás hacia Pentecostés.
Cinco días.
Quiero llegar como aquellos apóstoles,
con María en el cenáculo,
en oración constante,
con el corazón abierto.
Sopla fuerte sobre mí.
No me dejes apagarme.
Hazme también, en mi pequeño rincón,
sembrador de tu Reino,
maestro de pequeños,
predicador con la vida más que con la palabra.
San Francisco Coll,
predicador incansable,
amigo de los pobres y de los niños,
intercede por mí
para que mi fe sea sencilla y firme,
y para que, al final del camino,
pueda decir como tú:
"He cumplido lo que tú me encomendaste".
Amén.
Mañana, otra
Cada mañana hay una oración nueva y el Evangelio del día. Bendita te avisa a la hora que elijas.

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