Evangelio del día

Evangelio del Jueves 30 de abril

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En Bendita puedes escuchar el Evangelio y su reflexión con una voz cálida.

— Primera Lectura —

Hechos 13, 13-25

Pablo y sus compañeros se hicieron a la mar en Pafos y llegaron a Perge de Panfilia. Juan, sin embargo, los dejó y regresó a Jerusalén. Ellos continuaron su camino y desde Perge llegaron a Antioquía de Pisidia.

El sábado entraron en la sinagoga y tomaron asiento. Terminada la lectura de la Ley y de los Profetas, los jefes de la sinagoga mandaron a decirles: "Hermanos, si tienen alguna palabra de exhortación para el pueblo, hablen".

Pablo se puso de pie y, haciendo señal con la mano para que escucharan, dijo: "Israelitas y todos los que temen a Dios, escuchen. El Dios de este pueblo, Israel, eligió a nuestros padres y los engrandeció cuando vivían como extranjeros en tierra de Egipto. Luego, con brazo poderoso, los sacó de allí. Durante unos cuarenta años los soportó en el desierto; destruyó siete naciones en la tierra de Canaán y les dio en herencia su territorio, todo en el transcurso de unos cuatrocientos cincuenta años.

"Después les dio jueces hasta el profeta Samuel. Más tarde pidieron un rey, y Dios les dio a Saúl, hijo de Quis, de la tribu de Benjamín, durante cuarenta años. Lo depuso y les puso por rey a David, del cual dio este testimonio: He encontrado a David, hijo de Jesé, un hombre según mi corazón, que cumplirá en todo mi voluntad.

"De su descendencia, y según la promesa, Dios ha suscitado para Israel a un Salvador: Jesús. Juan preparó su venida, predicando a todo Israel un bautismo de conversión. Y al llegar al final de su carrera, Juan decía: Yo no soy quien ustedes piensan. Pero, miren, después de mí viene uno a quien no soy digno de desatar las sandalias de los pies".

Palabra de Dios.

— Salmo 88 —

R. Cantaré eternamente las misericordias del Señor. Aleluya.

Cantaré eternamente las misericordias del Señor,
anunciaré tu fidelidad por todas las edades.
Porque dije: tu misericordia es un edificio eterno,
más firme que el cielo es tu fidelidad.

R. Cantaré eternamente las misericordias del Señor. Aleluya.

"Encontré a David, mi siervo,
y lo ungí con mi óleo sagrado.
Mi mano estará siempre con él,
y mi brazo lo hará fuerte".

R. Cantaré eternamente las misericordias del Señor. Aleluya.

Mi fidelidad y mi misericordia lo acompañarán,
por mi nombre crecerá su poder.
Él me invocará: "Tú eres mi Padre,
mi Dios, mi Roca que me salva".

R. Cantaré eternamente las misericordias del Señor. Aleluya.

— Evangelio —
Juan 13, 16-20

Cuando Jesús terminó de lavar los pies a sus discípulos, les dijo: "Les aseguro que el criado no es más que su amo, ni el enviado es más que el que lo envía. Ya que saben esto, dichosos ustedes si lo ponen en práctica.

"No hablo de todos ustedes; yo conozco bien a los que he elegido. Pero tiene que cumplirse la Escritura: El que compartía el pan conmigo, se ha vuelto contra mí.

"Se los digo ahora, antes de que suceda, para que cuando suceda, crean que Yo Soy.

"Les aseguro que el que reciba al que yo envíe, me recibe a mí; y el que me recibe a mí, recibe al que me envió".

Palabra del Señor.

— Reflexión —

Hoy las lecturas nos ponen en el corazón de una cadena de enviados. En la primera lectura, Pablo da un resumen veloz de la historia de Israel: patriarcas, éxodo, jueces, reyes, profetas, Juan el Bautista, y al final, Jesús, el Salvador prometido. Todo es una cadena de personas enviadas por Dios para preparar su venida. Ninguna era el protagonista; ninguna se quedó con la gloria. Cada una cumplió su parte y le pasó la posta a la siguiente.

Y Juan el Bautista, que había juntado multitudes, lo dijo con una humildad hermosa: "Yo no soy quien ustedes piensan. Detrás de mí viene uno a quien no soy digno de desatar las sandalias". Esa es la marca del verdadero enviado: saber hacerse a un lado a tiempo. No querer la luz para sí. Apuntar siempre al Otro.

En el Evangelio, Jesús se acaba de arrodillar a lavar los pies a sus discípulos. Y les dice: "El enviado no es más que el que lo envía". Y enseguida: "El que reciba al que yo envíe, me recibe a mí". Dos frases cortas, dos advertencias preciosas. La primera: no te creas más grande que el que te manda. La segunda: recibir a un enviado de Jesús es recibir al mismo Jesús. Mira con otros ojos a las personas que Dios pone en tu camino. Alguna de ellas es su enviado, aunque no se anuncie como tal.

¿Te reconoces tú como enviado? Porque todos lo somos. Cada bautizado está enviado a algún pedacito de mundo: su casa, su barrio, su trabajo, su parroquia. No te pases la vida esperando un cargo grande para servir. Empieza hoy, donde estás, sabiendo que eres solo un instrumento, que el protagonista es Cristo, y que la grandeza del cristiano está precisamente en hacerse pequeño para que él se haga grande.

— Oración —

Señor Jesús,
tú que te arrodillaste a lavar pies,
dame un corazón así:
capaz de servir sin buscar la luz,
capaz de pasar la posta sin aferrarme al protagonismo.

Ayúdame a aprender de Juan el Bautista,
que supo decir: "Él tiene que crecer, y yo disminuir".
Esa no es una frase para poner en la pared;
es una frase para hacer vida cada día.

Abre mis ojos
para reconocerte en las personas que tú me envías,
aunque vengan sin credenciales,
aunque lleguen en tiempos inesperados.
Porque tú lo prometiste:
"El que reciba al que yo envíe, me recibe a mí".

Y hazme a mí también,
Señor,
un enviado fiel.
En mi casa, en mi barrio,
con los pocos que me son confiados,
dame el corazón del siervo que no se cree más grande que su Señor,
la alegría del mensajero que solo quiere anunciarte
y la humildad de quien sabe
que al final tú eres el único protagonista.

Amén.

Mañana, otra

Cada mañana hay una oración nueva y el Evangelio del día. Bendita te avisa a la hora que elijas.

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