Evangelio del día
Evangelio del Miércoles 22 de abril
En Bendita puedes escuchar el Evangelio y su reflexión con una voz cálida.
— Primera Lectura —
Hechos 8, 1b-8
Aquel día se desató una violenta persecución contra la Iglesia de Jerusalén. Todos, excepto los apóstoles, se dispersaron por las regiones de Judea y Samaria.
Unos hombres piadosos sepultaron a Esteban e hicieron gran duelo por él.
Mientras tanto, Saulo se ensañaba con la Iglesia: entraba en las casas, arrestaba a hombres y mujeres y los metía en la cárcel.
Sin embargo, los que habían sido dispersados iban de un lugar a otro anunciando la Buena Noticia de la Palabra.
Felipe bajó a la ciudad de Samaria y empezó a predicarles a Cristo. La multitud, con un solo corazón, escuchaba con atención lo que decía Felipe, porque había oído hablar de los signos que realizaba, y los estaban viendo con sus propios ojos: de muchos poseídos salían los espíritus inmundos dando gritos, y eran curados muchos paralíticos y lisiados.
Y hubo una gran alegría en aquella ciudad.
Palabra de Dios.
— Salmo 65 —
R. Aclamad al Señor, tierra entera. Aleluya.
Aclamad al Señor, tierra entera;
tocad en honor de su nombre,
cantad himnos a su gloria.
Decid a Dios: "¡Qué admirables son tus obras!"
R. Aclamad al Señor, tierra entera. Aleluya.
Que se postre ante ti la tierra entera,
que cante en tu honor, que cante a tu nombre.
Vengan y vean las obras de Dios,
sus hazañas prodigiosas en favor de los hombres.
R. Aclamad al Señor, tierra entera. Aleluya.
Transformó el mar en tierra firme,
a pie atravesaron el río.
Alegrémonos en él,
que gobierna con su poder para siempre.
R. Aclamad al Señor, tierra entera. Aleluya.
— Evangelio —
Juan 6, 35-40
En aquel tiempo, Jesús dijo a la multitud: "Yo soy el pan de la vida. El que viene a mí no pasará hambre, y el que cree en mí no tendrá sed jamás. Pero, como ya les he dicho, aunque me han visto, no creen.
"Todo lo que me da el Padre vendrá a mí, y al que venga a mí yo no lo echaré fuera. Porque he bajado del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió.
"Y esta es la voluntad del que me envió: que no pierda nada de lo que él me ha dado, sino que lo resucite en el último día. Esta es la voluntad de mi Padre: que todo el que ve al Hijo y cree en él tenga vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día".
Palabra del Señor.
— Reflexión —
Hay algo que impresiona en la primera lectura de hoy: la persecución trata de apagar el fuego, y lo único que consigue es extenderlo. Los cristianos tienen que huir de Jerusalén, pero no van en silencio. "Los que habían sido dispersados iban de un lugar a otro anunciando la Buena Noticia". Lo que parecía una derrota se convierte en misión. Lo que parecía un final se convierte en el comienzo de algo nuevo en Samaria.
Felipe llega a una ciudad samaritana, un lugar que los judíos consideraban medio extranjero, casi enemigo. Pero ahí predica a Cristo, hace signos, libera a los poseídos, sana a los enfermos. Y Lucas nos regala una frase hermosa para cerrar la escena: "Hubo una gran alegría en aquella ciudad". Cuando Jesús entra de verdad en un lugar, la alegría llega con él. No es emoción pasajera; es esa alegría profunda que ni la persecución puede quitar.
En el Evangelio Jesús nos dice por qué: él mismo es el pan de la vida. "El que viene a mí no pasará hambre". Y promete algo todavía más grande: "Al que venga a mí, yo no lo echaré fuera". Qué palabras. No hay filtro en la puerta de Jesús. No hay condiciones previas. Si vienes, te recibe. Si crees, te guarda. Si te caes, no te echa fuera. Esa es la voluntad del Padre.
¿Cuántas veces sentimos que no somos suficientes para acercarnos a Dios? ¿Que hay algo en nosotros que le va a molestar, que nos va a descalificar? Hoy Jesús te dice clarito: "Al que venga a mí, yo no lo echaré fuera". Tal vez hoy sea el día de venir sin más, tal como estás. La alegría que llegó a Samaria quiere entrar también en tu ciudad interior.
— Oración —
Señor Jesús,
vengo hoy sin rodeos,
tal como estoy,
sabiendo que tú prometiste
no echar fuera a nadie que se acerque a ti.
A veces me siento como la Iglesia perseguida:
disperso, cansado,
con ganas de callarme.
Pero tú transformas las huidas en caminos
y las dispersiones en misión.
Haz de mí un Felipe,
alguien que lleve tu alegría
a los lugares donde pisa hoy.
Que tu Buena Noticia no se quede en mí,
sino que desborde
sobre las personas que me rodean.
Tú eres el pan de la vida.
Quiero venir a ti,
creer en ti,
quedarme en ti.
Y confío en tu promesa:
que un día, en el último día,
tú mismo me resucitarás.
Amén.
Mañana, otra
Cada mañana hay una oración nueva y el Evangelio del día. Bendita te avisa a la hora que elijas.

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