Evangelio del día

Evangelio del Martes 21 de abril

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En Bendita puedes escuchar el Evangelio y su reflexión con una voz cálida.

— Primera Lectura —

Hechos 7, 51 — 8, 1a

En aquellos días, Esteban, ante el pueblo, los ancianos y los escribas, les dijo:

"¡Duros de cerviz, incircuncisos de corazón y de oídos! Ustedes siempre se resisten al Espíritu Santo, lo mismo que sus padres. ¿Hubo algún profeta al que sus padres no persiguieran? Ellos mataron a los que anunciaban la venida del Justo, y ahora ustedes lo han traicionado y asesinado. Recibieron la Ley por medio de ángeles, y no la guardaron".

Al oír estas palabras, se enfurecieron en sus corazones y rechinaban los dientes contra él. Pero Esteban, lleno del Espíritu Santo, fijó la mirada en el cielo, vio la gloria de Dios y a Jesús que estaba de pie a la derecha de Dios, y dijo: "Veo los cielos abiertos y al Hijo del hombre de pie a la derecha de Dios".

Entonces, dando grandes gritos, se taparon los oídos y todos a una se lanzaron sobre él. Lo sacaron fuera de la ciudad y comenzaron a apedrearlo. Los testigos dejaron sus mantos a los pies de un joven llamado Saulo.

Mientras lo apedreaban, Esteban oraba diciendo: "Señor Jesús, recibe mi espíritu".

Luego, cayendo de rodillas, clamó con voz fuerte: "Señor, no les tengas en cuenta este pecado".

Y con estas palabras, murió. Saulo aprobaba su muerte.

Palabra de Dios.

— Salmo 30 —

R. A tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu.

Sé para mí una roca de refugio,
un baluarte donde encuentre salvación.
Tú eres mi peña y mi fortaleza,
por tu nombre guíame y condúceme.

R. A tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu.

A tus manos encomiendo mi espíritu:
tú, Dios fiel, me rescatarás.
Yo confío en ti, Señor;
tu misericordia sea mi gozo y mi alegría.

R. A tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu.

Haz brillar tu rostro sobre tu siervo,
sálvame por tu misericordia.
En el refugio de tu presencia los proteges
de las intrigas de los hombres.

R. A tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu.

— Evangelio —
Juan 6, 30-35

En aquel tiempo, la gente preguntó a Jesús: "¿Qué signo haces tú, para que lo veamos y podamos creer en ti? ¿Cuál es tu obra? Nuestros padres comieron el maná en el desierto, como está escrito: Les dio a comer pan del cielo".

Jesús les replicó: "Les aseguro que no fue Moisés quien les dio pan del cielo. Es mi Padre el que les da el verdadero pan del cielo. Porque el pan de Dios es el que baja del cielo y da vida al mundo".

Ellos le dijeron: "Señor, danos siempre de ese pan".

Jesús les respondió: "Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no pasará hambre, y el que cree en mí no tendrá sed jamás".

Palabra del Señor.

— Reflexión —

Hoy las lecturas tejen una misma verdad con hilos muy distintos. En la primera, vemos a Esteban entregando su espíritu al Señor bajo una lluvia de piedras. En el Evangelio, escuchamos a Jesús diciendo: "Yo soy el pan de vida". ¿Qué tiene que ver una cosa con la otra? Todo. Esteban pudo morir así, mirando al cielo abierto, perdonando a sus verdugos, porque se había alimentado de ese pan. Porque Jesús ya era su vida.

El pan de vida no es una metáfora bonita. Es el alimento real que sostiene a alguien cuando todo lo demás se derrumba. Esteban no tiene fuerzas humanas para perdonar a los que le están quitando la vida. Tiene algo más profundo. Tiene a Cristo viviendo en él. Por eso sus últimas palabras son un eco limpio de las palabras de Jesús en la cruz: "Señor, recibe mi espíritu. Señor, no les tengas en cuenta este pecado". Solo quien ha comido del pan verdadero puede morir así.

La gente del Evangelio pedía un signo. Querían ver algo impresionante para poder creer. Y Jesús les ofrece algo mucho mayor: no un signo, sino su misma persona. "Yo soy el pan de vida". No hay una demostración más clara que esa: Dios mismo haciéndose alimento para nosotros, entrando en nosotros, sosteniéndonos desde dentro. Los signos pasan; el pan queda.

¿De qué te estás alimentando tú hoy? ¿Qué está sosteniendo tu corazón cuando llegan las piedras de la vida, las injusticias, los miedos, las pérdidas? Si sientes que no tienes fuerzas, tal vez no necesites más voluntad; necesitas más pan. Ven a Jesús. Él mismo lo prometió: "El que viene a mí no pasará hambre, y el que cree en mí no tendrá sed jamás". Esa promesa sigue en pie.

— Oración —

Señor Jesús,
tú eres el pan de la vida,
y yo vengo a ti con hambre de algo verdadero.

Sostén mi espíritu como sostuviste a Esteban
en medio de su prueba.
Dame ojos que sepan mirar al cielo abierto
cuando el suelo se pone difícil.

No quiero vivir pidiéndote signos,
como los que te pedían milagros en vez de creer.
Quiero vivir confiando en ti,
comiendo el pan que tú mismo me das,
el pan que no se acaba.

Cuando llegue el cansancio,
sé tú mi fuerza.
Cuando llegue la injusticia,
sé tú mi paz.
Cuando no entienda nada,
sé tú mi todo.

Yo pongo en tus manos mi espíritu,
y confío que tú harás el resto.

Amén.

Mañana, otra

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