Evangelio del día

Evangelio del Día - Domingo 19 de abril

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En Bendita puedes escuchar el Evangelio y su reflexión con una voz cálida.

— Primera Lectura —

Hechos 2, 14. 22-33

El día de Pentecostés, Pedro se puso de pie junto a los Once, levantó su voz y declaró con solemnidad:
«Judíos y habitantes todos de Jerusalén, escuchen bien mis palabras.

A Jesús el Nazareno, hombre acreditado por Dios ante ustedes con milagros, prodigios y señales que Dios realizó por medio de él, como bien saben, a este, entregado según el plan que Dios tenía establecido, lo mataron clavándolo en una cruz por manos de hombres sin ley. Pero Dios lo resucitó, librándolo de los dolores de la muerte, ya que no era posible que esta lo retuviera bajo su dominio.

Pues David dice, refiriéndose a él: "Siempre veía al Señor delante de mí, pues está a mi derecha para que no vacile. Por eso se alegró mi corazón, exultó mi lengua, y hasta mi carne descansará esperanzada. Porque no me abandonarás en el lugar de los muertos, ni permitirás que tu Santo experimente la corrupción. Me has enseñado los senderos de la vida; me colmarás de gozo con tu presencia."

Hermanos, déjenme hablarles con franqueza: el patriarca David murió y lo enterraron, y su sepulcro está entre nosotros hasta hoy. Pero como era profeta y sabía que Dios le había prometido con juramento que un descendiente suyo se sentaría en su trono, previéndolo, habló de la resurrección del Mesías, que ni sería abandonado en el lugar de los muertos ni su carne vería la corrupción. A este Jesús Dios lo resucitó, y de eso todos nosotros somos testigos.

Exaltado por el poder de Dios y habiendo recibido del Padre el Espíritu Santo prometido, lo ha derramado. Eso es lo que están viendo y oyendo».

Palabra de Dios.

— Salmo 15 —

R. Señor, me enseñarás el sendero de la vida. Aleluya.

Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti.
Yo digo al Señor: «Tú eres mi Dios».
El Señor es el lote de mi heredad y mi copa,
mi suerte está en tu mano.

R. Señor, me enseñarás el sendero de la vida. Aleluya.

Bendeciré al Señor, que me aconseja,
hasta de noche me instruye internamente.
Tengo siempre presente al Señor,
con él a mi derecha no vacilaré.

R. Señor, me enseñarás el sendero de la vida. Aleluya.

Por eso se me alegra el corazón,
se gozan mis entrañas,
y mi carne descansa esperanzada.
Porque no me abandonarás en la región de los muertos,
ni dejarás a tu fiel ver la corrupción.

R. Señor, me enseñarás el sendero de la vida. Aleluya.

Me enseñarás el sendero de la vida,
me saciarás de gozo en tu presencia,
de alegría perpetua a tu derecha.

R. Señor, me enseñarás el sendero de la vida. Aleluya.

— Segunda Lectura —
1 Pedro 1, 17-21

Queridos hermanos:

Puesto que llaman Padre al que juzga con imparcialidad según las obras de cada uno, compórtense con respeto durante el tiempo de su peregrinación en este mundo. Saben muy bien que fueron rescatados de la conducta sin sentido que heredaron de sus padres, y el precio de ese rescate no fue algo corruptible, como el oro o la plata, sino la sangre preciosa de Cristo, como la de un cordero sin defecto ni mancha, designado antes de la creación del mundo y manifestado en estos tiempos últimos por ustedes. Por medio de él creen en Dios, que lo resucitó de entre los muertos y le dio gloria, de modo que la fe y la esperanza de ustedes estén puestas en Dios.

Palabra de Dios.

— Evangelio —
Lucas 24, 13-35

Aquel mismo día, el primero de la semana, dos de los discípulos iban caminando hacia una aldea llamada Emaús, a unos once kilómetros de Jerusalén, conversando sobre todo lo que había sucedido. Mientras hablaban y discutían, Jesús en persona se acercó y comenzó a caminar con ellos, pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo.

Él les preguntó: «¿De qué van hablando mientras caminan?». Se detuvieron con aire entristecido. Uno de ellos, que se llamaba Cleofás, le respondió: «¿Eres tú el único forastero en Jerusalén que no sabe lo que ha pasado allí estos días?». Él les dijo: «¿Qué?».

Ellos le contestaron: «Lo de Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y en palabras delante de Dios y de todo el pueblo. Los sumos sacerdotes y nuestros jefes lo entregaron para que lo condenaran a muerte y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él iba a liberar a Israel, pero ya van tres días desde que sucedió esto. Es verdad que algunas mujeres de nuestro grupo nos han dejado atónitos: fueron muy de mañana al sepulcro, no encontraron su cuerpo y volvieron diciendo que incluso habían visto una aparición de ángeles que les dijeron que está vivo. Algunos de los nuestros fueron al sepulcro y encontraron todo tal como habían dicho las mujeres, pero a él no lo vieron».

Entonces él les dijo: «¡Qué necios y lentos de corazón para creer todo lo que anunciaron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto y así entrara en su gloria?». Y comenzando por Moisés y recorriendo todos los profetas, les explicó lo que las Escrituras decían sobre él.

Al llegar cerca de la aldea a donde iban, él simuló que seguía adelante; pero ellos lo apremiaron diciéndole: «Quédate con nosotros, porque ya atardece y el día está por acabar». Y entró para quedarse con ellos.

Estando a la mesa, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio. En ese momento se les abrieron los ojos y lo reconocieron, pero él desapareció de su vista.

Se dijeron el uno al otro: «¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?». Se levantaron en ese mismo momento y regresaron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once y a sus compañeros, que decían: «Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón». Y ellos contaron lo que les había pasado en el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.

Palabra del Señor.

— Reflexión —

Los dos de Emaús somos nosotros. Personas que han escuchado el anuncio de la resurrección, que conocen la historia, pero que caminan con el corazón pesado porque las cosas no salieron como esperaban. «Nosotros esperábamos...» — esa frase lo dice todo. Las expectativas rotas son de las cosas que más nos pesan. Y sin embargo, justo ahí, en ese camino de decepción, Jesús se pone a caminar a su lado. No los confronta ni los regaña. Primero camina con ellos. Primero escucha.

Hay algo que deberíamos notar: no lo reconocieron mientras explicaba las Escrituras, sino cuando partió el pan. La Palabra encendió sus corazones, pero el gesto eucarístico les abrió los ojos. Hoy domingo, cuando las familias se reúnan en torno a la mesa del Señor en la Misa, está pasando lo mismo que en Emaús — el Resucitado parte el pan, y en ese gesto se hace presente de una manera que ninguna explicación puede sustituir. ¿Vamos a Misa con esa expectativa, o la hemos perdido también en el camino?

Lo que más mueve de esta historia es la velocidad del regreso. Acaban de llegar cansados a Emaús. Es tarde. El camino es largo. Y aun así, «se levantaron en ese mismo momento» y volvieron los once kilómetros a Jerusalén para contar lo que habían visto. El encuentro con el Resucitado no deja a nadie quieto. No te puedes quedar en Emaús con esa noticia. Tienes que volver, tienes que contar, tienes que compartirlo.

Hoy es un buen día para preguntarle al Señor si nuestro corazón todavía arde. Si la fe se ha vuelto rutina o si todavía hay brasas vivas bajo la ceniza.

— Oración —

Señor Jesús,
hay días en que camino como esos dos hacia Emaús:
con el corazón pesado,
con esperanzas rotas,
hablando de ti en pasado.

Ven a caminar conmigo hoy también.
No te pido que me expliques todo.
Solo te pido que te quedes,
que no sigas de largo.

Quédate con nosotros,
porque atardece.
Porque necesitamos
que partas el pan y nos abras los ojos.

Enciende de nuevo mi corazón
con tu Palabra.
Que yo también pueda decir:
¿no ardía mi corazón
mientras me hablabas por el camino?

Y cuando te reconozca,
que no me quede quieto.
Que salga a contar
que el Señor ha resucitado.

Amén.

Mañana, otra

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