Evangelio del día
Evangelio del Día - Martes 14 de abril
En Bendita puedes escuchar el Evangelio y su reflexión con una voz cálida.
— Primera Lectura —
Hechos 4, 32-37
El grupo de los creyentes tenía un solo corazón y una sola alma. Nadie consideraba como propio nada de lo que tenía, sino que todo lo poseían en común.
Los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús con gran valentía, y todos gozaban de mucho aprecio entre la gente. No había entre ellos ningún necesitado, porque quienes tenían tierras o casas las vendían, traían el dinero de lo vendido y lo depositaban a los pies de los apóstoles, para que se distribuyera a cada uno según su necesidad.
José, a quien los apóstoles llamaban Bernabé, que significa "hijo de la consolación", era levita y oriundo de Chipre. Tenía un campo, lo vendió y trajo el dinero y lo puso a los pies de los apóstoles.
Palabra de Dios.
— Salmo 92 —
R. El Señor reina, vestido de majestad. Aleluya.
El Señor reina, vestido de majestad;
el Señor, vestido y ceñido de poder.
R. El Señor reina, vestido de majestad. Aleluya.
Así está firme el orbe y no vacila.
Tu trono está firme desde siempre,
tú eres eterno.
R. El Señor reina, vestido de majestad. Aleluya.
Tus mandatos son fieles y seguros;
la santidad es el adorno de tu casa,
Señor, por días sin término.
R. El Señor reina, vestido de majestad. Aleluya.
— Evangelio —
Juan 3, 7b-15
En aquel tiempo, dijo Jesús a Nicodemo:
«Tienes que nacer de nuevo. El viento sopla donde quiere y escuchas su ruido, pero no sabes de dónde viene ni adónde va. Así es todo el que ha nacido del Espíritu».
Nicodemo le preguntó: «¿Cómo puede suceder eso?».
Jesús le respondió: «¿Eres maestro en Israel y no entiendes estas cosas? En verdad te digo: hablamos de lo que sabemos y damos testimonio de lo que hemos visto, pero no aceptan nuestro testimonio. Si les hablo de las cosas de la tierra y no creen, ¿cómo van a creer si les hablo de las cosas del cielo? Nadie ha subido al cielo sino el que bajó del cielo: el Hijo del hombre.
Lo mismo que Moisés levantó la serpiente en el desierto, así tiene que ser levantado el Hijo del hombre, para que todo el que crea en él tenga vida eterna».
Palabra del Señor.
— Reflexión —
La primera comunidad cristiana que nos describe el libro de los Hechos es una imagen que nos interpela directamente: un solo corazón, una sola alma, nadie con necesidades. ¿Cuántas veces hemos imaginado cómo sería vivir en esa comunidad? ¿Cuántas veces nos hemos preguntado si algo así es posible hoy? La respuesta de Jesús a Nicodemo nos da la clave: todo comienza por un nacimiento nuevo, por dejar que el Espíritu nos transforme desde adentro.
Nicodemo era un hombre instruido, respetado, sincero en su búsqueda. Y aun así, las palabras de Jesús lo dejaron sin palabras. Porque lo que Jesús propone no se aprende en ningún libro ni se logra con esfuerzo propio. Nacer del Espíritu es dejarse moldear por algo que viene de lo alto, como el viento que nadie puede controlar pero todos pueden sentir. ¿Hemos sentido ese viento del Espíritu moviéndose en nuestra vida?
La imagen de la serpiente elevada en el desierto es poderosa: el pueblo de Israel, herido y moribundo, era sanado simplemente con mirar hacia lo alto. Jesús nos dice que él mismo será levantado de la misma manera, y que quien lo mire con fe encontrará vida. En tiempo de Pascua, esto no es solo una profecía: es una realidad que ya ocurrió. La cruz se convirtió en fuente de vida. ¿Seguimos levantando los ojos hacia él cuando estamos heridos, cansados o perdidos?
La comunidad que lo tenía todo en común no nació de un decreto ni de una regla. Nació de haber visto al Resucitado, de haber sido transformados por el Espíritu. Cuando realmente nacemos de nuevo, el egoísmo se afloja, el corazón se ensancha y empezamos a ver al otro como un hermano al que no podemos ignorar. Hoy el Señor nos invita a ese mismo nacimiento.
— Oración —
Señor Jesús,
como Nicodemo, hay noches en las que vengo a ti
con mis preguntas sin respuesta,
con mis dudas y mis miedos.
Hoy te pido que me hagas nacer de nuevo.
Que tu Espíritu sople sobre mi vida
y mueva todo lo que está quieto,
todo lo que está frío,
todo lo que se ha quedado sin luz.
Enséñame a mirarte cuando estoy herido,
como miraba tu pueblo la serpiente en el desierto.
Que tu cruz no me asuste,
sino que sea para mí señal de tu amor sin límites.
Ayúdame a vivir con un corazón más abierto,
menos aferrado a lo mío,
más atento a las necesidades del otro.
Tú eres el Señor que reina vestido de majestad.
Que tu reino llegue a mi corazón hoy.
Amén.
Mañana, otra
Cada mañana hay una oración nueva y el Evangelio del día. Bendita te avisa a la hora que elijas.

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