Evangelio del día
Evangelio del Día - Domingo 12 de abril
En Bendita puedes escuchar el Evangelio y su reflexión con una voz cálida.
— Primera Lectura —
Hechos 2, 42-47
En los primeros días de la Iglesia, todos los hermanos eran constantes en escuchar la enseñanza de los apóstoles, en la comunión fraterna, en la fracción del pan y en las oraciones.
Todo el mundo estaba impresionado por los muchos prodigios y signos que los apóstoles realizaban en Jerusalén. Todos los creyentes vivían unidos y lo tenían todo en común. Los que eran dueños de bienes o propiedades los vendían, y el producto lo repartían entre todos, según la necesidad de cada uno.
A diario acudían al Templo todos unidos, celebraban la fracción del pan en las casas y comían juntos con alegría y sencillez de corazón. Alababan a Dios y eran bien vistos por todo el pueblo. Y el Señor iba sumando cada día al grupo a los que se iban salvando.
Palabra de Dios.
— Salmo 117 —
R. Den gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia. Aleluya.
Diga la casa de Israel:
eterna es su misericordia.
Diga la casa de Aarón:
eterna es su misericordia.
Digan los que temen al Señor:
eterna es su misericordia.
R. Den gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia. Aleluya.
Empujaron y empujaron para derribarme,
pero el Señor me sostuvo.
El Señor es mi fuerza y mi canto,
él es mi salvación.
Escuchen: hay gritos de júbilo y victoria
en las tiendas de los justos.
R. Den gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia. Aleluya.
La piedra que desecharon los constructores
es ahora la piedra angular.
Esto es obra de la mano del Señor,
es un milagro patente.
Este es el día del triunfo del Señor:
día de júbilo y de gozo.
R. Den gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia. Aleluya.
— Segunda Lectura —
1 Pedro 1, 3-9
Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que por su gran misericordia, al resucitar a Jesucristo de entre los muertos, nos hizo nacer de nuevo para una esperanza viva, para una herencia que no se corrompe ni se mancha ni se marchita, y que está reservada para ustedes en el cielo.
Porque tienen fe en Dios, él los protege con su poder para que alcancen la salvación que les tiene preparada y que será revelada al final de los tiempos.
Por esta razón, alégrense, aunque ahora tengan que sufrir un poco por pruebas de todas clases. Así su fe, sometida a la prueba, será hallada más valiosa que el oro, que aunque es perecedero se purifica por el fuego. Y esa fe probada será motivo de alabanza, gloria y honor el día en que se manifieste Jesucristo.
A él lo aman sin haberlo visto; en él creen ahora sin verlo, y se llenan de una alegría radiante e indescriptible, seguros de alcanzar la meta de su fe: la salvación de sus almas.
Palabra de Dios.
— Evangelio —
Juan 20, 19-31
Al anochecer del día de la Resurrección, estando los discípulos reunidos en una casa con las puertas cerradas por miedo a los judíos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: "La paz esté con ustedes".
Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor.
Jesús les dijo de nuevo: "La paz esté con ustedes. Como el Padre me ha enviado, así también los envío yo". Después de decir esto, sopló sobre ellos y les dijo: "Reciban el Espíritu Santo. A quienes les perdonen los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengan, les quedan retenidos".
Tomás, uno de los 12, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Los otros discípulos le decían: "Hemos visto al Señor". Pero él les contestó: "Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo".
8 días después, estaban otra vez los discípulos reunidos en la casa, y Tomás estaba con ellos. Llegó Jesús, estando las puertas cerradas, se puso en medio y les dijo: "La paz esté con ustedes".
Luego le dijo a Tomás: "Trae tu dedo, aquí están mis manos. Trae tu mano y métela en mi costado. Y no seas incrédulo, sino creyente". Tomás le respondió: "¡Señor mío y Dios mío!"
Jesús le dijo: "¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que creen sin haber visto".
Muchos otros signos hizo Jesús en presencia de sus discípulos, que no están escritos en este libro. Estos se han escrito para que ustedes crean que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengan vida en su nombre.
Palabra del Señor.
— Reflexión —
Hoy celebramos el Domingo de la Divina Misericordia, y el Evangelio nos regala una de las escenas más humanas y más hermosas de todo el Nuevo Testamento: el encuentro de Jesús con Tomás.
Fíjate en el punto de partida: los discípulos están encerrados, con las puertas cerradas, muertos de miedo. Han visto morir a su Maestro y no saben qué hacer. Y justo ahí, en medio del miedo y el encierro, Jesús se hace presente. No entra por la puerta. No necesita que le abran. Simplemente aparece y dice: "La paz esté con ustedes". Es lo primero que dice el Resucitado: paz. No reproches, no regaños. Paz.
Y luego está Tomás. Pobre Tomás, que carga con la fama de "el incrédulo" cuando en realidad es el más honesto de todos. No estaba ahí la primera vez, y cuando los demás le cuentan, se niega a creer de segunda mano. Quiere la experiencia directa. Y Jesús no lo condena por eso: vuelve 8 días después, expresamente por él, y le dice: "Trae tu mano. Toca mis heridas". El Resucitado conserva sus heridas. No las esconde ni las borra. Las muestra como prueba de que el amor es más fuerte que la muerte.
La respuesta de Tomás es la confesión de fe más grande del Evangelio: "¡Señor mío y Dios mío!" Y luego Jesús nos mira a nosotros, a los que no lo hemos tocado ni visto, y nos dice: "Dichosos los que creen sin haber visto". Esa bienaventuranza es para ti y para mí, hoy.
En este domingo, la Iglesia nos invita a acercarnos a la Misa con la familia, a celebrar juntos la misericordia de un Dios que no se cansa de buscarnos, que vuelve una y otra vez a nuestras puertas cerradas. La primera lectura nos muestra cómo era esa primera comunidad: unidos, compartiendo, partiendo el pan en las casas con alegría. Ese es el sueño de Dios para nosotros. Y la segunda lectura nos recuerda que amamos a alguien que no hemos visto, y que esa fe es más valiosa que el oro.
— Oración —
Señor Jesús, Dios de misericordia,
hoy me presento ante ti
con mis puertas cerradas,
con mis miedos y mis dudas.
Como a tus discípulos aquella noche,
dime de nuevo: la paz esté contigo.
Y que esa paz atraviese mis cerraduras,
mis defensas, mis excusas.
Como a Tomás, no me pidas
una fe que no tengo.
Ven a buscarme donde estoy,
con mi incredulidad y todo.
Déjame tocar tus heridas
y descubrir en ellas
que el amor más grande del mundo
lleva cicatrices.
Señor mío y Dios mío,
creo en ti aunque no te veo.
Aumenta mi fe,
sana mi corazón
y hazme testigo de tu misericordia.
Amén.
Que el Señor te bendiga y te guarde en este día.
Mañana, otra
Cada mañana hay una oración nueva y el Evangelio del día. Bendita te avisa a la hora que elijas.

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