La Asunción de la Virgen María
Oh grande y gloriosísima Señora
En Bendita puedes escucharla con una voz cálida, también con el teléfono bloqueado.
Hoy celebramos la Asunción de la Virgen María: al acabar su vida en este mundo, Dios la llevó en cuerpo y alma al cielo. Rezamos con la oración de San Alfonso María de Ligorio, doctor de la Iglesia, en «Las glorias de María».
— La Palabra —
Lucas 1, 46-49
En aquel tiempo, María dijo:
«Mi alma engrandece al Señor,
y mi espíritu se llena de júbilo
en Dios, mi Salvador.
Porque miró la pequeñez de su esclava.
Desde ahora todas las generaciones me llamarán dichosa,
porque el Poderoso hizo en mí cosas grandes:
santo es su nombre».
— Oración —
Oh grande, excelsa y gloriosísima Señora: postrados a los pies de tu trono, te veneramos desde este valle de lágrimas. Nos alegramos de la gloria inmensa con que el Señor te ha enriquecido.
Ahora que eres Reina del cielo y de la tierra, no te olvides de nosotros, tus pobres siervos. Desde ese trono tan alto donde reinas, no dejes de volver hacia nosotros tus ojos llenos de compasión.
Cuanto más cerca estás de la fuente de las gracias, más gracias puedes alcanzarnos. Desde el cielo ves mejor nuestras miserias: compadécete de nosotros y socórrenos más todavía. Haz que en la tierra seamos tus siervos fieles, para que un día podamos bendecirte en el cielo.
En este día en que has sido hecha Reina del universo, también nosotros nos consagramos a tu servicio. En medio de tanta alegría tuya, consuélanos hoy también a nosotros y acógenos como tuyos. Tú eres nuestra Madre.
Madre dulcísima, Madre amabilísima: tus altares están rodeados de gente que te pide, uno que lo cure de una enfermedad, otro ayuda en sus necesidades, otro una buena cosecha, otro que se resuelva un pleito.
Nosotros te pedimos gracias que agradan más a tu corazón: alcánzanos ser humildes, desprendidos de las cosas de la tierra y conformes con la voluntad de Dios; alcánzanos el santo amor de Dios, una buena muerte y el cielo.
Señora, cámbianos de pecadores en santos. Haz este milagro, que te dará más honra que si devolvieras la vista a mil ciegos y resucitaras a mil muertos. Eres tan poderosa ante Dios, basta decir que eres su Madre, la más querida, la llena de gracia, ¿qué podrá negarte?
Reina hermosísima, no pretendemos verte en la tierra, pero queremos ir a verte en el cielo, y tú nos lo has de alcanzar. Así lo esperamos con toda confianza.
Amén.
Mañana, otra
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